En los primeros años de este siglo ocurrió una revolución en Latinoamérica. Uno de los pocos países en donde resistía la derecha era Colombia. Álvaro Uribe parecía una anomalía, el último bastión gringo en medio de un aire de independencia, de levantamiento. En Venezuela estaba Hugo Chávez, en Ecuador Rafael Correa, en Argentina Néstor Kirchner, en Brasil Lula da Silva y en Bolivia Evo Morales. Obreros, militares, gente de clase media, líderes cocaleros. Latinoamérica tenía un sueño. Veinte años después la totalidad de estos líderes, con excepción de Lula, tienen líos judiciales. Están presos, juzgados. Ese es el caso de Evo Morales.
En La ciudad de Tarija, el pasado lunes, esperaban a Evo para arrancar un juicio por presunta trata agravada de personas. Pero Evo no se presentó. Se declaró en rebeldía: “No busco la impunidad, solo exijo un proceso imparcial, legal y apegado a la Constitución y al Derecho Procesal. Ningún ciudadano puede ser condenado jurídica y mediáticamente, sin el respeto del Debido Proceso y la Presunción de Inocencia”.
Durante más de una década Evo encabezó una revolución y Bolivia pasó de ser un país sin esperanza a un país en permanente ebullición. Se lograron objetivos, pero se cometieron errores. Evo no reconoce los cargos y cree que está siendo víctima de una persecución. Con contundencia afirmó: “ningún juicio puede iniciarse ni avanzar si, previamente, no se resuelven los incidentes” presentados por las partes porque estos “tienen el objetivo de cuestionar la validez de un proceso y la vulneración de derechos fundamentales”.
En Tarija debió iniciar este juicio, pero no se pudo. Evo no apareció. La Fiscalía de Tarija afirmó que no se presentó “ninguna justificación para esta ausencia”. La respuesta de Evo fue la de la rebeldía. Así se declaró. Los abogados del expresidente dicen que no fue notificado personalmente y por eso no se siente obligado a cumplir. Hay que recordar que, desde octubre del 2024, Evo permanece en lo que se llama el Trópico de Cochabamba, una zona cocalera que se ha transformado en una especie de república independiente donde sus seguidores lo cuidan, lo protegen y lo alejan de una justicia que ellos juzgan vengativa, poco confiable y que busca mancillar al hombre que liberó a buena parte de los indígenas bolivianos de una inequidad y una injusticia que parecía irremediable.



