La alianza improbable y pasajera del uribismo y del progresismo

Fuente: @JanCMerlano

En la imagen hay cuatro brazos levantados. Dos de ellos le pertenecen a Aída Avella, una de las figuras políticas y sindicales más importantes de la izquierda en Colombia. Detrás de ella, otros dos brazos levantados le pertenecen al hoy senador Rafael Nieto Loaiza, famoso por ser uno de los primeros libertarios dentro del Centro Democrático y uno de los históricos del uribismo. Ambos están celebrando el triunfo de Honorio Henríquez, senador del Centro Democrático, como nuevo presidente del Senado en un resultado improbable hasta hace no más de dos meses, cuando el candidato de la izquierda a la presidencia, Iván Cepeda, perfilaba sus cañones contra la campaña de Paloma Valencia, candidata uribista, quien, tras haber ganado en una de las consultas presidenciales del pasado 8 de marzo, estaba teniendo un crecimiento meteórico en las encuestas.

Pero, más allá de la improbabilidad de una alianza, quedó de manifiesto que, así como la llegada de Gustavo Petro profundizó los cambios políticos del país en estos últimos cuatro años y clausuró parte del ciclo que ya se venía cerrando desde 2026, el gobierno de Abelardo de la Espriella también llega generando mucho ruido dentro de un Congreso que, ante la novedad de un progresismo que está dejando el poder y unas nuevas derechas que llegan con esa misma novedad, no saben ubicarse. Tanto así que terminan compartiendo las mismas sillas, así sea solo por un tema coyuntural.


Del “petrouribismo”, o del mito para explicar (falsamente) una alianza improbable y pasajera

Poco después de la elección de Honorio Henríquez como presidente del Senado surgió de la boca de varios analistas y periodistas la idea de que había surgido el llamado “petrouribismo” como una tendencia política común para confrontar al gobierno de Abelardo de la Espriella y mantenerlo con un “cordón sanitario” que le impida la gobernabilidad o, al menos, se la venda a un costo muy alto de transacción política. Tesis bastante aleatorias, como la equiparación de esta alianza con el bloque aliado entre Churchill, Roosevelt y Stalin para derrotar al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, empezaron a surgir en el ecosistema digital de la izquierda, mientras que por la derecha uribista aseveraron que no existen acuerdos programáticos y que la alianza “honra la democracia” y “resalta los pocos buenos resultados que tuvo el gobierno saliente”.

No obstante, ni ha emergido un fenómeno tal como el “petrouribismo”, ni tampoco nos encontramos ante la conformación de un bloque de gobierno unitario con cercanía programática. Tampoco se conformó un “cordón sanitario” contra un gobierno que, a pesar de su extremismo y radicalidad, adolece de no tener su propio partido y depende de los vaivenes y el carácter de una coalición de gobierno que no es propia, sino prestada (porque toda gira alrededor de los partidos políticos tradicionales, el Partido de la U y Cambio Radical). Lo que ha ocurrido ha sido el encuentro fortuito entre dos bloques políticos que quisieron imponer sus mayorías con fuerza para mostrarse como actores inevitables en las negociaciones que el nuevo gobierno va a tener con el Congreso.

Por el lado del Pacto Histórico, el objetivo de esta medida fue mostrar que su amplia bancada (la primera en Senado y Cámara de Representantes, con 67 congresistas entre ambas corporaciones) tiene suficiente capacidad para mover su poder de veto en momentos críticos y bloquearle el Congreso a De la Espriella, en caso de que sea necesario. Esto es importante porque si el Pacto logra armar coalición opositora con la Alianza por Colombia (Partido Verde, ASI) y con un bloque de los liberales, es posible que pueda replicar parte de la estrategia que la misma oposición ejerció contra ella durante los últimos cuatro años. Esto, junto con las curules mayoritarias que tiene en comisiones de ambas cámaras, le da posibilidad de mover su agenda legislativa, incluso con la adversidad de no ocupar ninguna presidencia o vicepresidencia primera en el Senado y en Cámara y, por ende, no poder manejar el orden del día.

El uribismo, por su parte, logra con esta elección dos cosas:

a.     Salva, por ahora, los barcos dentro de su partido. Bajo la amenaza de disgregación y fuga de las bases políticas que se ha posado sobre la colectividad de derecha tras la salida de María Fernanda Cabal, José Félix Lafaurie y Paola Holguín, la unidad del partido se ha salvado. Esto, luego de que las tensiones entre figuras como Daniel Briceño y las directivas del Centro Democrático llevaran a que el partido evitara el apoyo público hacia el exconcejal, quien iba con la bendición de De la Espriella a la presidencia de la Cámara de Representantes. Una fuente dentro de la movida del Centro Democrático le contó a la Fundación Paz y Reconciliación bajo reserva que, para una buena parte de los congresistas del partido, Briceño es una especie de “subterfugio” con el que el gobierno electo busca romper al partido de Álvaro Uribe Vélez.

b.    Garantiza un rol ambivalente en esta primera fase del gobierno De La Espriella. Ayer, en medio del discurso de la oposición, el electo senador Andrés Forero señaló que, a pesar de estas diferencias, el Centro Democrático se declararía partido de gobierno y buscaría apoyar la mayoría de las iniciativas del gobierno De La Espriella. No obstante, también en el discurso de elección de Honorio Henríquez, el Centro Democrático vendió caro su apoyo bajo la idea de brindarle en la presidencia del Senado garantías a la oposición para su ejercicio de control político, así como hacer un ejercicio juicioso de revisión a las propuestas del programa de De La Espriella. Esto implica, en cierto sentido, que ante la posibilidad de que las relaciones con el gobierno entrante sean frágiles, el Centro Democrático actúe de facto más como un partido desde la independencia.


La letra en blanco

Aun así, a pesar de esta movida política que, por ahora, contiene la gobernabilidad de Abelardo de la Espriella y lo obliga a recular en su lógica de ignorar al uribismo para fragmentarlo y sostenerse solo en el apoyo de los partidos minoritarios tradicionales, el costo político con el que se realizó esta transacción sigue siendo alto.

Para el Pacto Histórico, el problema es ante todo ético. No porque se vaya a dar una alianza programática, sino porque negociar con el uribismo implica tumbar una de las principales premisas que sostienen discursivamente a la izquierda, que es el antagonismo con el proyecto de Álvaro Uribe Vélez casi como una definición existencial de esa izquierda. Esto ya lo ha cobrado un sector de las militancias en redes sociales, que han salido a expresar su desacuerdo con la votación por Henríquez. En un buen sector del Pacto se pedía que la respuesta ante la crisis política por las dos presidencias fuera enviar a una tercería. No obstante, el cálculo político primó. Por lo que el Pacto Histórico gana en operatividad política lo que pierde en coherencia interna, cosa que puede pesar en el futuro, especialmente ante una potencial asamblea fundacional del Pacto.

Por el lado de las toldas uribistas, el problema también es de coherencia, pero mucho más importante es el de sostener los acuerdos potenciales a los que haya llegado con el progresismo para este primer año. Aunque el uribismo cedió en la composición de las comisiones del Congreso y en que el Pacto construyera una mayoría en la Comisión de Acusaciones de la Cámara, no se sabe a ciencia cierta si tengan capacidad de sostener acuerdos con un proyecto político antagonista, más cuando el Pacto radicó hoy su propuesta de Reforma Tributaria y espera volver a radicar la Reforma a la Salud en las próximas semanas. El problema allí es que el uribismo tendrá que hacer malabarismo entre ser partido de gobierno y su propia ambivalencia como partido “independiente”, en tanto, desde la presidencia del Senado, tiene capacidad para determinar la agenda y el orden del día. Si le da ventajas al Pacto, el bloqueo político puede venir del sector de De la Espriella. Si decide evitar garantías para el Pacto, el progresismo puede bloquear el Congreso.

Es decir, el Pacto corre el riesgo de que el Centro Democrático, si llega a negociar en mejores condiciones con De la Espriella y su ministro del Interior, Rodrigo Lara, tenga mayor capacidad y poder para bloquearlo políticamente en el Congreso, por lo que su negociación y apoyo, en últimas, terminó siendo una letra en blanco.

Noticias al Minuto

* Las opiniones, análisis, interpretaciones y posturas expresadas en los informes, artículos y contenidos publicados en este espacio son responsabilidad exclusiva de sus autores e investigadores.

La Fundación Paz y Reconciliación (PARES) no necesariamente comparte, adopta ni se compromete institucionalmente con dichas posiciones.

Estos contenidos se presentan en el marco del ejercicio de investigación, reflexión académica y debate público, con el propósito de aportar a la comprensión de las realidades sociales y políticas del país.

Picture of Óscar A. Chala

Óscar A. Chala

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, con interés en el análisis de coyuntura, la teoría política aplicada y la construcción de marcos de interpretación alternativos desde la ciencia política para las ciudadanías y los movimientos sociales