En Atlanta, Georgia, se han dado batallas históricas. Una de ellas quedó reflejada en un clásico de todos los tiempos, Lo que el viento se llevó. Otras se jugaron en césped y ante 80.000 personas. Ese fue el caso del partido que se vivió el pasado miércoles. Otra vez se revivía uno de los clásicos más candentes de la historia de los mundiales: Argentina vs Inglaterra. Había varios antecedentes. El primero de ellos fue en 1966. En cuartos de final Inglaterra, que era el equipo local, se enfrentaba a los gauchos. Un partido enredado en el que la albiceleste sacaba con holgura el empate a cero. De pronto ocurre lo impensado. Hace sesenta años los árbitros no tenían tarjetas. Sin embargo, el central del compromiso echó de la cancha a Rattin, el capitán del equipo porque “me miró mal”. El propio narrador oficial de Inglaterra dijo sobre esto que era “una acción inclasificable”. Con un hombre menos, Argentina cayó 1-0 ante los de Bobby Charlton que, en ese torneo, levantaron su única copa del mundo.
Veinte años después, se volvieron a ver las caras en México, también por cuartos de final. Ahora el asunto era político porque, cuatro años antes, Argentina había sido arrasada por el imperio británico en una de las guerras más desiguales que se recuerden. La Inglaterra de Thatcher exigió recuperar las lejanas islas de Falkland, conocidas por los argentinos como Malvinas. La última dictadura argentina llevó a cientos de jóvenes a una muerte segura, pero el pueblo de ese país no olvidó la crueldad que exhibió la primera ministra Margaret Thatcher. Maradona les hizo en ese partido un gol con la mano y después protagonizó la jugada más espectacular de todos los tiempos. No fue fútbol, fue un acto político donde el pequeño 10 humillaba a todo un imperio.
Con la sangre en el ojo vuelven a enfrentarse en 1998. David Beckham se hace expulsar en el partido de octavos de final y Argentina termina venciéndolos por penales. En el torneo siguiente coinciden en fase de grupos y, esta vez, son los ingleses quienes les ganan con penal del space boys a los de Bielsa. Pasaron veinticuatro años para que se volvieran a cruzar, esta vez en una semifinal. El mundo cambia muy rápido, como lo prefiguraron los tangos, y Argentina pasa por un momento político crítico donde tiene a un presidente que ha hablado públicamente maravillas de la Thatcher. Su gobierno, en estas semifinales, llegó a un acuerdo con la FIFA: evitar tocar el tema de las Malvinas. Sin embargo, cuando el partido terminó con la épica victoria del combo de Messi y aunque jugadores y técnicos repetían hasta la saciedad que esto era fútbol y no política, apareció, por supuesto, la bandera donde se reclamaban las Malvinas para Argentina. Seguro el rojizo presidente norteamericano puso los ojos en blanco ante esta “provocación” y a Infantino se le paró el pelo que no tiene, pero los jugadores argentinos ratificaron que el fútbol es política y, de paso, recordaron al futbolista más grande que ha dado ese país: Diego Armando Maradona, el hombre que supo humillar a un imperio.



