Los que tenemos más de cuarenta años crecimos viendo la imagen de Godzila, la célebre película del visionario director japonés Ishiro Honda. En ella, un monstruo se despertaba del océano y acababa con Japón. Tokio era la primera ciudad en caer. Con este monstruo, los japoneses plasmaron, en una mitología que se va mutando a través del tiempo, el miedo que les daban los terremotos y eso que ellos catalogaron con la palabra Tsunami. En español significa “Ola en el puerto”. A las nuevas generaciones les tocó ver a través del televisor las imágenes aún frescas de diciembre de 2004 cuando un Tsunami en Indonesia le quitó la vida a más de cuatrocientas mil personas.
Esos eventos se ven lejanos pero la costa Pacífica los vivió y hubo una vez en que se sintió con total brutalidad. Ocurrió el 31 de enero del 2006 a las 10:30 a.m. Fue en la frontera entre Ecuador y Colombia, en la zona conocida como Esmeraldas. Después de que se partieran 500 kilómetros de placa, comenzó el movimiento. Para que se hagan una idea, el terremoto que acaba de sacudir a Colombia este 10 de agosto del 2026 alcanzó 7.4 en la escala de Richter. Este tuvo 8.8. Una brutalidad. Esto causó un Tsunami.
Sí, la costa Pacífica ha sufrido tsunamis. Incluso el gobierno saliente dejó unas boyas de protección en caso tal de que este fenómeno se repita. La ola golpeó con furia varios municipios: Tumaco, Guapi, Timbiquí, El Charco y La Tola. En Tumaco hay registros donde las olas alcanzaron los seis metros de altura. Fue de tal potencia el maremoto que se sintió en Costa Rica, México y Japón. El saldo de pérdidas humanas fue de 400 muertos.
En 1979, también en Tumaco, se vivió otra tragedia parecida. Fue un 12 de diciembre y el presidente era Julio César Turbay Ayala. Un terremoto de magnitud de 8.1 en la escala de Richter frente a las costas de Nariño desencadenó un tsunami que arrasó varias poblaciones costeras.
Este 12 de agosto, fecha en la que se escribe este artículo, aún no conocemos el nivel de la tragedia que acaba de pasar en poblaciones como Chocó. El racismo estructural de nuestra sociedad ha hecho que estos pueblos negros sean completamente negados por la historia, hasta en los hechos más trágicos que nos han azotado. No solo son los cataclismos de la naturaleza, la mayor tragedia puede ser el olvido estatal.



