El señor presidente

Vale la pena detenerse a examinar aquello que todos consideramos evidente. El señor presidente viene construyendo un relato que nos recuerda que los símbolos no son neutrales y que, aunque algunos puedan parecer vacíos de contenido, reproducen una realidad que otorga legitimidad a las acciones. Los rituales y los escenarios dispuestos para construir una nueva escenografía en el país no son azarosos: todos los mensajes se han orientado a proyectar una imagen de autoridad y centralidad del liderazgo presidencial.

Desde la adopción del tigre como símbolo, el poder absoluto es la idea que se ha querido representar. La fuerza y la dominación que encarna ese animal asiático son los principios con los que se ha buscado construir una narrativa de control acompañada de una amenaza constante. La creación del enemigo no reposa únicamente en quienes, desde la ilegalidad, amenazan al Estado, sino también en la construcción de una amenaza permanente hacia el contradictor político: “hay que destripar a la oposición”, el deseo de gobernar por medio de decretos, la posesión en la guarnición militar de cara a las armas y lejos del Congreso —que en este caso representa la pluralidad y la diversidad del pueblo—, todo apunta al poder absoluto mediado por la fuerza y la subordinación.


Por supuesto, para hacer consistente el relato, la fuerza y la dominación deben dirigirse de manera concreta a la ampliación de los símbolos que representan una amenaza: el miedo como forma de gobierno; la puesta en escena del hombre detrás de vidrios blindados que promete acabar con el crimen organizado y desterrar a los narcotraficantes que, hasta hace apenas unos meses, decidió defender. La supervigilancia y el control representados en las megacárceles; la fumigación como antídoto a un problema que hoy afecta a más de 25 millones de consumidores y que en la última década aumentó un 38 % debido a un crecimiento sostenido de la demanda y de la producción global; el relato del miedo dibujado como una “batalla cultural” en la que la diferencia se castiga y los derechos humanos se presentan como una mordaza que no ha permitido nuestro desarrollo como sociedad.

Es así como, bajo este paraguas, el lenguaje y los símbolos se plantean como una vía para la manipulación de la verdad. Nos enfrentamos a años en los que la reiteración de mensajes que niegan las diferencias, el feminismo, y los derechos adquiridos mediante las luchas sociales, funcionará como un dispositivo que se sostiene a través del miedo, la delación y la puesta en escena. Regresará la ficción del rayo homosexualizador que atenta contra la idea original de la familia; o aquella que ubica, o mejor nos ubica a los críticos y opositores como bandidos; “no creo que haya empalme con esos bandidos”, la manipulación es aquí la difusión del lenguaje del odio, la negación del otro como única opción del “milagro”.  La fuerza y la dominación necesitan representarse constantemente para sostenerse, porque su legitimidad no nace del consentimiento, sino del terror y del espectáculo; y esa es la arena del señor presidente, quizás vacía de contenido, pero profundamente poderosa en la comunicación

 

Solo así, mediante la manipulación de la verdad, aquello que la civilización y la democracia han permitido sembrar en el terreno de los derechos adquiridos pasa a un plano de negación, que busca que los signos repetidos en su narrativa se vuelvan costumbre, y que cuestionarlos habilite el uso de la fuerza para eliminarlos. El poder absoluto no gobierna con las reglas de juego de la democracia, sino con el terror cotidiano y la mentira repetida hasta volverse costumbre; verdad. Por eso no sorprende que, sin mayor asombro, los “nunca” del señor presidente estén llenos de contradicciones, ni que el círculo de poder se cierre con lo más viejo de nuestra clase política: nostálgicos del laureanismo, exguerrilleros, difamadores en redes sociales, defensores de paramilitares e indiciados por corrupción. Aquí comienza el show del señor presidente.

 

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Carlos Montoya Cely