La inteligencia artificial está obligando al sistema educativo a revisar cómo evalúa el aprendizaje. Lo he experimentado en mis cursos de ciencia política en la Universidad de Antioquia durante los dos últimos años. La distancia entre los ensayos que recibo y la comprensión que sus autores demuestran en clase me ha llevado a modificar mis evaluaciones y a preguntarme qué debemos cambiar los profesores para reconocer lo que nuestros estudiantes están aprendiendo.
Durante años utilicé el ensayo como forma habitual de evaluación. Planteaba un problema de la coyuntura política y pedía analizarlo con las herramientas teóricas del curso. Cada estudiante debía formular una tesis, desarrollar argumentos y llegar a conclusiones. Evaluaba la calidad de los argumentos, el uso de la teoría y la novedad de la reflexión. Así podía apreciar qué habían leído y cómo utilizaban las lecturas para interpretar el mundo.
Los resultados eran diversos. Algunos entregaban ensayos sólidos; otros tenían dificultades para organizar las ideas, relacionar conceptos o sostener una conclusión. Había párrafos confusos y referencias imprecisas. Esas dificultades me permitían reconocer cómo cada estudiante intentaba construir una explicación propia e identificar necesidades de formación. La retroalimentación buscaba mostrar dónde se debilitaba el argumento y cómo mejorarlo, para que la evaluación también contribuyera al aprendizaje.
Desde hace un par de años empecé a recibir trabajos que respondían con notable solvencia a las indicaciones. Estaban bien redactados y desarrollaban conclusiones pertinentes. Sin embargo, en clase encontraba estudiantes que participaban poco, tenían dificultades para explicar la teoría y no lograban desarrollar las ideas expuestas en sus escritos. Un documento correcto, por sí solo, ya no me ofrecía información suficiente sobre lo que el estudiante había comprendido.
Esa diferencia tampoco permite concluir que todos utilizaron inteligencia artificial o lo hicieron indebidamente. Explicar una idea en clase tiene dificultades propias, y existen distintas ayudas para escribir. Pero debemos preguntarnos qué evaluamos al calificar un documento elaborado fuera del aula. Necesitamos conocer cómo trabajaron las fuentes, qué decisiones tomaron al construir el argumento y qué pueden explicar de lo que entregaron.
Este semestre volví a realizar evaluaciones en clase, sin apuntes ni tecnologías. Las respuestas mostraron problemas para explicar conceptos, relacionar autores y construir argumentos, además de dificultades de redacción, gramática y caligrafía. El cambio hizo visibles necesidades que los ensayos anteriores no permitían reconocer con claridad. También me dejó una inquietud: cómo conservar el tiempo de lectura, elaboración y revisión que ofrece un trabajo realizado fuera del aula.
Sigo considerando valioso entregar una pregunta para trabajarla con calma. La escritura necesita tiempo para buscar información, ensayar explicaciones y corregir. Quisiera recuperar esa práctica con la confianza de que quien entrega un texto comprende sus argumentos y puede revisarlos. El reto consiste en acompañar ese proceso y reconocer el aprendizaje, incluso cuando se utilizan herramientas capaces de producir un escrito completo.
Quiero señalar dos caminos. El primero consiste en distribuir el ensayo en varias entregas: plantear el problema, seleccionar las fuentes, construir el argumento y revisar un borrador. Así podemos conversar sobre las decisiones y observar cómo cambia la interpretación. La versión final recoge un proceso que hemos acompañado, y la retroalimentación llega cuando todavía puede utilizarse para mejorar el trabajo.
El segundo consiste en acompañar el escrito con una conversación breve. Pedir al estudiante que explique un concepto, justifique una referencia o responda una objeción permite conocer su comprensión. Cuando utilice la IA, puede explicar qué le solicitó, cuáles sugerencias incorporó y qué verificó. Esto permite examinar sus decisiones y orientar su aprendizaje, sin reducir la evaluación a la búsqueda de indicios de uso de IA.
Todo esto devuelve importancia a la lectura. Quien conoce el problema y las fuentes puede identificar simplificaciones, advertir contradicciones y reconocer lo que una respuesta deja por fuera. En agosto defendí en este espacio la necesidad de volver a leer largo. Esa práctica forma el criterio para utilizar la inteligencia artificial: comprender un argumento completo permite juzgar mejor las respuestas que recibimos.
El sistema educativo debe ofrecer condiciones para esta transformación. Acompañar borradores y conversar requiere tiempo, especialmente en grupos numerosos. También exige formación profesoral, orientaciones claras y oportunidades de acceso para estudiantes con recursos y trayectorias educativas diferentes. La calidad de la evaluación depende de decisiones institucionales que hagan posible enseñar y acompañar, así como preservar actividades necesarias para desarrollar capacidades propias.
Mi preocupación sigue siendo formar estudiantes que lean, reflexionen y construyan una manera de comprender el mundo. Ellos deben responder por lo que entregan; nosotros, por las tareas que proponemos y el aprendizaje que acompañamos. Cuando señalamos con el dedo al estudiante por su uso de la IA, conviene mirar nuestra propia mano: otros tres dedos apuntan hacia nosotros.
Pensemos bien cuándo conviene incorporar estas herramientas y cómo modificar nuestras evaluaciones. Recordemos que la universidad entrega un título a una persona que deberá ejercer una profesión, tomar decisiones y asumir sus consecuencias. Esa responsabilidad exige comprender lo que se afirma, examinar sus fundamentos y responder por los propios actos. Por eso, cuando llegue el momento de identificar responsables, no podremos decir: échenle la culpa a la IA.
* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
** Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.



