La memoria colectiva hay que ejercitarla siempre. En tiempos donde la batalla cultural se vive también en los intentos de cambiar el pasado hay que recordar todo el tiempo. Uno de esos hechos fue el M-19. La muerte este fin de semana de Antonio Navarro volvió a hacerle preguntar a los jóvenes ¿Qué clase de grupo era?
Fue un grupo que se movió con holgura en las capitales del país. Esto era una contradicción absoluta ya que los viejos grupos insurgentes se mantenían en su postura de que la guerra contra el Estado tenía que hacerse en el campo. En las ciudades los dirigentes de estos movimientos estarían mucho más expuestos. El M, como si fuera un grupo de artistas, manejó sus apariciones, sus golpes como si se trataran de lo que hoy se conoce como happening, instalaciones, puestas en escenas. Se dan a conocer con el robo de la espada de Bolívar ocurrido en la Quinta donde vivió el Libertador en Santa Fe de Bogotá. En ese momento no había las medidas de seguridad que existen ahora, así que fue relativamente fácil para Álvaro Fayad reducir al único celador que la custodiaba.
Eran golpes dirigidos a los militares, como el robo de armas del Cantón Norte y al establecimiento. Esto no evitó que se cometieran crímenes. Uno de ellos fue el asesinato de José Raquel Mercado después de haber sido secuestrado y sometido a un “juicio por el pueblo”. Pero el carisma de su líder, Jaime Bateman, era el mejor teflón para soportar la repulsión que puede generar un grupo que se alza contra el Estado.
Samario, cojo desde que era niño, después de ser atropellado por un bus, salsero, cinéfilo y lector de novelas, Bateman despertó la curiosidad de miembros de la más encumbrada sociedad bogotana como Enrique Santos Calderón, hijo de los dueños de El Tiempo y de expresidentes quien creó además una de las revistas de mayor recordación en Colombia, Alternativa. Bateman se acercó también a Gabriel García Márquez quien siempre creyó en el M-19 y entendió que, en un país repartido en dos colores, el liberal y el rojo, los que quedaban al margen no tenían otra salida para aspirar al poder que llegar por medio de la rebeldía.
Germán Castro Caycedo, legendario periodista, fue secuestrado por el grupo y le hizo un reportaje a Bateman en las selvas de Colombia y se pasó en su programa Enviado Especial, que se emitía los lunes a las siete de la noche, en lo que se llama ahora horario Prime. El país conoció a este tipo alto y dicharachero que hablaba de cosas que aún son importantes para Colombia como el famoso “Sancocho nacional” que era unir, por supuesto, todas las tendencias políticas posibles y que estuvieran encaminadas en la misma causa, hacer de este país un lugar mejor.
Fernando González Pacheco, acaso el presentador más famoso en la historia de la televisión colombiana, sirvió también de intermediario entre Bateman y los gobiernos de Turbay y Betancur. Juan Guillermo Ríos, quien era el periodista estrella del Noticiero de las Siete, también lo entrevistó. Con la muerte de Bateman, el grupo no perdió estrella y siguió siendo reconocido en el país y diferenciado de otros grupos comunistas que se alzaron en armas. La muerte de algunos de sus miembros, como Toledo Plata e Iván Marino Ospina, se interpretó popularmente como una traición a su voluntad de paz, la que se vio reflejada en la simbólica imagen de Pizarro envolviendo su pistola en una bandera.
Gracias al convencimiento de Navarro Wolff, por ejemplo, la muerte de Pizarro no fue una excusa para regresar al monte sino para afianzarse como grupo político. Consiguieron la Constituyente y lograron cambiar el país. Mucho ojo a la hora de comparar el M con otras agrupaciones. Esta no se pareció a ninguna.



