El crimen que terminó de sepultar a Pablo Escobar

Hoy 18 de agosto se cumplen 37 años del asesinato de Luis Carlos Galán Sarmiento. Era el más seguro candidato a la presidencia por parte del Partido Liberal y esto le aseguraba ganar las elecciones de 1990, ya que en ese momento ese partido era el más potente del país. El primer sospechoso, apenas se difundió la noticia del magnicidio, fue Pablo Escobar. Ya en ese momento estaba en una fase de profundización de su delirante guerra declarada contra el Estado. Había asesinado a un ministro de justicia, Rodrigo Lara, y ordenado diferentes atentados a jueces, comandantes de policía y periodistas, entre los que se contaba el asesinato de Guillermo Cano, director de El Espectador.

El cerebro de este asesinato fue Henry Pérez, amo y señor de los paramilitares del Magdalena Medio, hombre de confianza de Rodríguez Gacha. Si bien tenía más de una razón Pablo Escobar para asesinarlo, teniendo en cuenta el ego descomunal que manejaba el capo, como el haberlo echado públicamente del Partido Liberal o lo empecinado que estaba en extraditar narcotraficantes a los Estados Unidos, Pablo Escobar habría tenido una resistencia a tomar medidas contra él. Aún así terminó accediendo. El costo para él fue altísimo. De ahí en adelante la única respuesta que pudo dar fue la de una violencia demencial. En 1989, en ese último trimestre, Escobar llegó a realizar dos atentados que le quitaron cualquier tipo de credibilidad entre los pocos colombianos que aún creían que podía ser el Robin Hood, el bandido que les robaba a los ricos para darles a los pobres. El atentado al DAS fue de proporciones demenciales y ni hablar del avión de Avianca que salía de Soacha y que explotó en el aire porque creían que estaba allí César Gaviria Trujillo, el hombre que reemplazó en la carrera presidencial a Galán.

Desde entonces, Pablo Escobar fue un personaje marginal. Uno de los golpes que pegó más duro fue la muerte de Gustavo Gaviria, quien no solo era su primo, sino que era el hombre que manejaba sus finanzas. Desde entonces, eso y la guerra empezaron a descapitalizarlo. A Escobar solo le quedaría la posibilidad de negociar. Y así lo hizo con el gobierno de César Gaviria, quien fue demasiado laxo con él y su organización sin tener en cuenta que ya había perdido fuelle.

Nadie en el país pudo perdonarle el crimen de Luis Carlos Galán. Fue un asesinato atroz que, sumado al de Lara y al de Cano, lo convirtieron en una bestia. Desde la marginalidad, se creía que podía ser un proscrito, alguien con la simpatía que puede despertar lo que está por fuera de lo aceptado, de lo incorrectamente político. Pero no, fue un crimen devastador no solo para la sociedad colombiana -todavía lo seguimos llorando-, sino para él. Cuando asesinó a dos de sus socios en La Catedral, Pablo Escobar ya solo servía muerto después de su huida. Por eso intentó unirse al ELN, pero ni eso pudo hacer. Ya era mercancía dañada.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.