El cóctel más extraño del mundo se lo inventó Salvador Dalí

Llegó a Madrid de 19 años, se inscribió en la Escuela de Bellas Artes y sus padres decidieron que el sitio que más le convenía al joven pintor para vivir era la Residencia de Estudiantes que, en ese momento, dirigía Alberto Rodríguez Frau. En un principio no llegó a formar parte de la activa vida cultural y social que tenía la residencia. Lo único que le interesaba era pintar. El pelo le bajaba por los hombros y usaba unas levitas larguísimas que le rozaban los tobillos. Un estrafalario. Corrían los años veinte y allí, en esa residencia, empezaba a gestarse el último gran cataclismo cultural que viviera España en el siglo XX.

Él iba a ser uno de sus protagonistas, pero no lo sabía y si lo hubiera sabido, tampoco le importaría mucho. Según Pepín Bello, estaba tan abstraído en lo que hacía que, muchas veces, olvidaba las horas en que se acostumbraba servir la comida y permanecía concentrado en lo que estaba pintando, como si los seres que habitaran el mundo de sus lienzos no tuvieran necesidades terrenales. Según Rafael Alberti, otro de los usuales visitantes de la residencia, a su cuarto era imposible entrar, ya que el piso estaba lleno de lienzos tirados en cualquier parte. Era una máquina que trabajaba a piñón fijo.

Durante un año, las únicas veces que salió de su cuarto fue para ir a la Escuela de Bellas Artes. Su obsesión no era el único motivo de ese ensimismamiento. Su provincialismo lo acomplejaba. Cadaqués es una comarca humilde y él siempre fue el niño rico de su pueblo, ahora en Madrid no era más que una de esas hormigas que a él tanto le gustaba pintar. Sin embargo, sus compañeros de residencia lo fueron fustigando para que saliera de juerga con ellos. “Vamos a las putas pintor checoslovaco”, le decía un joven de ojos saltones y espalda ancha. “Pintor checoslovaco” le decían, por lo estrafalario de su atuendo. Tanta fue la insistencia que salió una noche y tanto le gustó que, a la mañana siguiente, siendo presa de la terrible agonía de una resaca, fue a una barbería y pidió que le cortaran el pelo. Después se compró un traje a la moda. Estaba tan conmocionado con lo que había visto que olvidó ir a la escuela, nunca más volvería a pisar ese lugar. Entendió que había cruzado una puerta y estaba ansioso por saber con qué cosas se iba a encontrar. Así que no pudiendo esperar la noche, se fue solo al bar del Ritz, se sentó en la barra y le pidió al cantinero un cóctel.

—¿Qué cóctel quieres? — Le preguntó el cantinero de mala manera.

— No sé, dame uno de los buenos —Le dijo Dalí, sintiendo cómo toda la cara se le llenaba de sangre. Los clientes murmuraron entre sí o al menos así lo sintió él, paranoico por naturaleza.

El cantinero le sirve un martini, Dalí se lo bebe de un solo sorbo. Pide otro: “Los clientes pensarán que soy un hijo de puta provinciano, pero no me importa. Soy un pintor muy importante y ellos no saben nada”. Al tercer Martini, estaba tan exaltado que puso la copa sobre la barra, rompiendo un pedazo e incrustándosele un vidrio en un dedo. La sangre salía copiosamente y antes de que el cantinero fuera por un trapo para detener la hemorragia Dalí metió su dedo en la copa y combinó su sangre con la pureza de la ginebra. Después levantó su copa y propuso un brindis.

—Brindo porque la sangre sea siempre más dulce que la miel.

Ninguno de los espantados clientes repitió el gesto. Dalí tomó el vampírico contenido de un solo sorbo y salió del bar dando pequeños saltitos, gritando “la sangre es más dulce que la miel”. Esa noche tampoco pintó.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.