De la Espriella renuncia a la presencia diplomática colombiana en el Caribe y en África, para volver a mirar hacia Washington

Imagen creada con IA (Gemini)

En una alocución en sus propias redes sociales (que los medios de comunicación en el país retransmitieron y que, parece, se volverá la nueva tendencia en este gobierno entrante), Abelardo de la Espriella indicó que va a cerrar cerca de 14 embajadas de Colombia en el mundo, con el ánimo de ahorrar dinero de las finanzas públicas en un escenario fiscal incierto. Tres de estas embajadas están en el Mar Caribe y cuatro en África. Dos de ellas se cierran por “coherencia política” del nuevo gobierno, mientras que se piensa inaugurar una que englobe a las que se van a cerrar en el continente africano.

Parece que la apuesta de De la Espriella en relaciones internacionales va a ser, bajo la excusa de la “austeridad”, ceder espacios diplomáticos que Colombia ha construido en dos regiones donde el país no solía hacer presencia y en las que se buscaba tender puentes comerciales y culturales. En el fondo, es volver la mirada hacia el Norte.

 

Colombia vuelve a abandonar el Gran Caribe…

La relación de Colombia con el Mar Caribe siempre ha sido, en su mayoría, problemática. Ante la pérdida de Panamá a inicios del siglo XX y la reconfiguración económica y comercial entre el Atlántico y el Pacífico tras la inauguración del Canal de Panamá, el foco se desplazó de Barranquilla y los puertos caribeños  hacia Buenaventura, hoy el principal puerto del país sobre el océano Pacífico.

Esto es importante porque solamente fue hasta la década de los 80 que Colombia reconoció en su identidad su rol como Estado caribeño, al comenzar a tener relaciones más estrechas, firmar tratados y profundizar en sus relaciones económicas con los demás Estados que conforman la cuenca marítima del Caribe. Ya entrado el siglo XXI, la relación con este “mar interior” fue mediada por la disputa territorial con Nicaragua frente a la delimitación final de las fronteras marítimas entre ambos países. Esta disputa tuvo diferentes episodios que llevaron a un primer triunfo de Nicaragua en 2012, cuando la Corte Internacional de Justicia (CIJ) reconoció más de 75.000 km2 de territorio marítimo a Nicaragua, lo que hizo que el gobierno de Juan Manuel Santos denunciara el Pacto de Bogotá. Luego, en 2023, la misma CIJ rechazó la pretensión nicaragüense de expandirse más de 200 millas náuticas al interior de la plataforma oceánica colombiana, lo que terminó cerrando definitivamente el litigio.

Aun así, la relación de Colombia con los Estados del Caribe siempre ha estado mediada por la doctrina diplomática del respice polum, en la que Colombia sostiene que la relación con Estados Unidos tiene primacía y mayor importancia frente a las relaciones con el resto del mundo. Entre otras cosas, consecuencia de esta doctrina, es que también se concibe al Mar Caribe como un escenario secundario, dependiente de las dinámicas propias de la esfera de seguridad de los Estados Unidos, donde las decisiones son tomadas bajo el consenso de la Organización de Estados Americanos como principal eje rector de estas relaciones. En parte, esta hegemonía se ha manifestado tanto en el embargo y bloqueo comercial de EE.UU. sobre Cuba (1962 – actualidad), así como intervenciones militares como las de Granada (1983), Panamá (1990) y Haití (1994-2004). También en el enfoque propio de las relaciones internacionales colombianas hacia la Región Andina y Sudamérica, en las que el país tuvo muchísima importancia tras el surgimiento de la marea rosa en el continente y la urgencia de Estados Unidos por mantener a Colombia como uno de sus principales puntos operacionales en la región.

Ahora, con la decisión de Abelardo de la Espriella de cerrar las embajadas de Cuba, Nicaragua y Haití, el gobierno manda dos mensajes muy claros:

a.     Vuelve a una política donde la relación con el Gran Caribe volverá a ser mediada por el gobierno estadounidense, esta vez bajo una doctrina mucho más directa y agresiva, que implica la presencia militar de tropas estadounidenses en la plataforma oceánica con la finalidad de reordenar las dinámicas de seguridad en la región. Trump ya ha venido haciendo esto con los bombardeos a lanchas en el Caribe, así como ataques a campamentos en territorio ecuatoriano y venezolano. En parte, la subscripción de este nuevo gobierno al Escudo de las Américas termina cediendo a Estados Unidos el control del Caribe con esta finalidad, donde Colombia acepta el rol secundario dentro de la recomposición de la esfera de influencia norteamericana en la región.

b.    Cede en su presencia diplomática en dos países donde, potencialmente en los próximos dos años, existe la posibilidad de una intervención militar similar a la que ocurrió en Venezuela en enero de 2026. Trump ya ha dejado entrever que busca derrocar al gobierno cubano, así como también existen suspicacias ante una intervención militar en Nicaragua, luego de que Daniel Ortega señalara hace varios días atrás que su país abandonaría las elecciones y las reemplazaría por el nombramiento directo de funcionarios en la rama legislativa y en los cargos regionales y locales. Esta retirada es un guiño para que Estados Unidos pueda tener libertad en sus operaciones, así como elemento legitimador para tomar estas decisiones, al romper relaciones con ellas bajo el criterio de “no transar con tiranías”.

Queda por ver si De la Espriella también usa las herramientas diplomáticas como mecanismo de presión ante una eventual transición política en Venezuela, tal cual lo hizo Iván Duque en 2018 con el llamado “cerco diplomático”. Por ahora, la decisión de Donald Trump ha sido la de legitimar al gobierno de Delcy Rodríguez y señalar que el país “no está preparado para una transición política”. No obstante, esta decisión puede generar una relación ambivalente con un gobierno que, para De la Espriella, sigue siendo un enemigo en la región. Aunque el hoy presidente electo ha hablado de “ponerse a disposición” para realizar esa transición política, no queda claro si va a tener buenas relaciones con el país vecino. Especialmente cuando aún no se resuelven dilemas como el litigio por el caso de la fertilizante Monómeros, o cuando el gobierno colombiano exigirá mayor cuota de cooperación y participación en la lucha contra grupos armados colombianos que hacen presencia en Venezuela como garantía de negociaciones futuras con el gobierno de Rodríguez.

 

… y también renuncia a África

Una de las apuestas del gobierno de Gustavo Petro estuvo centrada en tender puentes y lazos con África. Uno de los roles que tuvo Francia Márquez en este gobierno fue generar esos acercamientos y consolidarlos, especialmente con la apertura de la embajada de Colombia en Etiopía (una de las sedes de la Unión Africana de Naciones), en Senegal y el fortalecimiento de la presencia diplomática en Kenia, Sudáfrica y Ghana. El objetivo de estos acercamientos fue fortalecer la cooperación entre países del llamado “sur global”, estrechar lazos comerciales con el continente y reforzar los lazos culturales compartidos entre ambas regiones del mundo. De hecho, en 2025, las exportaciones colombianas hacia África llegaron a la cifra de US$296,5 millones en bienes no minero-energéticos, con un crecimiento de 112 % frente a 2024, y la balanza comercial con África cerró con un superávit de US$401 millones, según datos del diario La República. La mayor parte de este comercio recabó en países del África subsahariana y en el Norte de África, donde Colombia hace presencia con las embajadas de Marruecos, Argelia y Egipto.

A pesar de que la cifra de intercambio comercial entre Colombia y el continente africano no supera a las cifras comerciales que existen con Europa, Estados Unidos y China, el gobierno Petro apostó por tratar de tender puentes alternativos con otras regiones del mundo, en su lógica de afianzar una doctrina de respice similia, donde existe prevalencia y privilegio a las relaciones con países latinoamericanos y del sur global frente a las tradicionales relaciones con Europa y Washington.

Con la decisión de Abelardo de la Espriella de levantar las embajadas en Ghana, Argelia, Etiopía y Sudáfrica para centralizarlas en una nueva embajada (mucho más pequeña) en Nigeria, está claro que la política internacional de Colombia también está dirigida en ceder este espacio regional bajo la premisa de “ahorrar dinero de las finanzas públicas”, aun cuando las relaciones internacionales le cuestan al país COP $1,9 billones de pesos, que son menos del 1 % del total del presupuesto nacional de 2026. Retirarse de África también va en un mismo sentido que la retirada en el Caribe, y es entregar parte de la gestión diplomática regional a las grandes decisiones que tome el Departamento de Estado de EE.UU. como parte de la recomposición hemisférica que Trump está realizando en todo el continente americano y permitir que sea Estados Unidos quien defina el destino de estas, en un escenario de multipolarización en la que EE.UU. busca garantizar su zona de seguridad y de acceso a recursos ante la incertidumbre de que nuevos escenarios bélicos a nivel global y la competencia comercial con China terminen generando crisis internas a nivel económico y político en ese país.

 

Todo por ocupar un rol secundario

Para un gobierno como el entrante, que, según su propio programa político, busca inversión, apertura comercial y una relación fluida con Washington en momentos en que Estados Unidos está redefiniendo activamente su esfera de seguridad hemisférica, alinearse tiene beneficios tangibles y relativamente inmediatos, en tanto, según la lectura que hace el gobierno electo de De la Espriella, brinda acceso a mercados, cooperación en seguridad y una potencial previsibilidad frente a un Departamento de Estado que ya está tomando decisiones unilaterales en la región. Sin embargo, el costo de alinearse es alto, y radica en la pérdida de margen de maniobra propio. Colombia está dejando de ser un actor que negocia su lugar en el Caribe y en el sur global y pasa a ser un actor que administra las consecuencias de decisiones tomadas en Washington.

El riesgo de esta apuesta es que el rol secundario no termina de ser estático. Si en los próximos dos años se materializa una potencial intervención en Cuba o un desenlace similar al de Venezuela, Colombia ya no tendrá presencia diplomática ni canales propios para influir, mediar o simplemente observar de cerca lo que ocurra, por lo que tendrá que reaccionar a lo que EE.UU. decida, sin haber estado si quiera presente en la mesa, a menos de que Trump, Rubio o Hegseth hagan la invitación.

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Óscar A. Chala

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, con interés en el análisis de coyuntura, la teoría política aplicada y la construcción de marcos de interpretación alternativos desde la ciencia política para las ciudadanías y los movimientos sociales