Desde los años sesenta, Barrancabermeja ha sido el corazón de la lucha sindical. Pocos recuerdan que allí vivió, por un par de años, Camilo Torres. Uno de los parques más emblemáticos de la ciudad lleva su nombre, precisamente para recordarlo. Aún se puede encontrar uno con personas mayores de setenta años que lo recuerdan dando un discurso a la multitud, subido a una azotea. Cerca de ese lugar, a Camilo Torres lo asesinaron en su primera incursión armada con el ELN. Desde entonces, Barrancabermeja ha tenido la maldición de la riqueza. Sus pozos petroleros, que deberían haber sido su bendición, terminaron convertidos en la excusa por la que los grupos armados devastaron el tejido social.
Los luchadores han nacido acá, pero sus vidas también han sido segadas. Uno de ellos era Leonardo Posada Pedraza, el primer líder de la UP asesinado en el país. Hijo de comunistas, nacido en Bogotá en 1947, su vida fue una especie de sacerdocio en donde todo cobraba sentido si existía una entrega hacia el otro. Fue militante del Centro Makarenko de las Juventudes Comunistas, y estudió Ciencias de la Educación en la Universidad Nacional. A los 24 años fue uno de los líderes juveniles más aguerridos de esa institución hasta el punto de que fue presidente de la FUN. Fue encarcelado varias veces, torturado, amenazado y se dedicó a defenderse predicando su credo comunista.
Barranca fue el lugar a donde llegó a finales de la década del setenta. En ese momento solo lo acompañaba uno de los legados que le hizo su papá en vida, una máquina de escribir que le sirvió para hacer buena parte de sus ensayos, de sus cuentos, de sus poemas. En 1983, Barrancabermeja estalló por culpa de la injusticia perpetua. A pesar de las regalías que daba el petróleo, muchas barriadas no tenían ni energía eléctrica ni agua potable. El 13 de abril de ese año, la ciudad puerto se convirtió en el epicentro de un paro cívico colosal. Fue uno de los dirigentes más destacados de la Coordinadora Popular de Barrancabermeja y luego, desde 1985, hizo parte de la Unión Patriótica.
Se necesitaba un partido político desde la misma izquierda que llevara las banderas que decía tener las FARC. El triunfo de la UP significaba el triunfo de la combinación de todas las formas de lucha. Por eso, su derrota significó la victoria de los radicales más violentos. Vendrían tiempos más oscuros, venganzas de narcotraficantes, asociaciones temibles, uniones indeseadas. Leonardo sería el primero de casi cinco mil dirigentes de esa agrupación política que cayeron producto de las balas. Fue el sábado 30 de agosto de 1986, Leonardo salió de la sede de la UP en Barranca. Acababa de ganar la elección para ser diputado por Santander, así que se tendría que ir a vivir a Bogotá. Al llegar a la esquina de la calle cincuenta con carrera veinte, dos hombres abrieron fuego contra él. Lo acompañaban dos mujeres, Rosa Pinzón y Sady Rangel. Antes de morir alcanzó a decir unas palabras, quería que en su funeral no sonaran himnos del partido comunista sino boleros, además alcanzó a despedirse de su mamá.
En Bogotá, la persona que recibió la llamada fue Manuel Cepeda, su compañero de lucha y quien caería víctima de la violencia en 1994, también en agosto. Empezaba el baile rojo, una carnicería que terminaría con cinco mil dirigentes asesinados, incluidos dos candidatos presidenciales.
Los crímenes de la UP siguen doliendo. Nadie podrá lavar esa sangre.



