Fernando Botero Zea supo que la vida era dura a los 18 años. A esa edad le llegó la noticia infausta de la muerte de Pedrito, su hermano menor, quien apenas tenía cuatro años y era hijo de la segunda esposa del pintor, la caleña Cecilia Zambrano. En un auto cubrían la carretera entre Sevilla y Córdoba cuando la imprudencia del conductor de un camión embistió el auto. El pintor sufrió heridas en una mano. Lo único que lo pudo curar fue la pintura. El cuadro de su hijo montando un caballo de juguete es una de las joyas que tiene el Museo de Antioquia.
Pero estamos acá para hablar de Fernando. A comienzos de 1994, su vida empezaba a brillar. Fue nombrado asesor de una de las dos campañas que irían a disputar las presidenciales ese año. Tenía 38 años y ni siquiera haber nacido en Ciudad de México podría ser un impedimento para su sueño absoluto, ser presidente de Colombia. A los cinco años sufrió la separación de sus papás. Para los que no lo saben, Gloria Zea era una de las principales gestoras culturales del país. Fue durante 46 años directora del Museo de Arte Moderno de Bogotá. Todo lo que pudiera proponerse Fernando lo podría conseguir, sus papás eran un pasaporte al éxito.
Fernando no fue criado por su padre el pintor, sino por un empresario, Andrés Uribe Campuzano, quien entre otras ideas tuvo la de crear la imagen de Juan Valdez. La idea que se tenía con Fernando era formarlo y convertirlo en presidente. Por esto, estudió en los mejores colegios de Nueva York y luego obtuvo un diploma en el Instituto de Estudios Políticos de París. Regresó al país en 1993 y se acercó al Partido Liberal. El candidato era Ernesto Samper. Después de haber sido su asesor de campaña, fue nombrado ministro de Defensa. Un día después de haber ganado por estrecho margen la segunda vuelta a Andrés Pastrana, este empezó a hacer circular unos rumores de que existían unos audios en los que se haría evidente la filtración de recursos por parte del Cartel de Cali a la campaña.
El primero que cayó fue Santiago Medina. El anticuario, quien era el tesorero de campaña, afirmó que la reunión que sostuvo con Alberto Giraldo, periodista que estaba en la nómina de los hermanos Rodríguez Orejuela, y con los capos del Cartel, entre los que se contaba el temible Chepe Santacruz, contó con el beneplácito de Fernando Botero. A mediados del 95, Fernando Botero Zea fue recluido en la Escuela de Caballería de la Policía. El ministro del Interior de Samper, el experimentado político santandereano Horacio Serpa, y su director de comunicaciones, Juan Fernando Cristo, lo visitaron varias veces. En una cena prometieron que iría el propio presidente Samper para llevarle tranquilidad, el gobierno lo cuidaría y asumiría. Por eso realizó en su sitio de reclusión una cena exquisita que terminó a los gritos e incluso con vasos rompiéndose en las paredes y en los suelos, cuando era evidente que el presidente no llegaría.
Sobre Botero Zea cayeron dos juicios, uno de ellos pro la filtración de dineros calientes en donde jamás se le pudo comprobar al presidente participación alguna. En 1999 fue juzgado por el hurto de 800 millones de pesos que estaban destinados a la campaña presidencial. Alfonso Gómez Méndez fue el fiscal que lo acusó. Tres años después, sería condenado a 30 meses de prisión.
Su carrera política se destruyó. El viejo pintor entró en furia, su legado peligraba. Con el tiempo las heridas se fueron cerrando. Después de la muerte de su padre, Fernando regresó al país, está dedicado de lleno a la comercialización de arte. Nunca más volvió a pensar en ser presidente.



