A los siete años encendí el televisor sobre las dos de la tarde. Era un seis de noviembre de 1985 y la transmisión se interrumpió. Entonces vi unas imágenes que me acompañarían para siempre. El Palacio de Justicia estaba tomado por un grupo guerrillero. No existía, por supuesto, otra transmisión que la que daba la televisión estatal. Estábamos agarrados de la mano viendo una sola versión. En la noche pude ver por primera vez un partido de fútbol colombiano en vivo por televisión. Tenía siete años y se me olvidó por completo lo que estaba sucediendo en Bogotá. Muchos años después pude entender que, mientras la ministra de comunicaciones de la época, Noemí Sanín, daba la orden de emitir Millonarios vs. Unión Magdalena, el ejército realizaba su sanguinaria retoma donde fueron asesinados más de cien colombianos.
Hice la primaria y el bachillerato creyendo en la Historia Oficial que rezaba lo siguiente: La toma del Palacio de Justicia fue una acción armada donde una guerrilla se había atrevido a entrar al edificio, secuestrar a un centenar de personas y, mientras el glorioso ejército colombiano intentó rescatarlos, los bandidos decidieron encender el palacio para que no quedara registro alguno de los archivos de narcos y personas malas. Solo en la universidad, por allá a finales de los años noventa, pude conocer la otra versión de los hechos. Los militares tenían en la mira a la Corte Suprema. El gobierno de Belisario Betancur estaba cansado de los continuos incumplimientos del M-19, necesitaban una excusa para aplastarlos, para matar dos pájaros de un solo tiro. La inteligencia del ejército descubre que existe un plan para tomarse el palacio. Por eso, el 6 de noviembre dejan una guardia exigua para proteger el edificio. El M-19 muerde el anzuelo, entran sin plan de escape y existe algo muy extraño, el país es controlado por tres generales, Arias Cabrales, Plazas Vega y Vega Uribe. Invocan la Razón de Estado y entran a Palacio con toda su ferocidad, sin medir fuerza. El gobierno expide una circular en donde le pide a los medios de comunicación máxima prudencia y apoyo. Hasta que lo digan, emitirán las noticias que ordene la Casa de Nariño.
En el baño del Palacio uno de los rehenes es Carlos Urán. Él es amigo de Germán Castro Caicedo, uno de los periodistas más independientes que jamás han existido en el país. Logra comunicarse con él después de escuchar en uno de los radios que funcionan, que Yamid Amat acababa de decir en Caracol que, dentro del Palacio, ya no quedaban rehenes, que por eso el ejército entraría a reducir a los guerrilleros. Castro, angustiado, habla con Yamid y él le muestra, muy mansito, la circular que limitaba a los medios a medir sus palabras. Carlos Urán logra salir vivo del edificio, las pruebas están en el registro visual que hacen los camarógrafos del noticiero Promec y, sin embargo, aparece muerto. Su billetera y las pruebas de que fue sacado con vida y ejecutado a sangre fría aparecen años después. Así hay decenas de casos. Los generales caen. Miguel Francisco Vega Uribe, ministro de defensa de Belisario, es condenado al ostracismo. Plazas Vega es condenado por la justicia y después indultado y convertido en una especie de héroe del uribismo. Arias Cabrales es condenado y vive en condiciones realmente cómodas, se burló de la JEP. Los tres estaban convencidos de que eran héroes de la patria.
Y en esa lucha por superar la verdad oficial y mirar de frente los estragos de la retoma, yo, como periodista, terminé olvidando algo muy importante: la acción armada la empieza el M-19 por orden del máximo comandante en ese momento, Álvaro Fayad. Sí, era, en palabras de Ángel Becassino, el Nuevo Heavy metal latinoamericano. Se podían justificar algunos de sus actos como si fueran performance sofisticados: una toma a la embajada de la República Dominicana, el robo de armas del Cantón Norte, la “recuperación” de la espada de Bolívar. Consentidos por la prensa y por una parte de la sociedad que los veía como Quijotes, decidieron asumir el papel de mesías. Así que se relajaron, entran a un Palacio de Justicia hacen la toma y se les olvida hacer un plan de escapa. Son atrapados, destruidos y con la credibilidad por el suelo. El nuevo comandante, Carlos Pizarro, quiere hacer la paz. La concreta con Barco, envuelve su pistola en la bandera de Colombia y la entrega. Decide ser candidato presidencial y deja muy claro que, así lo maten, los integrantes del M jamás volverán a empuñar el arma. Lo asesinan en un avión de Avianca cuando sobrevolaba la población de Cota. Es reemplazado en la carrera presidencial por Antonio Navarro Wolf quien lidera un movimiento democrático que pone su firma en la Constitución del 91. Por el nivel intelectual de sus integrantes y la supuesta independencia que tuvieron con el narco, la sociedad colombiana acepta su recuerdo y la Historia Oficial cambia. Se sabe claramente el efecto devastador de la Retoma.
El 7 de agosto del 2022 la hija del comandante Pizarro le da la franja presidencial a un exintegrante de la organización. ¿Qué esperan las víctimas? Esperan que Petro aproveche la oportunidad histórica y pida perdón. Sin M-19 no existiría toma, eso está claro. Pero Petro lo que hace es, durante cuatro años, enaltecer la bandera del M y el perdón pasa de agache. En cierta forma, como sucedió con los militares, Petro y los sobrevivientes del grupo están convencidos de su labor mesiánica.
Son muy pocos los miembros vivos del M-19 que han pedido perdón a los familiares de los que murieron. Es muy importante esto para cerrar el ciclo. Petro fue presidente y se perdió esa oportunidad. El ciclo de dolor aún no se cierra.



