A Aracataca hay que regresar siempre

Los atardeceres son rojos, como en un set de Akira Kurosawa. A veces una línea amarilla rompe el lienzo. Son los pájaros que regresan a la Sierra Nevada. En el parque central está García Márquez de bronce, escribiendo una novela frente a su máquina. A unos cuantos metros está el último de los Buendía, arrastrándose en el suelo, siendo comido por las hormigas. El incesto lo condenó a llevar cola de cerdo y, además, a levantar la ventisca final que terminó con el pueblo que alguna vez levantó José Arcado Buendía.

Está probado que, en Aracataca, el pueblo donde nació y vivió hasta los ocho años, está la semilla de Macondo. Es que allí, por ejemplo, a unos cuantos kilómetros, está la plantación en Ciénaga donde fueron citados más de tres mil trabajadores de la United Fruit Company. Ellos querían solo trabajar ocho horas, no comer comida podrida, tener un baño donde hacer las necesidades y que les pagaran, sobre todo que les pagaran, que no los trataran como si fueran nadie. “Fueron tres mil”, repetía incesante José Arcadio Segundo mientras iba en un vagón atestado de cadáveres que serían arrojados al mar.

Y así repetía una y otra vez hasta que muchos se convencieron de que había enloquecido. Hay una vieja frase que cobró fuerza cuando, a finales de los sesenta, Cien años de soledad fue el libro más vendido del mundo: Aracataca es el continente americano. En los últimos años, Aracataca también es una metáfora de Colombia. Es el nuevo punto de anclaje para entender la belleza y el horror, la prestancia y el olvido. Las falencias de un centralismo extremo. Porque aunque el amarillo fulgurante de la estación del tren en donde por última vez se usó cuando regresó a despedirse de su ciudad Gabriel García Márquez, es de una belleza que para un cachaco es única, si bien la Casa del Telegrafista deslumbra y ni hablar del gran caserón donde nació Gabriel García Márquez, que posee un castaño hijo del primer árbol que vio Gabo y en donde se le ocurrió amarrar a José Arcadio Buendía, Aracataca no solo es belleza cliché para un turista literario, ahí están los contrastes que no han mejorado un centímetro desde que Gabo terminó de escribir su obra magna, y en la soledad de sus tardes infernales, cuando a las dos zumban feo los moscones, se nota el aburrimiento de alguno de sus primeros cuentos, de las fiebres que padecieron los primeros gitanos, de la necesidad perenne de un aguacero o una cerveza.

Esto es Macondo y, por eso, hay que volver siempre. Desde la Fundación Pares invitamos a la II versión del Festival Macondo, que sigue la ruta de nuestro gran sueño: liderar los 100 años de Gabriel García Márquez, celebrarlos en su casa y que todo el país pueda retribuirle un gramo de agradecimiento a un municipio que nos regaló al colombiano más ilustre. Los esperamos desde inicios de septiembre. Sigan las redes de Pares y del festival, y allí encontrarán toda la información que se necesita saber para disfrutar de uno de los festivales más nuevos y curiosos del panorama cultural nacional. Los esperamos.

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