El mamador de gallo y chupador de ron más temible que ha tenido la literatura colombiana

Álvaro Cepeda Samudio tenía 46 años cuando murió. Tenía, además, una mujer que lo amaba, Tita, y un grupo de amigos poderoso. Cuando podía, el Cabellón, como lo llamaban, escribía. Así pudo hacer una novela descomunal, La casa grande, acaso la mejor creación de ficción hecha sobre la masacre de las bananeras. Pero Cepeda se ganaba la vida siendo publicista de Bavaria, la empresa de su amigo de rumba y de libros, Julio Mario Santo Domingo. A él fue quien se le ocurrió la famosa frase de uno de los productos estrella de esa empresa, la cerveza Águila: “Sin igual y siempre igual”.

Duraba días bebiendo ron y hablando de Faulkner. Venía de buena familia como la mayoría de los grandes que iban a La Cueva, el bar donde se formó el grupo de Barranquilla. Alejandro Obregón, Alfonso Fuenmayor, Quique Scoppel, todos venía de altas alcurnias, menos un muchacho de pelo como el fique y ojos negros como el carbón, un tal Gabriel García Márquez.

En el último libro que acaba de sacar la editorial Planeta, Álvaro Cepeda Samudio, biografía de un genio mamagallista, mostraron a un tipo cosmopolita en el provincialismo de Colombia en las décadas del cincuenta y sesenta. Cepeda pasaba largos periodos en Estados Unidos en donde llegaba con maletas llenas de libros, de lo último de la literatura. Por él, Gabo conoció a una de sus principales influencias, Virginia Wolf, a quien el futuro nobel llamaba La Vieja.

Cepeda dejó un legado más allá de sus libros y fue su persona. Cuando murió en Nueva York, producto de un cáncer devastador, fue atendido por los principales médicos de la ciudad, todos pagados por el empresario. Al morir, fue trasladado a Barranquilla. Sí, porque, aunque nació en Ciénaga, este señor hizo de Barranquilla un punto absoluto de intercambio cultural y mamadera de gallo. No solo en La Cueva se reúnen los grandes literatos, sino que, cuando este negocio empezó su decadencia, el cuartel se trasladó a La Tiendecita, un lugar en donde todavía se pueden comer los chicharrones más deliciosos de la arenosa. Ahí se pueden ver retratos de tamaño natural del Cabellón.

Al morir, velaron a Cepeda en una de las casas de Julio Mario quien ordenó hacer un sancocho de sábalo que jamás se terminó de cocinar. Uno de los asistentes a esta ceremonia, el cachaquísimo Daniel Samper Pizano, afirmó que, desde la tumba “el cabellón seguía mamándonos gallo desde el otro lado”. Se tuvieron que comer el pescado crudo. Santo Domingo, con todo su poder, lo que tuvo que hacer fue atajar el avión que salía para Bogotá, ya que la mitad de los asistentes vivía en la capital. Así que, en veinte minutos, se comieron un pescado crudo y con sus barrigas llenas, atosigados de ron y calor, tomaron un vuelo en donde muchos lloraron desconsolados porque la muerte de Cepeda Samudio significaba el fin de la fiesta. Poco a poco su obra cogió fuerza, y García Márquez afirmó, ante sus criticadísimos Cuentos de Juana, que forman parte de su obra póstuma, que eran cojonudos.

Pero la gran obra que dejó Cepeda fue su persona, su gracia, su pelo ensortijado. Él fue su propia obra maestra.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.