La necesidad de Stalin de caerle bien a los genios literarios del siglo XX

No había nadie más despiadado que Josef Stalin. Es probable que si sus planes conspiranoicos hubieran fracasado, la URSS hubiera tenido otro destino. En Trosky y en Bujarín, los rivales que él atacó y acabó, y que podían lucharle el destino de la Unión Soviética, es fácil encontrar más humanidad que en él, el Padrecito de Rusia. Era pecado botar a la basura un periódico que tuviera su imagen. Era pecado pensar, retener, ambicionar. Todo debería ser para él. También era pecado ser judío. Hitler admiraba la crueldad “asiática” de Josef. También sus cálculos. Porque, si bien era un monstruo, nadie como él supo interpretar la maldad propagandística. El realismo socialista fue una de sus causas. Las películas, por ejemplo, algunas brillantes como las que hacía Sergei Eisenstein, debían tener un final feliz y esperanzador. Precisamente por películas como Octubre o El acorazado Potenkim, a muchos artistas e intelectuales les dio por conocer Moscú.

Ese fue el caso de George Orwell, quien, después de una visita, se dio cuenta de toda la maldad concentrada en Stalin y el llamado régimen de los trabajadores. Fruto de ese conocimiento, Orwell hizo una de las novelas más devastadoras contra el comunismo y la colectivización jamás escritas, la muy vigente 1984. Stalin sostuvo varias conversaciones con Orwell, lo hospedó en el mejor hotel de Moscú, pero ni esto sirvió para que el escritor inglés pensara distinto sobre su régimen.

Andre Gide, poeta inmortal, también decidió ir a ver con sus propios ojos cómo era el paraíso en la tierra de los trabajadores. Su impresión no fue la mejor. Le pareció insoportable la burocracia y, además, conoció en carne viva el ataque de la Unión Soviética a los Koljos, campesinos acomodados asentados en Ucrania a los que el régimen aplastó. Un periodista, John Reed, fue a la URSS, justo cuando aún estaba vivo Lenin y conoció a Stalin. A pesar de la cara picada de viruela, el padrecito cuando quería ser encantador lo podía ser, era un papel que no le costaba trabajo y así embaucó a este periodista estadounidense creador de un libro inmortal: Siete días que cambiaron el mundo. Cuando Reed murió, fue enterrado en el Kremlin: una distinción que ningún otro extranjero recibiría.

Joseph Roth, escritor austriaco, bebedor incansable y viajero, hizo un libro llamado Viaje a Rusia, en el que cuenta todas las bondades del socialismo. A pesar de tener más de cien años, esas crónicas de viaje siguen siendo potentes. George Bernard Shaw, encandilado con las invitaciones del régimen de los soviets, también cayó en la tentación de creer en la URSS.

Pero, sin duda, el testimonio más importante de un artista occidental sobre la URSS y sobre Stalin lo tuvo HG Wells, uno de los padres de la ciencia ficción, quien además era periodista. Su entrevista al padre de la URSS duró tres horas. Stalin respondió preguntas que, si hubieran sido hechas por un soviético, lo habrían ahorcado. Esto le dio cierto aire a Stalin, quien, después de la Segunda Guerra Mundial, quedó convertido en el hombre más poderoso de Europa, y ayudó a ser el referente del comunismo mundial. Eso sí, cuando Krushev denunció su barbarie, pecó de ingenuo, lo que parecía ser una justa lavada de cara a los valores de la URSS terminó siendo su destrucción porque, sin padre fundacional, ya el mito queda cojo.

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