Hay historias muy duras en estos dos días de intensos rescates. La cifra llega a los doscientos muertos y hay un número indeterminado de desaparecidos y heridos. En Chocó, apenas se está empezando a llegar a lugares que están devastados. La mayoría de historias son pérdidas, están constantemente en redes, fueron las que más fácil se difundieron. Las segundas empiezan a salir con los días. Son personas que no cedieron en su intención de sacar con vida al prójimo, de resistir en medio del sofoco, de estar apeñuscado entre las ruinas. Acá están dos ejemplos de esto:
Ella se llama Diana Marcela Troncoso, es enfermera, trabaja para salvar vidas y a ella le tocó ser salvada hoy. Tiene 31 años y llevaba desde el lunes a las 7:50 a.m. debajo de siete metros de escombros. El edificio donde vivía en el barrio Capri de Cali colapsó. Bomberos que fueron desde Bogotá trabajaron 25 horas para sacarla con vida. Lo lograron. La foto y la historia son de Federico Ríos, uno de los grandes fotógrafos colombianos de todos los tiempos. En Cali han desaparecido edificios emblemáticos, algunas cuadras. La ciudad nunca será la misma. Cali está acostumbrada cada cierto tiempo a eso, a caer y levantarse y después no solo se levanta, sino que también brilla. Por eso es que los caleños son tan bellos. Debe ser muy emocionante ser caleño. Ser caleño es tener muchas razones para estar vivo, la autoestima siempre alto, la cabeza erguida, la mano abierta. La gente ha salido a las casas a ayudar, a adelantarse al Estado. Solo existimos cuando le tendemos la mano al otro. El caleño sabe de generosidad, de empatía.
En un terremoto como el que nos acaba de arrollar apenas estamos recuperando la conciencia y lo que vemos es desolador. Por eso esta historia nos alienta a medias. No sabemos si para Diana Marcela el haber sido rescatada con vida es apenas el inicio de otro viaje tortuoso ¿Dónde está la gente que ella ama? ¿Cómo será la vida sin la gente que ella ama? Qué duro todo esto.
No sé el nombre de este señor, pero es un héroe. Tenía una tienda en Pereira y el lunes a las 7:40 a.m. todo se vino abajo. No le quedó nada, solo la vida. Y por eso se levantó, se sacudió el polvo, y empezó a ayudar a los que estaban atrapados entre los escombros. El lunes nadie le pasó agua, ni una gaseosa. No llegaron los organismos de socorro. La gente si estaba con él. La gente salió de todas partes en Pereira a ayudar. Por eso lograron sacar, de un solo edificio, cinco personas vivas. El martes llegaron la Cruz Roja, los bomberos, la prensa y los políticos, pero este señor ya estaba ahí. Sus penas habían quedado atrás. Recorté su cara porque no me la quiero olvidar nunca. Los héroes verdaderos son borrados por el tiempo. Menos mal existen las fotos. Con ellas siempre venceremos a la muerte.



