Cuando a Napoléon Bonaparte se le bajaron de su barco Beethoven, Lord Byron y los grandes artistas de su época

Foto: creada con IA (ChatGPT)

A finales del siglo XIX el dictamen era unánime: no había un hombre más grande en la historia que Napoleón Bonaparte. Con su mano avivó el fuego de la Revolución francesa y quitó de un solo tajo las monarquías más importantes de Europa. Igualdad, legalidad y fraternidad fueron tres palabras que se extendieron por el mundo. Los derechos del hombre pudieron ser impresos masivamente, gracias a él. Pero cometió un error: el exceso de poder aplasta cualquier integridad. Para asegurarse de que no existieran más monarquías en el mundo, supuso que lo mejor es que él fuera el gran emperador.

Antes de este acto tuvo a los grandes artistas del mundo a sus pies. Beethoven, el gran músico de su época, le dedicó la Quinta Sinfonía, La Heroica, cuando vio el compromiso inquebrantable que él tenía con la humanidad. Hegel afirmó sobre él que era “El espíritu encarnado”. Stendhal, antes de cumplir veinte años, había creado ya en su cabeza el personaje de Julián Sorel y esbozado la que sería una de las grandes novelas napoleónicas de todos los tiempos: Rojo y negro.

Entonces, en Nothre Dame, manda a llamar al mismísimo papa para que lo corone. La gente que se aglutinó en masa en ese momento histórico esperaba ver algo que pocos creían que iba a pasar: Napoleón tendría que agacharse ante el poder papal, que era irrebatible. En estos días en que los pastores evangélicos son los que ponen y quitan presidentes es difícil imaginarse que el Vaticano pudiera tener ese poder. Pero la Iglesia católica era la máxima rectora no solo de la vida y la moral, sino del poder.

Napoleón hizo algo que Pio VII jamás le perdonaría, durante el momento de la elevación el corso, que no tenía entre su árbol genealógico a alguien con un atisbo de sangre real, le quitó de sus manos al papa la corona y se la puso a sí mismo. El momento fue inmortalizado en uno de sus cuadros por David y cuando ustedes vayan al Louvre verán ese momento en el lienzo de dimensiones colosales que aún reposa allí. Ante este poder, Napoleón, que pretendía ser “el topo dentro del sistema” para destruirlo, empezó a sentirse cómodo en él. Ni hablar de lo que sintieron sus hermanos a los que se les repartió condados, ducados y toda una lluvia de títulos y oro. El despilfarro de Josefina, su compañera, solo es comparable con el descaro e inconsciencia que le costaron la cabeza a Maria Antonieta.

Por eso, ante estos excesos, Beethoven decidió quitarle la dedicatoria que le tenía en La Heroica y desdecir de su admiración. Lo mismo hicieron el poeta Byron y una pléyade de artistas y científicos que creyeron, como Hegel, que Beethoven era el espíritu encarnado. Cada cierto tiempo aparece un hombre que parece aglutinar las esperanzas de un pueblo y, al final, se demuestra que es una responsabilidad tan grande que es imposible de cumplir. No se puede confiar en un persona, se debe confiar es en una idea. Nadie es el pueblo.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.