Las elecciones presidenciales de 2026 están revelando una situación particular en Colombia: los jóvenes quieren participar políticamente, pero todavía mantienen una gran distancia frente a los partidos, las élites y buena parte de las instituciones tradicionales. Aunque expresan expectativas de cambio y altos niveles de interés electoral, también sienten incertidumbre frente a las candidaturas y desconfianza hacia el sistema político.
En Colombia, hablar de jóvenes implica referirse a un segmento enorme y electoralmente decisivo. El Estatuto de Ciudadanía Juvenil establece que la juventud comprende a las personas entre 14 y 28 años. Sin embargo, buena parte de las encuestas electorales actuales amplían la categoría hasta los 32 años para capturar mejor las dinámicas de transición laboral, educativa y familiar de las nuevas generaciones. Los estudios recientes estiman que este universo supera los diez millones de potenciales votantes, una cifra capaz de influir de manera decisiva en una primera vuelta presidencial y, con mayor fuerza, en una eventual segunda vuelta.
Las encuestas recientes muestran una mezcla de tres sentimientos entre los jóvenes: inconformidad, incertidumbre y expectativa de cambio. El estudio “Jóvenes en Sociedad”, realizado por Cifras y Conceptos junto con varias instituciones académicas y organizaciones sociales, encontró que el 66 % de los jóvenes entre 18 y 32 años planea votar en las elecciones presidenciales de 2026. Sin embargo, más del 70 % todavía no sabe por quién hacerlo. El dato resulta importante porque muestra una generación que todavía no encuentra una representación política convincente (ver figura 1).
Figura 1. Percepciones y comportamiento electoral de los jóvenes en Colombia (2026)
La participación electoral juvenil en Colombia históricamente ha sido baja. Aunque muchos jóvenes expresan interés en votar, una parte importante termina alejándose de las urnas. Esta situación se observa especialmente en sectores urbanos populares, regiones periféricas y zonas rurales, donde persisten la desconfianza institucional, la precariedad laboral y la sensación de que las elecciones transforman poco las condiciones de vida.
Durante años se asumió que el voto joven respondía principalmente a grandes identidades ideológicas. Sin embargo, el comportamiento electoral actual parece mucho más pragmático y menos doctrinario. Las preocupaciones centrales de muchos jóvenes ya no giran exclusivamente alrededor del conflicto armado o de la clásica polarización entre izquierda y derecha. Lo que aparece con más fuerza es empleo, costo de vida, acceso a educación superior, salud mental, vivienda, inseguridad urbana y oportunidades reales de movilidad social.
Buena parte de la juventud colombiana está votando pensando en expectativas concretas de futuro. Muchos jóvenes sienten que estudiar, formarse profesionalmente y buscar empleo ya no garantiza estabilidad económica, acceso a vivienda o condiciones laborales dignas. Allí comienza a crecer una frustración social que lentamente también se convierte en frustración política.
Además, hablar de “la juventud colombiana” como si fuera un bloque homogéneo resulta engañoso. En realidad existen varias juventudes colombianas, atravesadas por profundas desigualdades sociales y territoriales. Los jóvenes urbanos de grandes ciudades suelen hablar más de innovación, salud mental, conectividad, emprendimiento y calidad de vida. Mientras tanto, jóvenes rurales, periféricos, afrodescendientes e indígenas continúan enfatizando problemas mucho más básicos: ausencia estatal, violencia, precariedad educativa y falta de oportunidades laborales.
También existen diferencias importantes según clase social y trayectorias educativas. Los jóvenes de sectores medios y altos suelen preocuparse por acceso a posgrados, empleos calificados, bilingüismo y movilidad internacional. En cambio, para millones de jóvenes de sectores populares el problema es más elemental: conseguir el primer empleo, terminar el bachillerato o simplemente evitar caer en economías ilegales o circuitos de violencia urbana. Las prioridades juveniles cambian según territorio, ingresos, género y oportunidades reales de inserción social.
Las elecciones de 2026 están mostrando precisamente esa fragmentación generacional. Ningún candidato parece lograr todavía una hegemonía clara sobre el voto juvenil. Cada uno intenta conectar con sectores distintos mediante narrativas diferentes de futuro.
Iván Cepeda y Sergio Fajardo, por ejemplo, buscan atraer jóvenes desde la idea de la educación como mecanismo de movilidad social. Ambos insisten en ampliar el acceso universitario, fortalecer la educación pública y conectar formación con oportunidades laborales y desarrollo territorial. Aunque sus enfoques son distintos, comparten la idea de que la transformación educativa sigue siendo la principal herramienta para reducir desigualdades y ofrecer horizontes de futuro.
Claudia López busca conectar especialmente con jóvenes urbanos y sectores medios afectados por la precariedad laboral y el alto costo de vida. Sus propuestas enfatizan conectividad, innovación, transición energética, salud mental y economías creativas. La propuesta busca conectar con una generación marcada por la incertidumbre laboral y el alto costo de vida.
En el otro extremo, figuras como Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella intentan captar jóvenes preocupados por el orden público, la seguridad y la estabilidad económica. Sus discursos enfatizan emprendimiento, generación de empleo, fortalecimiento institucional y oportunidades rápidas de inserción laboral. Allí la narrativa juvenil no gira tanto alrededor de transformación social o derechos colectivos, sino alrededor de mérito individual, crecimiento económico y estabilidad.
En todos los casos aparece una situación común: muchos jóvenes mantienen distancia frente a los partidos políticos tradicionales y construyen sus preferencias a partir de redes sociales, referentes digitales y percepciones cotidianas sobre empleo, seguridad y bienestar. La cercanía, la autenticidad y la capacidad de transmitir estabilidad comienzan a tener un peso creciente en las decisiones electorales juveniles.
Durante décadas la política colombiana estuvo organizada alrededor de partidos e identidades políticas relativamente estables. Hoy muchos jóvenes parecen tomar distancia de esas estructuras tradicionales y construyen sus preferencias electorales a partir de experiencias cotidianas, redes sociales, referentes digitales y expectativas de estabilidad económica. Temas como empleo, seguridad, acceso a vivienda y oportunidades de ascenso social vienen teniendo un peso creciente en la forma como deciden su voto.
Todo indica que el voto joven tendrá un peso importante en las elecciones presidenciales de 2026. No existe una agenda juvenil homogénea ni una candidatura que logre concentrar de manera clara este segmento del electorado. Sin embargo, el candidato que logre conectar con las expectativas de empleo, estabilidad económica, seguridad y movilidad social podría obtener una ventaja importante en primera vuelta o incluso en una eventual segunda vuelta presidencial.
* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
** Las opiniones expresadas en esta publicación son de exclusiva responsabilidad de la persona que ha sido autora y no necesariamente representan la posición de la Fundación Paz & Reconciliación al respecto.



