Desde el 5 de enero de 2026, más de diez veredas ubicadas en los municipios de El Bagre y Segovia (Antioquia) y Montecristo (Bolívar) enfrentan un confinamiento impuesto por el Frente 4 “José Antonio Galán”, perteneciente al grupo armado organizado Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF), liderado por Alexander Díaz Mendoza, conocido como “Calarcá Córdoba”. Este hecho constituye un indicador relevante de las actuales condiciones de gobernabilidad y seguridad humanitaria en territorios periféricos de Colombia.
El Frente 4 de las antiguas FARC-EP surgió como parte de la estrategia de expansión guerrillera hacia el Magdalena Medio. Inicialmente se asentó en zonas rurales de Cimitarra, en las cuencas de los ríos Minero y Negro, y desde allí extendió su presencia hacia el sur de Santander, el nordeste antioqueño y el sur de Bolívar. A finales de los años setenta inició un proceso de “desdoblamiento”, que consistía en dividir una estructura grande en varias unidades más pequeñas para ocupar nuevos territorios con mayor capacidad operativa y de control. De este proceso nacieron frentes como el 11, 12, 23 y 24, entre otros, lo que convirtió al Frente 4 en un frente “madre” que proyectaba mandos y combatientes hacia distintas subregiones, consolidando corredores estratégicos entre el río Magdalena y el río Cauca (Comisión de la Verdad, 2022).
Tras la firma del Acuerdo de Paz en 2016, la estructura histórica del Frente 4 se desmovilizó; sin embargo, algunos de sus antiguos espacios de influencia fueron ocupados por estructuras disidentes. En un primer momento, varias de estas hicieron parte del autodenominado Estado Mayor Central, liderado por Iván Mordisco. Posteriormente, tras divisiones internas, un sector se articuló en el Estado Mayor de los Bloques y Frentes, asociado a Calarcá. En la actualidad, la acción armada en territorios donde históricamente operó el Frente 4 responde a estas reconfiguraciones disidentes, con dinámicas más fragmentadas y disputas locales que difieren de la estructura centralizada que caracterizó a la antigua organización antes del acuerdo.
Hoy, más de 500 familias en veredas como Arenas Blancas, Socorro, La Ahumada, Quibdocito, Sentada de Villa, Majagua y Algarrobo (El Bagre); Suribio y Bocas de Chicamoque (Segovia); y El Retén, La Unión y Tarachica (Montecristo) han visto restringida su movilidad, su acceso a alimentos y su vida cotidiana debido a órdenes impuestas por este grupo armado en medio de disputas territoriales y de una emergencia climática que deterioró gravemente la infraestructura vial.
Lejos de tratarse de un episodio aislado de orden público, el confinamiento permite observar dinámicas estructurales de poder territorial, la relación entre Estado y grupos armados organizados, así como las estrategias de supervivencia de las comunidades rurales. Este análisis sostiene que el caso evidencia una relación de fuerzas favorable a los actores armados ilegales frente al Estado, configurando formas de gobernanza de facto que subordinan a la población civil en zonas rurales.
Contexto: confinamiento, disputa armada y crisis humanitaria
De acuerdo con testimonios recogidos en la zona del Guamocó —un corredor de fronteras internas entre Antioquia y Bolívar que integra áreas rurales de El Bagre (Antioquia), así como de Simití, Santa Rosa del Sur y Montecristo (Bolívar)— el confinamiento obedece a una directriz del Frente 4 del Estado Mayor de los Bloques y Frentes (EMBF). La estructura armada exige a la comunidad asumir la reparación del 50 % de la vía que comunica la vereda Arenas Blancas (El Bagre) con Bocas de Chicamoque (Segovia), un corredor estratégico para la movilidad, el abastecimiento y la economía local. Las lluvias intensas, registradas desde finales de diciembre de
2025, agravaron el deterioro de esta vía, aumentando la vulnerabilidad de las comunidades y convirtiendo la infraestructura en un punto de presión y control territorial (Lider, 2026). La exigencia no se limitó a la reparación de la carretera. A través de mensajes enviados por WhatsApp a líderes comunitarios, el Frente 4 impuso un conjunto de normas que incluyen restricciones de movilidad entre las 6:00 a. m. y las 6:00 p. m., cierre de tiendas y puntos de abastecimiento, prohibición del uso de prendas negras, advertencias sobre desplazamientos por trochas y la obligación de portar el carné de la junta de acción comunal. Estas disposiciones configuran un sistema de regulación social impuesto por un actor armado ilegal, que trasciende el ámbito militar y se instala en la vida cotidiana de la población.
La región del Guamocó ha estado históricamente marcada por la presencia guerrillera. Actualmente registra la presencia del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y del Estado Mayor de Bloques y Frentes, dos de los grupos insurgentes con mayor influencia en Antioquia. Sin embargo, esta hegemonía se ha visto disputada por la expansión del Ejército Gaitanista de Colombia (EGC), especialmente tras la suspensión de los diálogos y del cese al fuego con el Gobierno nacional, el 19 de marzo de 2023 (Valencia, 2024, pág. 259).
Según monitoreos de la Fundación Paz & Reconciliación, el EGC pasó de tener presencia en 59 municipios en 2023 a 70 municipios en 2025, lo que representa un incremento aproximado del 18,6 %. Este crecimiento sugiere una intensificación de las disputas territoriales y del control social sobre comunidades en zonas históricamente afectadas por el conflicto armado.
Este hecho permite analizar una correlación de fuerzas que resulta favorable a los grupos armados organizados, quienes ejercen un poder efectivo en los territorios rurales superior al del propio Estado e incluso al de las comunidades. Esta situación se explica por su presencia histórica en la zona, la limitada capacidad estatal para garantizar seguridad y derechos, la subordinación forzada de la población civil, el control de la infraestructura como mecanismo de soberanía territorial y los componentes simbólicos de autoridad que acompañan este tipo de acciones.
Hipótesis: Control territorial sin ocupación permanente
El caso evidencia una forma de control armado que no depende de la presencia constante de combatientes en el territorio, sino de la reputación de violencia y de la capacidad creíble de castigo. Las órdenes de confinamiento se cumplen incluso cuando no hay hombres armados patrullando de manera visible. Esto indica que el control no se ejerce únicamente mediante la ocupación física, sino a través del miedo acumulado, la memoria de represalias previas y la certeza de que el incumplimiento puede tener consecuencias graves.
En este contexto, el poder efectivo —la capacidad real de decidir qué se puede hacer, cuándo y cómo— no está en manos del Estado, sino de los grupos armados organizados que actúan como autoridades de facto. La obediencia de la población no expresa legitimidad ni adhesión ideológica, sino una estrategia racional de supervivencia ante la ausencia de garantías inmediatas de protección estatal.
Estado presente pero débil
El confinamiento revela una brecha profunda entre la autoridad formal y el poder real. Aunque la Alcaldía gestiona maquinaria, la Gobernación anuncia apoyos y las entidades humanitarias realizan verificaciones, las decisiones que regulan la vida cotidiana —movilidad, horarios, abastecimiento— continúan siendo impuestas por actores armado (Naranjo, 2026). Es decir, el Estado aparece administrativamente activo, pero no logra ejercer control coercitivo efectivo sobre el territorio.
Esta situación configura un Estado institucionalmente presente, pero territorialmente débil. La limitada capacidad para garantizar seguridad, libre circulación y abastecimiento refuerza la percepción de un monopolio fragmentado de la fuerza, donde distintos actores disputan —y en ocasiones superan— la capacidad estatal de imponer reglas.
Comunidades en subordinación estratégica
Las comunidades no deben interpretarse como aliadas de los actores armados, sino como poblaciones atrapadas en una estructura de poder asimétrica. El acatamiento de las órdenes responde a cálculos de autoprotección frente al riesgo de represalias. En contextos donde la protección estatal es incierta o tardía, la obediencia se convierte en un mecanismo de reducción de daños.
El confinamiento implica, en la práctica, la suspensión de derechos fundamentales como la libre circulación, el acceso a alimentos, el trabajo y la educación. En territorios rurales aislados, estas restricciones pueden escalar rápidamente hacia crisis humanitarias silenciosas, caracterizadas por desabastecimiento, pérdida de ingresos y deterioro del bienestar colectivo.
Infraestructura como campo de disputa de poder
El control sobre la vía rural demuestra que la infraestructura no es un elemento neutral, sino un recurso estratégico de poder. Quien controla la movilidad controla también el flujo de bienes, la economía local, la información y la presencia institucional. En este caso, la reparación de la carretera fue impuesta como condición para levantar el confinamiento, lo que evidencia la capacidad de un actor armado para influir directamente en decisiones comunitarias y prioridades públicas.
La infraestructura se convierte así en un mecanismo de soberanía territorial informal: no solo conecta territorios, sino que delimita quién tiene autoridad sobre ellos.
Gobernanza de facto y demostración de autoridad
El confinamiento cumple una función que va más allá de la coerción inmediata. Es también una demostración pública de autoridad. Al imponer normas visibles y generalizadas, el actor armado envía un mensaje claro: es capaz de regular la vida colectiva y de hacer cumplir sus decisiones. Este tipo de acciones buscan disciplinar a la población y, al mismo tiempo, disuadir la intervención de otros actores armados o del propio Estado.
Se configura así una forma de gobernanza híbrida, donde estructuras ilegales asumen funciones propias del Estado —regular horarios, imponer normas, controlar circulación— sin contar con legitimidad democrática, pero sí con capacidad coercitiva.
Implicaciones para la seguridad humanitaria
Si la correlación de fuerzas no se modifica, escenarios similares podrían repetirse o extenderse a otros municipios del Bajo Cauca, especialmente en contextos de crisis climática o deterioro económico que aumenten la vulnerabilidad territorial. La infraestructura precaria, la debilidad institucional y la presencia de economías ilegales crean condiciones propicias para nuevas imposiciones de los grupos armados.
El caso demuestra que la seguridad humana no se reduce a la ausencia de combates abiertos. Implica la capacidad efectiva del Estado para garantizar condiciones mínimas de movilidad, abastecimiento, protección y ejercicio de derechos. Cuando estas garantías fallan, incluso sin enfrentamientos visibles, el control territorial puede quedar en manos de actores armados que ejercen poder sin legitimidad formal.
Conclusión
El confinamiento en El Bagre revela una realidad persistente en regiones periféricas de Colombia:
- Control territorial efectivo de grupos armados organizados
- Debilidad estatal para garantizar derechos
- Comunidades atrapadas entre poderes en disputa
- Configuración de formas de gobernanza híbrida o fragmentada
Más que un episodio coyuntural, el caso constituye un indicador de las condiciones estructurales de gobernabilidad en el Bajo Cauca antioqueño. Sin transformaciones profundas en la presencia integral del Estado —seguridad, infraestructura, justicia y desarrollo— estos territorios seguirán expuestos a ciclos recurrentes de confinamiento, desplazamiento y crisis humanitaria.
Bibliografía
Comisión de la Verdad. (2022). Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Magdalena Medio. Bogotá . Obtenido de https://www.comisiondelaverdad.co/hay-futuro-si-hay-verdad
Lider. (10 de 02 de 2026). Entrevista balance orden público zona del Guamocó en El Bagre. (E. Territorial, Entrevistador)
Naranjo, P. (07 de 02 de 2026). Reportan confinamiento y desabastecimiento en El Bagre, Antioquia, por bloqueo de las disidencias en medio de la emergencia invernal. Infobae. Obtenido de https://www.infobae.com/colombia/2026/02/07/reportan-confinamiento-y-desabastecimiento-en-el-bagre-antioquia-por-bloqueo-de-las-disidencias-en-medio-de-la-emergencia-invernal/
Valencia, L. (2024). ¿Plomo es lo que viene? Balance y retos de la politica de paz total 2022 y 2024. Bogotá.
Vallejo David, N. (06 de 02 de 2026). Alcalde de El Bagre: El confinamiento ordenado por disidencias es por el mal estado de una vía. Caracol Radio. Obtenido de https://caracol.com.co/2026/02/06/alcalde-de-el-bagre-el-confinamiento-ordenado-por-disidencias-es-por-el-mal-estado-de-una-via/
Vallejo David, N. (05 de 02 de 2026). Más de mil personas están confinadas en al menos seis veredas de El Bagre, Antioquia. Caracol Radio. Obtenido de https://caracol.com.co/2026/02/06/mas-de-mil-personas-estan-confinadas-en-al-menos-seis-veredas-de-el-bagre-antioquia/



