DAVID Y GOLIAT

Si bien en Colombia existe la libertad de culto, lo cierto es que, por mandato de la constitución de 1886, cuya vigencia fue de más de cien años, nos inculcaron solo la religión católica. De tal suerte, un buen porcentaje de colombianas y colombianos, sabemos de la historia sagrada donde se describe el enfrentamiento entre un gigante musculoso llamado Goliat y un joven flaco y de mediana estatura, llamado David.

Esa historia, como todas las de la Biblia, fue concebida con el ánimo de convertir a la población en creyentes de su Dios, o mejor, en fieles seguidores de su doctrina institucional. Creyendo en Dios -ese es el mensaje de aquella específica narración- pueden solucionarse todos los problemas, incluso los imposibles. Pese a ello, de entonces acá la interpretación de su trasunto se ha desprendido de la intención alienadora de la Iglesia, y hoy es usado para connotar que a la voluntad humana es posible alentarla con la fuerza de nuestra mente.

De tal modo, ante situaciones complejas y aparentemente insalvables, el creyente y el no creyente pueden sortearlas arriesgándose con la toma de decisiones intuitivas o siguiendo sus creencias particulares. De no haber sido así, nos habríamos estancado en un punto inerte de la prehistoria, pues el progreso está fundado en creencias e intuiciones, más que en objetividades y certezas.

Por tal razón, no es descabellado decir que la valentía mostrada por el presidente Gustavo Petro -al viajar a los EE.UU. para cumplir una cita y dialogarle a un señor que además de poderoso se ufana de ello con antipatía-, ha sido producto, única y estrictamente, del poder de sus intuiciones y de su creencia o fe en el pueblo que lo eligió como gobernante.

El joven David, en la mentada historia de la Biblia, se enfrenta a Goliat -un guerrero tarado e impulsivo- a quien vence arrojándole cinco piedras con su cauchera. De entonces acá, es corriente decir que un débil podría ganarle a un fortachón, aun cuando ello parezca imposible. Dicha interpretación encierra una advertencia a los poderosamente armados, recordándoles cómo los débiles, sin necesidad de armas, podrían enfrentarlos y hasta ganarles, empleando la valentía o la fuerza de creer en sí mismos.

De tal modo, podemos aseverar que la honda es a David, lo que las palabras son al presidente Petro: ambas tienen poca letalidad, pero son eficaces. Valga decir que las palabras del presidente Petro, por estar fundadas en la verdad -igual a las piedras de David que se estrellaron contra la frente de Goliat- hicieron impacto en la sensibilidad del presidente Trump, cuyas palabras, fundadas en su talante de narciso guerrero, tienen de trasunto esta sentencia: Solo pueden ser iguales a mí, quienes acumulen tanto dinero y armas como yo, o aquellos que demuestren la suficiente valentía para hacer contrapeso en la balanza de las desigualdades armamentísticas.

El presidente Petro y sus discursos incisivos -que al decir de sus opositores faltan el respeto a la dignidad del presidente estadounidense- en realidad están ligados a hechos demostrables por verdaderos. El presidente colombiano ha dicho, por ejemplo, que Donal Trump es “fascista y genocida”, lo cual es difícil de negar si, en efecto, dio armas y alentó a Netanyahu en sus atrocidades contra el pueblo palestino. Le ha señalado, además, de “asesino de pescadores”, pues ante los ojos del mundo dio muerte a colombianos y caribeños, lanzándoles misiles a sus botes inermes.

Este contexto de veracidades, y de hechos de incuestionable ocurrencia, hicieron muy efectivo el poder de las palabras del presidente Petro, desde antes del mentado encuentro; mientras que las palabras de Trump, pronunciadas contra el presidente nuestro, tuvieron de contexto puras mentiras infantiles, como tildarlo de “líder del narcotráfico colombiano”, cuando en nuestro país, y en el mundo entero, es bien conocido como alguien ajeno a lo delictuoso y, por el contrario, dado a la persecución y capturas de narcotraficantes. Igual, cuando Trump ha dicho que el presidente colombiano odia a los EE.UU., ha caído en inexactitudes, pues el presidente Petro ha profesado, en continuas manifestaciones públicas, su elogio al pueblo estadounidense y a su desarrollo científico y cultural.

Por todo lo anterior, ya no es preciso asegurar, sin el riego de equivocarnos, que David le ganó a Goliat; porque -aparte de que ello ocurre muy pocas veces dentro de las probabilidades de un enfrentamiento semejante- esta vez sucedió algo mejor; ambos ganaron y se hicieron amigos y colaboradores en la sensible tarea de combatir el narcotráfico, cuya existencia envilece y empobrece al pueblo colombiano, y esclaviza y lleva hasta la muerte al pueblo estadounidense.

Esta vez David no le ganó a Goliat, ni viceversa, solo hubo ganadores; pero, como la vida siempre es de complementos opuestos, naturalmente hubo algunos perdedores: los políticos de derecha y de centro derecha que, con actitudes apátridas y mentiras de filibusteros, buscaron a toda costa que el presidente Trump destripara al nuestro. Ellos perdieron, y de ahora en adelante al presidente Petro, a quien venían respaldando la mitad de los colombianos, lo respaldarán muchos más, y el impacto y resultado de eso, se materializará con el triunfo de Iván Cepeda, que es un renovado David, convertido de pronto en un sabio y noble Goliat.

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Guillermo Linero