La ventaja de que te pongan una cita en la carrera séptima con 22 y que te dejen plantado es que puedes volver a hacer, sin planearlo, el viejo septimazo. Cuando se llega acá recorrer la séptima es uno de los pocos planes gratuitos y realmente divertidos que existen en una ciudad completamente sectorizada como Bogotá. Acá los estratos hacen las veces de fronteras invisibles. ¿Quién en su sano juicio podría recorrer Rosales si ya ni siquiera hay viejas mansiones? Además los vigilantes del lugar seguramente te verán mal. La séptima es territorio libre y, lo mejor, es que es un buen sitio para conseguir libros viejos. En uno de esos puestos de libros usados vi un ejemplar de la revista Alternativa.
La portada era completamente azul con letras amarillas. La noticia decía “Godos al poder” No entré a detallar los textos. Sólo quería ver el consejo editorial y las pautas. Era 1975, la revista empezaba a nacer. Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano eran dos de los nombres que más se repetían. Recordé a un profesor mío de la universidad que me dio una máxima que es fácilmente verificable, son los ricos, en el tercer mundo, los que hacen la revolución. Samper y Santos -nombres que se han repetido como habitantes del Palacio de Nariño- se conocieron en la unidad investigativa de El Tiempo en los años sesenta. Allí trabajaron con un tercer mosquetero, Luis Carlos Galán Sarmiento. Su tio Eduardo, dueño del periódico, empezó a ver a Enrique con ojeriza, el muchacho les había salido de izquierdas. Enrique quería más emoción en su vida. En 1973 conoció al profesor Bernardo García. Había estudiado economía en la universidad de Lovaina en donde conoció a Camilo Torres y como pasaba con todos los que conocían al sacerdote, caían ante su influjo y se transformaban inmediatamente en sus discípulos. Un carisma tan arrasador como el que alguna vez tuvo Cristo, cuenta la leyenda.
Poco antes de mayo del 68 García sacó en Europa un folletín que se llamaba Alternative. Cuando volvió al país Bernardo García se vinculó como docente en la Universidad del Valle. Era joven aún, tenía en la sangre el flujo potente de la revolución y el tono de su clase era el de la homilía revolucionaria así que en 1972 lo echan de la universidad y se establece en Bogotá en donde conoce a Samper y Santos, un dueto que, ahora que lo recuerdo, no sólo se conocieron en la universidad investigativa de El Tiempo sino que su amistad y colaboración periodística surgió desde el colegio donde estudiaron, el Gimnasio Moderno, y allí empezaron a firmar sus primeros artículos en el célebre periódico estudiantil El Agilucho.
Bernardo García seguía pensando en la revista, una revista realmente revolucionaria, que no estuviera adscrita a un partido. No mucha gente quisiera pautar en una revista que apoyaba “todas las formas de lucha” pero en los setenta era tan cool como los porros intentar posar como guerrillero. ¿Han visto al Ché Guevara de verde oliva llegando a Nueva York a hablar ante la asamblea de la ONU? No hay nada más rockero, transgresor y sexy que esa imágen. Pero no todos se parecían a Ernesto Guevara de la Serna. Había que trabajar un poco más para ser considerado un revolucionario. Así que García consigue a un socio poderoso, el arquitecto Jorge Villegas Arango quien a su vez le presenta a Orlando Flas Borda, amigo de su maestro Camilo y creador de la facultad de sociología en la Universidad Nacional.
Pero tal y como lo cuenta Jaime Flórez Mesa en un artículo maravilloso sobre la revista publicado en el portal Cola de rata, necesitaban a un periodista de raza y lo encontraron en lo más encumbrado de la sociedad, Enrique Santos Calderón tenía una columna en El Tiempo, el periódico de su familia, que se llamaba Contraescape que enfurecía y preocupaba a sus tíos pero que en el grupo de intelectuales que estaba formando Alternativa fue clave para dar el puntapie inicial. Con Santos Calderón llegaron Antonio Caballero, perteneciente también a una alta familia de intelectuales, artistas y pensadores, Samper Pizano. Pero Santos traería a la pieza clave para poner a funcionar el engranaje: Gabriel García Márquez. En ese momento, 1974, era el escritor más famoso del mundo. Cien años de soledad había sido lanzada siete años antes y recién venía de sacar su novela más esperada, El otoño del patriarca, toda una reflexión sobre el ejercicio del poder. En los setenta Gabo vivía su época más política. Así que cuando Santos Calderón le propuso hacer la revista, con su bacanería a flor de piel le respondió “Pues fúndala, no joda, invéntala”. Colombia hasta ese momento era un país con una sola gran revista, Mito, la que creó el cucuteño Jorge Gaitán Durán y que, muchos especialistas consideran, fue la punta de lanza de lo que se conocería como el boom latinoamericano.
Alternativa fue un escandalo constante en los seis años que vivió. Gabo ayudaba, Santos Calderón también, Villegas conseguía plata, pero basta con abrirla para darse cuenta que casi no tiene publicidad, que los pocos que pautan son librerías, editoriales como siglo XXI. Y además las ideas envejecen. En 1980 ya Santos Calderón se empezaba a convertir en un cuarentón clásico y bien de Bogotá, todo eso que pensó algún día empezaba a tomar el sabor del vinagre. Sus padres respiraron tranquilos, el pelado maduró, no se irá a ninguna guerrilla. La aventura de Alternativa terminó en 1980 convirtiéndose en una leyenda. Sus nexos con el M-19 eran indudables, Bateman participó, en algo, en la creación de la revista.
Lo que quedó fue la leyenda y algunas plumas que siguieron siendo importantes como la de Antonio Caballero y la de Samper Pizano, maestro aún vigente. El librero me vendió la revista en 1.000 pesos. Era lo último que tenía en los bolsillos.