¿Valió la pena ser gobierno?

Hay días en los que me pregunto si valen la pena todos los sacrificios individuales que hice para aportarle a esta apuesta colectiva de ser gobierno. Pues lo pienso y lo siento desde el cansancio de estar adentro, de sostener una convicción política mientras el cuerpo y la cabeza se fracturan.

Llevo la mitad de mi vida siendo una mujer de izquierdas. Ha sido un proceso de estudiar, escribir, marchar, discutir, organizar, frustrarse y seguir intentando. La izquierda ha sido para mí una apuesta por entender el mundo y también de quererlo transformar. Pero nunca pensé que me tocaría verla llegar a la presidencia de Colombia y mucho menos, ser parte de eso. Cuando llegó el gobierno de Gustavo Petro y Francia Márquez, fue emocionante porque después de tanto insistir, por fin se había abierto una posibilidad más real de transformar el país. Pero una cosa es luchar por el poder y otra muy distinta es administrarlo.

En lo personal, yo no planeé ser gobierno. Tenía otros caminos, otros espacios profesionales también desde lo social. Pero las oportunidades fueron llegando y terminé siendo parte de esto. Primero en lo territorial, luego con un salto que implicó venirme a Bogotá. Dejar Buenaventura y Cali, dejar a los míos, cambiar de ritmo, de clima, de vida. Esto fue un paso profesional brutal.

Y ahí empezó lo que no siempre se cuenta. Las jornadas de trabajo interminables, sentir que el tiempo no alcanza, llorar, extrañar, y, entre otras cosas, enfrentar el sexismo más asqueroso, ese que no se esconde, soportar hablar de aspectos técnicos mientras me miran las tetas o que me digan “mi amor” después de presentar una política pública para una región completa, borrando mi nombre y mi trabajo. Y ni hablar del centralismo. Ese que se llena la boca hablando de “los territorios”, pero que en la práctica no escucha. Ese que cree que puede explicarme mi propia región como si la conociera mejor, porque fueron un par de veces, tomaron viche y “entendieron todo”.

Y en medio de todo eso, una sigue trabajando porque también está la otra cara. La de los programas de gobierno que sí llegan a las gentes. Que si bien no se han cumplido las metas que esperábamos, se ha logrado dignificar al campesinado, las madres comunitarias, los jóvenes en paz, soldados y practicantes, más los avances en educación, en lo agrario y acceso a la tierra, eso que sí transforma vidas.

Y entonces, ahí, aparece la contradicción interna, porque en lo colectivo, estoy segura de que sí vale la pena. Pero en lo individual, todavía no tengo la respuesta pues me llena mucho el corazón ver los avances, pero ha sido a costa de esfuerzos personales que me lastiman.

He visto cómo algunas personas no resistieron la tentación del poder, y como dice Petro, la ambición les ganó el corazón y sacaron su lado pretensioso y violento. Y duele, porque son las decisiones individuales las que traicionan el proyecto político. Y, sin embargo, a las izquierdas se nos mide con una vara distinta para decirnos que “no éramos capaces”, cosa que no es cierta. Porque fuimos capaces, reconociendo que pudo ser mejor.

Yo, en medio de todo eso, sigo y esto va generando un desgaste que pesa. Sigo cuando el cuerpo dice que no puede más, pero la convicción insiste. Sigo cuando la duda aparece y no se va. También porque en medio de todo han pasado cosas bonitas para mi vida, ver los avances del gobierno para las poblaciones excluidas me alivia, pero también he construido redes inesperadas. He encontrado en Bogotá gentes de mi región con las que, estando allá, jamás pensé conectar así. Hemos hecho comunidad cuidándonos en medio del caos. Y eso también me sostiene.

Escribo esto en un intento de decir en voz alta algo que muchas sentimos, y es que mantener apuestas colectivas pesan desde adentro y es más duro de lo que parece. Implica renuncias, incomodidades, entender que no todo va a salir bien, y, aun así, tener la fortaleza para decidir quedarse.

Porque sí, hay días en los que me quiero ir corriendo, en los que me pregunto por qué tanto desgaste y dolor. Pero luego miro lo que está en juego y entiendo que, incluso con todas sus contradicciones, este sigue siendo un momento político que vale la pena disputarle a la derecha.

Si bien no tengo certezas absolutas, y aun con todas mis dudas, hay algo que sí tengo claro, y es que esas gentes que durante años se presentaron como alternativas y hoy, en su afán por parecer críticas e independientes, terminan yéndose de cabeza con las derechas sin ninguna vergüenza, simplemente se revelan tal como son, y en ese caso, es mejor que se vayan. Una cosa es cuestionar y otra muy distinta es que las convicciones sean tan frágiles que, ante las tensiones, terminen desdibujándose hasta el punto de cruzar los límites éticos.

No todo vale en nombre. Hay proyectos que, con todos sus errores, siguen siendo profundamente distintos a aquellos que históricamente han sostenido la exclusión. Por eso sigo incomodándome, pero resistiendo. Porque los cambios reales no son fáciles, ni justos con quienes los sostenemos. Pero alguien tiene que hacerlo.

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Ghina Castrillón Torres