En estos cuatro años, con la posibilidad de haber tenido alternancia política, hemos podido analizar, por ejemplo, qué es el poder. Nos quedó claro que el gobierno no necesariamente lo es. El poder son los grandes grupos económicos que tienen, entre otras posesiones, a los medios de comunicación. Históricamente —y es un fenómeno global— ellos encabezan algo que denominó George Orwell, en su novela 1984, como “el ministerio de la verdad”. Ellos deciden qué es lo que piensa la gente. Todo cambió en 2004. Está documentado que Mark Zuckenberg no pretendía cambiar la distribución de la información sino calificar la belleza de las mujeres que estudiaban en Harvard. Facebook, en sus inicios, solo servía para conseguir citas o encontrar viejos amigos. Pero, poco a poco, se convirtió en el principal difusor de noticias. Medio que no tuviera Facebook no podría viralizar sus noticias. Pero, luego de la masacre de Myammar, cuando la red social se convirtió en un vehículo para difundir odio, las medidas cambiaron y se enteraron de los peligros que acarrea no darle un manejo responsable a esta red social.
Pero, con todas estas desventajas morales, Facebook y las redes sociales lograron hacer realidad algo que preconizaban teóricos desde en la década del noventa: todos los individuos pueden convertirse en un medio de comunicación. Durante el paro campesino de 2013 en Colombia, los ciudadanos usaron sus redes sociales para denunciar los abusos del ESMAD. Fue una tendencia mundial. Esto ha desdibujado a los medios de comunicación acaso de manera precipitada. La imagen que tienen los medios se ha deteriorado de manera acelerada, sin tener en cuenta que siguen siendo una de las maneras más confiables de información. Durante la misión Artemis II, mientras la nave Orion giraba alrededor de la Luna, la mitad de la población mundial usó las redes sociales para difundir noticias falsas sobre los viajes espaciales. Incluso se puso en duda el primer alunizaje y se tomó como cierto un falso documental francés —una sátira evidente — en la que se mostraba cómo Stanley Kubrick había dirigido una puesta en escena sobre el alunizaje.
El periodismo ha funcionado en Colombia. Gracias a la valentía de María Jimena Duzán se pudo demostrar que Pablo Escobar era narcotraficante, mientras el capo del cartel de Medellín era suplente del representante a la Cámara Jairo Ortega. Pero, gracias a su trabajo y a su memoria, pudo recordar una fotografía en un archivo en donde se evidenciaba que Escobar había estado preso por transportar cocaína en Ecuador. Fueron periodistas quienes descubrieron el escándalo de las chuzadas en el Watergate que terminó con la salida de Nixon. Los falsos positivos fueron difundidos por los grandes periódicos del país, al igual que la yidispolítica. El Boston Globe tuvo la capacidad y la entereza moral para denunciar a grandes jerarcas de la Iglesia norteamericana envueltos en la pedofilia. También fue una periodista quien revivió el caso de Jeffrey Epstein y su red de depredadores sexuales.
Sí, en Colombia los medios de comunicación han cumplido con su papel de desinformación, pero siguen teniendo la capacidad de usar fuentes, de contrastarla y de poder sacar primicias. Seguramente cada persona se convertirá en su propio medio, pero las emisoras y los periódicos, sobre todo, tienen un rigor y una respetabilidad que aún no se ha deteriorado por completo. Durante unos años continuarán siendo lo más confiable en el país.



