Las elecciones presidenciales de 2026 pasarán a la historia por muchas razones: por la extraordinaria participación ciudadana, por la intensidad de una campaña marcada por la confrontación ideológica, por el regreso de la derecha al poder después del gobierno de Gustavo Petro y, sobre todo, por la disputa entre dos proyectos de país abiertamente divergentes y la estrecha diferencia en que terminó la competencia.
Abelardo de la Espriella obtuvo 12.959.542 votos, equivalentes al 49,66% de la votación. Iván Cepeda alcanzó 12.708.712 sufragios, el 48,70%. Apenas 250.830 de diferencia, apenas 0.95% de distancia. Más de 26 millones de colombianos acudieron a las urnas y la participación alcanzó el 63,6%, una de las más altas de nuestra historia reciente.
La nueva derecha ganó la presidencia. Esa es una realidad política inobjetable. Pero sería un error quedarse únicamente con ese dato. La verdadera noticia de la jornada es que Colombia quedó dividida en dos grandes corrientes políticas de tamaño semejante. No hubo una victoria aplastante. No hubo una derrota definitiva. Lo que apareció en las urnas fueron dos mitades de un mismo país.
Abelardo de la Espriella compareció ante sus seguidores en Barranquilla con un discurso espectáculo, metido en una cabina blindada, gesticulando sin pausa, enhebrando una cadena de frases de cajón, en las que adelantó poco o nada de lo que hará en la presidencia. Un discurso dictado a su oído en el que lo más notorio era la invocación a Dios, a la patria y a la familia, cada tres minutos. Nada de dolarizar la economía, ni de recortar 700.000 empleos, nada de destripar a la izquierda, nada de retirarse de la ONU y los organismos internacionales. Nada de nada.
Bueno, sí hubo algo concreto: su repertorio de seguridad, su desafió a las organizaciones ilegales y la exaltación de la Fuerza Pública, una admonición en la que desechó cualquier iniciativa de negociación de paz o de búsqueda de acuerdos para el sometimiento a la justicia. Una alineación con Donald Trump.
Ah! En algún momento alzó su voz para decir que respetaría a la izquierda y su labor opositora y gobernaría para todos los colombianos, pero a renglón seguido les advirtió a Petro y a Cepeda que tendrían que realizar una oposición bajo sus términos, que nada de calle, sólo algo regulado, vigilado.
Iván Cepeda, dejando atrás el desafortunado discurso de la primera vuelta, habló de que adelantarían una oposición serena, pero firme; señaló que defenderían las reformas sociales y no permitirían que el país retrocediera en este campo; que no se resignarían a que la lucha contra el narcotráfico y la militarización del país se tomaran nuevamente la agenda del país; que, en todo caso, estarían dispuestos al diálogo y a la concertación en procura de una acuerdo nacional. Y, aunque reconoció de facto el triunfo de Abelardo de la Espriella, aseguró que esperaría el resultado de los escrutinios oficiales para declarar su reconocimiento al nuevo presidencia del país.
Otro protagonista: Gustavo Petro, acosado por las miles de voces que gritaron en los días previos a las elecciones que habrían desmanes ciudadanos, que incendiarían el país, pidió serenidad y calma. Pero no aguantó la tentación y recordó que la historia no termina en el pre-conteo, que el escrutinio es el mecanismo legal que determina oficialmente quién ocupará la presidencia y llamó a respetar las decisiones de las autoridades electorales. Dejó, en todo caso, la frase que resume mejor que ninguna otra lo ocurrido en las urnas: “La realidad nos da un país partido por la mitad”. Luego en línea con Cepeda insistió en la necesidad de un acuerdo nacional para preservar la paz y la estabilidad institucional.
Las reacciones de Estados Unidos no tardaron en llegar. Donald Trump celebró el resultado con una breve pero significativa expresión: “He won, big!”. Marco Rubio felicitó al presidente electo y manifestó la disposición de la administración estadounidense para trabajar estrechamente con el nuevo gobierno colombiano en asuntos de seguridad, migración y cooperación contra el crimen. Lo poco que se había avanzado en desnarcotizar la agenda con Washington se vendrá al suelo, la administración de Donald Trump se reservará, incluso, la facultad de intervenir directamente con sus tropas en la persecución de las fuerzas criminales en territorio Colombiano y Abelardo de la Espriella consentirá tal desafuero.
Los expresidentes no faltaron. Álvaro Uribe, genio y figura, celebró el resultado y sostuvo que los colombianos habían derrotado lo que llamó el “Petro-Chavismo”. Juan Manuel Santos, en cambio, después de haber eludido una alineación con algún candidato en segundo vuelta, aun sabiendo que estaba en juego su legado de paz, se acomodó en un mensaje genérico de reconciliación y pidió unir al país alrededor de las instituciones democráticas y de los retos que vendrán en los próximos años.
La primera conclusión es que la nueva derecha logró despuntar como fuerza mayoritaria. Abelardo consiguió reunir a sectores conservadores, al uribismo, a buena parte de la oposición al gobierno Petro y a millones de ciudadanos que consideraron más importante la seguridad que las transformaciones sociales. Su triunfo confirma la existencia de una corriente política que conecta con una derecha que desarrolla una abierta batalla cultural contra la diversidad étnica y sexual, el feminismo y las aspiraciones igualitarias de las mujeres, por la xenofobia, la homofobia y la misoginia.
La segunda conclusión es igualmente importante. El progresismo perdió la presidencia, pero obtuvo la mayor votación de izquierda registrada en la historia colombiana. Más de doce millones setecientos mil ciudadanos respaldaron a Iván Cepeda. Lejos de desaparecer, la izquierda conserva una fuerza política y electoral que seguirá siendo determinante en la vida nacional. Cepeda la llamo: “Una fuerza decisoria”.
La tercera conclusión es la consolidación de una polarización que deja muy poco espacio para alternativas intermedias. Las elecciones de 2026 terminaron confirmando una tendencia que venía creciendo desde hace años: Colombia se organiza cada vez más alrededor de dos grandes bloques políticos que disputan el poder en condiciones relativamente equilibradas.
La cuarta conclusión: no sabemos a ciencia cierta qué hará Abelardo de la Espriella. ¿Cumplirá, como lo hizo Donald Trump, con sus amenazas de campaña? O ¿Cambiará de libreto ante la dura realidad de un triunfo estrecho y una izquierda fortalecida que no le dará tregua a lo largo de su mandato?.
Nota. Dejaré de escribir esta columna varias semanas, para tomar algo de distancia y pensar sobre lo que viene.



