La disputa por el relato de la verdad que se ha venido presentando en varias ciudades en torno a temas como los falsos positivos alcanzó su punto más alto cuando fue el mismísimo expresidente Álvaro Uribe Vélez quien, iracundo, escudado por sus escoltas armados, tomó un rodillo y se enfrentó a la muchachada.
En ciudades como Cali, Medellín y Bogotá hemos visto cómo políticos del Centro Democrático y otros simpatizantes de Uribe han salido a las calles a tapar los murales que les recuerdan lo que significó la política de la Seguridad Democrática. Esa que en el mandato del expresidente Uribe se premiaba las bajas en combate y terminó en que las fuerzas militares llevaran a cabo 7.837 ejecuciones extrajudiciales, más conocidas como los falsos positivos, donde jóvenes empobrecidos fueron asesinados y presentados como guerrilleros.
Y sí, cuando cada mural les recuerda el número de esa atrocidad se desencajan y salen con su negacionismo. Lo que pasó el 19 de mayo en Rionegro es la máxima representación de lo que están dispuestos a hacer para evitar los ejercicios de memoria. Pero no contaban con que a esa muchachada no se les arrugó.
Personajes como el congresista electo Hernán Muriel enfrentaron a Uribe, sus escoltas y sus seguidores, quienes, de forma violenta, con bates y armas en sus manos, atacaron al movimiento social que pintaba un mural. Pero, a pesar de lo peligroso de la situación, hicieron frente. Hoy tienen miedo, claro que sí, porque la historia en este país ha demostrado lo que les pasa a los liderazgos que no se callan. Por eso hay que rodearles para que los violentos no vengan también por ellos.
Y es que lo que realmente quedó expuesto fue el profundo miedo que la derecha le tiene a la memoria cuando esta deja de estar controlada por las élites y pasa a las manos de las juventudes, las víctimas y el movimiento social. Porque durante años el uribismo logró instalar una narrativa donde las críticas a la Seguridad Democrática eran interpretadas automáticamente como una defensa de la guerrilla. Y esa estrategia funcionó durante mucho tiempo porque en Colombia la guerra también se libró desde el lenguaje y los relatos.
Pero ha ido cambiando, pues las nuevas generaciones crecieron viendo a las Madres de Soacha exigir verdad, escuchando a las víctimas narrar cómo sus hijos fueron engañados con falsas ofertas de empleo y asesinados para inflar estadísticas militares. Crecieron viendo a la Jurisdicción Especial para la Paz documentar miles de casos y reconocer que los falsos positivos fueron una práctica sistemática perversa. Por eso el mural les incomoda tanto. Porque esa pintura sobre una pared es una disputa política sobre quién tiene derecho a narrar la historia.
Y ahí el gesto de que un expresidente que, incapaz de tolerar una expresión artística sobre hechos documentados judicialmente, decida salir personalmente a borrarla con rodillo en mano es la escena más desesperada del intento permanente por controlar la memoria colectiva.
Lo más grave aún es que esa reacción ocurrió acompañada de discursos de estigmatización contra quienes participaron del acto de memoria. Hernán Muriel denunció amenazas de muerte y se deben prender todas las alarmas, porque las palabras nunca son inocentes y con las acusaciones contra Muriel y el grupo de manifestantes, Uribe les está poniendo en riesgo.
Justamente allí es donde aparece un elemento importante, como lo es el papel de las juventudes y del arte como escenarios de disputa política. El presidente Gustavo Petro tiene razón cuando afirma que un mural pintado por jóvenes no representa una amenaza para la democracia. Lo verdaderamente peligroso son los discursos de odio.
Pero algo quedó claro en Rionegro y es que hay una generación que entendió que los ejercicios de memoria son centrales para que la barbarie no se repita. Mientras existan juventudes dispuestas a pintar, cantar y señalar lo que ocurrió, habrá una disputa viva contra el olvido.
Como dice un cartel en redes sociales: “no hay litros de pintura que borren los litros de sangre que derramó la Seguridad Democrática”. Bien lo cantaron fuerte y claro ese grupo de gentes valientes:
“uribista, uribista, te pusimos a pintar, la memoria de las cuchas nunca la vas a borrar”.



