¡Si se llama! Milei Abelardo De La Espriella Bukele.

¡Cuidado! En Colombia tenemos un personaje de manual mediático que quiere ser presidente. Abelardo De La Espriella en su convención, con más de 15 mil asistentes, tarima a reventar, show e influencers se mostró un líder que quiere conquistar a punta de emociones y espectáculo.

Su narrativa mezcla piezas conocidas del repertorio de Javier Milei, presidente de Argentina y Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Esto no lo podemos subestimar, pues, como he insistido en columnas anteriores, en un mundo donde las fuerzas reaccionarias, excluyentes y fascistas avanzan fuertemente, la única alternativa que tenemos los sectores progresistas y de izquierdas es radicalizarnos, dado que nos enfrentamos a escenarios regresivos en donde se valida cuestionar los derechos adquiridos por las minorías étnicas, mujeres y diversidades de género y orientación sexual.

El evento del Movistar Arena fue el escenario para reafirmar ese guion trillado del outsider que no necesita de “la vieja política” para llenar plazas. Poniendo en escena un marco moral de quiénes son buenos y malos, y una promesa de eficacia de mano de hierro (que reencaucha la famosa y muy cuestionable mano firme del expresidente Uribe), que es la misma narrativa que posicionó a los nefastos personajes Bukele y Milei, con mensajes “fáciles” de entender y de viralizar en redes sociales.

Esos mensajes “fáciles” conectan especialmente gentes con poca politización que están hartas. Allí radica su peligro, pues la simplicidad moral funciona como alivio desde las emociones y el algoritmo prioriza esos mensajes que indignan y que rápidamente se viralizan en redes sociales.

En las encuestas recientes, De La Espriella se asoma en el radar de intención de voto dentro de su bloque ideológico. Su ascenso es inevitable y nuestra respuesta no puede ser limitarnos a decir que lo suyo “es puro show”. Pues La convención también evidenció alianzas con celebridades, figuras religiosas y políticas, con formas diseñadas para normalizar la confrontación anti-“woke”, anti-feminismo, anti-diversidad y para instalar las ideas de seguridad y el punitivismo como única política “seria”. Es un discurso que promete orden, pero deja de lado hablar de garantías.

Entonces, frente a la pregunta de qué debemos hacer, el llamado es a no subestimar lo simbólico que puede ser llenar eventos, a disputar el terreno emocional con mensajes claros sobre temas como empleo digno, seguridad humana, salud y educación desde un enfoque basado en derechos humanos. También debemos desactivar la falacia del “outsider puro”, pues sus alianzas e ideas no representan ninguna renovación.

Debemos dedicar esfuerzos a explicar cómo operan la posverdad y los montajes; desmentir con evidencias, rechazar y denunciar discursos que incitan a la violencia, como el comediante que habla de “destripar a la izquierda”. La tarea de quienes defendemos un país diverso, con respeto por los derechos y el orden legal es promover alternativas realmente democráticas pues seguramente habrá más escenarios llenos, más frases virales, más noticias faltas y más provocaciones.  

Recordemos que la democracia se fortalece escuchando, debatiendo y garantizando cuidados, no rugiendo como supuestos tigres, cuando realmente son hienas.

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Ghina Castrillón Torres