Diez minutos antes de lo convenido Hernán Peláez me recibió en su casa. Puntual obsesivo sabe que, llegar a la hora, es llegar tarde. La última imagen que tenía de Hernán fue la que muchos tienen, las fotos que tomó Juan Sebastián Jaramillo para el artículo que le hizo María Elvira Arango publicada en Bocas alertaron al país: parecía que el cáncer de médula hubiera dictado sentencia sobre él. Eso ya no tiene nada que ver con el hombre alto y bien plantado que conocí. Las manchas en la cara fungen como última secuela de la enfermedad que todos padecemos, la edad. Dicen que, después de los cincuenta años, los hombres nos achicamos a razón de 30 centímetros cada cinco años. Nadie me había dicho que Hernán fuera tan alto.
Antes de tener este encuentro las posibilidades de que no me saliera al ruedo eran altas. Soy muy amigo de Jorge Hernán Peláez, su amigo, y le pregunté cómo estaba, si era posible entrevistarlo ya que el Colombiano quería hacerle un homenaje al más grande de los periodistas futboleros de la historia en pura época de mundial. “No creo que lo haga” me dijo, escueto, Jorge Hernán. A mí ese cuento de que los periodistas debemos ser intensos me sabe a hiel. Yo soy una persona educada, creo que socialmente inteligente y no quiero ser una de esas ladillas que se pegan el teléfono hasta lograr su objetivo. Pero aún así insistí. Le escribí 15 días después de ese primer acercamiento y la respuesta fue su llamada inmediata. Peláez, con sus 83 años, ya no tiene paciencia para el wasap. Me puso cita en su apartamento frente a los cerros orientales de Bogotá.
No nació en Armenia como tantos piensan aunque es hincha de dos equipos, el Boca de Cali y el Deportes Quindío. Sus papás eran paisas que habían llegado a Cali producto de la expansión aventurera de esa raza. “Tenían tantas ganas de caminar que seguro hubieran llegado hasta Ecuador” dice con ese humor seco que se le ha caracterizado. Nos tomamos un café y me ofrece unas revistas de la portuguesa A Bola y de Marca que iba a botar. Le digo que sí sin pensarlo, todo lo que sea de Hernán Peláez es interesante para mi.
Nací en 1978 y uno de mis primeros recuerdos futboleros -soy de los que mide el tiempo a través de los mundiales de fútbol, así que todos mis recuerdos están asociados a la pelota- es verlo a él en un espacio que se llamaba Teledeportes. Para este perfil no me interesó volver a ver esas imágenes, me conformo con el recuerdo que tengo de él que no es muy diferente al que tengo ahora, frente a mí. Clint Eastwood tiene 97 años y sigue filmando, afirma que, para seguir trabajando, él simplemente ha impedido que entré el viejo. “Dile no al viejo” dice, como si fuera un mantra. No hablamos de cine con Hernán pero sé que le gustan las viejas películas mexicanas, Pedro Infante besando a Dolores del Río mientras canta Deja que salga la luna.
Es hijo de los jesuitas, del glorioso colegio Berchamns de Cali. En los años cincuenta vivía en el barrio Centenario y, camino a su colegio, tuvo una epifanía: pasó frente a un puesto de revistas. “No era exactamente una librería, era un lugar grande donde vendían revistas”. Funes el memorioso recuerda con precisión “El dueño era un señor que se llamaba Torres Tenorio, lo recuerdo porque el tipo ponía el sello en cada una de las revistas”. Ahí, parado, supo de los grandes de la crónica futbolera argentina, es decir, supo de los grandes de la crónica deportiva mundial, Osvaldo Ardizzone, Frascara, Dante Panzeri, Juvenal. Sin quererlo, como todo creador, sus lecturas fueron forjando el acero. E ir al estadio, por supuesto.
Hernán Peláez Restrepo tenía 10 años de edad la primera vez que fue a ver un partido de fútbol. Fue un partido entre River Plate y el Deportivo Cali. Ahí recuerda la primera jugada maravillosa que le dio este deporte. Fue el 6 de enero de 1953 y el primer gol lo hizo el cuadro argentino. “Fue una combinación de paredes entre Pedernera y Walter Gómez, tuya y mía, siempre el balón, ir adelante, y así metieron ese primer gol”. El partido lo remontó el Cali con goles de Oscar Coll y Roberto “Rubí” Ceroni. Uno de sus amigos exfutbolistas, Mario Alberto Yepes, se ríe cuando Peláez va tan atrás en los recuerdos y le dice, con gracia “Dejáte ya de recordar tantas viejeras Peláez”.
Amigos siempre hay y sobre todo en el fútbol. Amigos de todas las edades que comparten algunas de sus pasiones. Cada tanto se va a Armenia y se queda días en la casa de Gustavo Moreno Jaramillo quien está pasando también por las ochenta primaveras. Allí hacen reuniones en pleno eje cafetero con otro tipo al que quiere mucho y a quien no duda en darle palazos cada vez que lo requiere, Hernando Ángel. Leyenda viva Hernán sigue viajando por todas partes del país y está en páneles con otros futbolistas que estima, como Oscar Córdoba y una de sus pasiones, el polémico Gerardo Bedoya.
Una de las claves para abrir una charla con alguien -y es un consejo que da a cada persona que lo entrevista- es desarmar al entrevistado con un dato clave de su pasado. Así sucedió con Jorge Valdano quien, en 1995, era uno de los cinco hombres más importantes en el mundo del futbol debido a que era el técnico del Real Madrid. “Lo vi en el aeropuerto de Barajas, estaba seguro de lo que iba a decirle, cuando me vio puso el ceño adusto de los que no quieren ser examinados. Pero lo desarmé. No le pregunté por Raúl, el delantero español que él acababa de descubrir, ni por Zamorano, su goleador de confianza, ni siquiera por Freddy Rincón, el colombiano que acababa de llegar a esa formación. No, le pregunté por Juan Eulogio Urriolabeitia, el técnico que lo puso a debutar en Newell’s Old Boys cuando él tenía 17 años, en 1973. Mire, ese tipo se desarmó, se le llenaron los ojos de lágrimas”.
Hacer hablar de él mismo a Peláez es complicado. Me contó que el único equipo del que fue hincha es el Boca de Cali. Se pone su mano pecosa en la barbilla y recuerda la jugada de dos portentos paraguayos que vio en ese equipo, que desapareció durante sesenta años y hace unos torneos reapareció en la categoría B, eran Alejandrino Genes, el “científico del gol” y Solano Patiño. Este último fue tan famoso que en Cali, en los años cincuenta, cuando alguien quería describir un día caluroso, soleado, lo describían como que la cosa estaba muy “Solano Patiño”. Aunque, eso si, sus amigos más cercanos no dudan en afirmar que el viejo es de Millonarios. Hay que recordar que en tiempos anteriores a periodistas como Casale se cuidaban mucho desde las cadenas tradicionales de decir de qué color era su preferencia. Muchos juraban que era del deportivo Cali porque, como me lo confesó en su apartamento, su ídolo máximo era Camilo Cerviño. Su nombre no debe ser conocido para muchos de ustedes pero integró una de las delanteras más temibles del fútbol mundial cuando hico pareja con Arsenio Erico en el Independiente de Avellaneda. Llegó al fútbol colombiano en pleno Dorado, el periodo entre 1950 y 1955 donde, debido a irregularidades aprovechadas por el entonces amo y señor del fútbol colombiano, Alfonso Senior, se ficharon a las estrellas más rotundas del fútbol argentino como Adolfo Pedernera, el flaco Rossi y el mismísimo Alfredo Di Estéfano. Pero al Cali llegó Cerviño quien jugó 176 partidos oficiales con los verdes y marcó 76 goles. Era tan elegante para jugar con la pelota que le decían “El señor”. Pero lo que más impacta a Peláez en el recuerdo no fue su forma de jugar sino, también, su humanidad. El Cali desapareció por problemas financieros a finales de los años cincuenta y fue Cerviño quien puso, de su propio bolsillo, la plata que necesitaban los azucareros para regresar.
-Yepez ya estaría cansado de que habláramos de tantas viejeras- me dice el maestro. Entonces le pregunto en seco si Luis Díaz podría ser el mejor jugador colombiano de todos los tiempos y Peláez no duda: para él, como para los que lo vieron, el más crack fue Willington Ortíz. “Ese tipo era de un nivel como el de Mbappé, nació en la época equivocada, hoy valdría doscientos millones de dólares” Está convencido que vamos a hacer un buen mundial aunque Néstor Lorenzo sea tan terco que tiene la costumbre de morirse con la suya.
El mundial y Peláez es una relación que data de 1974. Ese fue su primer mundial en terreno, el de Alemania. Curiosamente fue en este país, pero en el del 2006, donde cubrió el último de los ocho mundiales donde estuvo. Desde entonces sigue cubriéndolos pero a la distancia. Se recuerda en el 2018 la reacción tan exagerada que tuvo su compañero, Antonio Casale, cuando explotó en los octavos de final de Rusia luego del cabezazo de Yerry Mina a los ingleses. Le pregunto justamente por la radio, por los amigos. Lo noté preocupado por la salud que tiene en este momento Yamid Amat quien tuvo que sufrir el cierre de su noticiero. “El trabajo es la vida” me dice Peláez quien, precisamente, logró superar su cáncer gracias a esa pasión. “Uno debe hacer lo que le gusta hasta que lo pueda hacer con eficiencia”. Me es inevitable recordarle las fotos que fueron publicadas en Bocas en el año 2012 y le puedo ver el gris de la tormenta encima de sus cejas. “No me gustó ese reportaje” lo dice y eso que entre las personas que más quiere en este oficio es, precisamente, María Elvira Arango. Por estos días de mayo, cuando fue escrita esta crónica, también le preocupaba la situación económica de otro de sus compañeros del fútbol, Benjamin Cuello Henriquez quien no trabaja desde el 2018. Este oficio es ingrato con los viejos y si Peláez sigue siendo un éxito es precisamente porque jamás envejeció.
Peláez arrancó en la radio en 1965. Tuvo una columna en el Tiempo durante 25 años, entre 1967 y 1993, se llamaba Cara y Sello, Ha cubierto once mundiales, incontables Copas Américas y hasta un Tour de Francia. Creó, junto a Guillermo Díaz Salamanca, La Luciérnaga, en plenos apagones durante los años de César Gaviria. Allí potenció a personajes como Tola y Maluja, Don Jediondo, el famoso Alerta -sus chistes eran tan malos que Peláez le reinventó el cuero llamándolo el “cuentahuesos”- Risa Loca y Loquillo. De este último vive muy orgulloso. Afirma que era el muchacho que hacía los mandados en Caracol y que él veía que cuando entraba a la cabina técnica hacía reir a todos. Preguntó cuál era el cuento del muchacho y le contaron que hacía unas imitaciones infalibles. Sin más pasó a la cabina principal. También fue el que se le ocurrió que Gustavo Álvarez Gardeazabal podría ser un éxito en la radio. Por eso ha sido tan difícil para Gustavo Gómez Córdoba y luego para Gabriel de las Casas reemplazarlo. Por eso es tan difícil escuchar el Pulso del Fútbol con César Augusto Londoño. Peláez es la radio y no hay oficio más difícil que intentar reemplazarlo.
Ahora está bien con un compañero tan improbable como Martín de Francisco. Nos burlamos un poco de él. “La idea de juntarnos fue de Julio. A mi me gustaban los tangos, los boleros y a Martín el rock pesado. Nos juntamos, funcionó”. Antes de despedirnos le pregunto por el cáncer y él es rotundo. “Yo no he vencido el cáncer. Él sigue ahí, dormido. Esperemos que se despierte lo más tarde posible”.
El cáncer de médula se lo descubieron en el 2008, en una consulta de rutina con su médico de confianza, el cardiólogo de la clínica Shaio Víctor Caicedo. El único síntoma extraño que había presentado Peláez era un dolor de cabeza que no se le quitaba con nada. Le ordenaron hacerse un cateterismo y tres meses después el oncólogo Mario Gómez le dijo en seco: “Usted tiene un mieloma múltiple”. Peláez, sin saber, le preguntó que qué era eso. Gómez respondió: “Usted tiene cáncer de médula y hay que empezar a hacer las quimio ya mismo”. Fueron 24 quimios en donde quedó tan mal “Como si hubiera tenido 10 asaltos con Mike Tyson”. Desde el 2014 la enfermedad está dormida. Sus médicos lo ayudan pero también su fe. Ahí tiene, en su casa, las imágenes de San Sablé, monje maronita nacido en Libia especialista en curar cáncer y a San Charbel que, combinadas con unas píldoras cuya caja de 21 unidades le costaba $14 millones de pesos, y el amor de su esposa Beatriz le ayudaron a curar el cáncer. Perdón, a dormirlo.
Me despido de Peláez dándole la mano, pero tengo tantas revistas A bola y Don Balón, que no puedo sino usar un brazo. Me hubiera gustado abrazarlo. Tiene ganas de mundial, por supuesto, pero es inevitable no sentir nostalgia cuando en este deporte lo más importante no era el negocio sino el juego, el goce. “Cuando para los jugadores lo único que importaba era jugar con el balón”. Y cuando los mundiales tenían sólo 16 equipos. “48 son demasiados” me dice, pero la mirada no se le apaga. “Igual, cuando esto arranque, todos nos vamos a volver locos. La pasión es a lo único que podemos ser fieles”.



