Cuando Charly tenía 18 años escribió la canción más fuerte en español que se ha hecho sobre la soledad de la vejez: Cuando me empiece a quedar solo. Artistas como Mercedes Sosa fueron testigos del genio. El muchacho tenía un oído completo, podía escuchar una melodía y aprendérsela inmediatamente, como Mozart. Carlos Alberto se llamaba y la tristeza se le iba cuando tocaba el piano. Y entonces hizo Sui Generis y en el año 78, en plena dictadura, la despedida del grupo significó una reunión de jóvenes en el Luna Park. No hay nada más peligroso para los milicos que ver a un puñado de jóvenes reunidos escuchando música preciosa.
Los grupos llegaron, se armaron y se fueron: La máquina de hacer pájaros, Serú Girán, y la mismísima banda suya, en donde el tecladista era un tal Fito Páez. Los grupos se fueron, pero los músicos quedaron. Hace unos fines de semana pudimos ver en el Rock al Parque la buena salud que tienen Pedro Aznar y David Lebón y los jóvenes, que iban a ver a Mont Laferte, por fin pudieron escuchar buena música. A muchos las imágenes de Charly en las pantallas no les decían nada. Ni siquiera les recordaba a Chaplin. Es que ya no saben quién era Chaplin. Ya no saben nada.
En Buenos Aires hay una esquina que se llama Charly García. Si te bajas en el subte ves las escaleras que tienen su imagen. Esta semana cumplió 75 años y se reunió una multitud a cantar sus canciones. Gente de todas las edades. En Buenos Aires aún los jóvenes escuchan rock. Hay miedo, 75 años son muchos, sobre todo para alguien que ha saltado desde el noveno piso de un edificio, que se ha tomado todos los tragos, las pastillas, que escucha voces en su cabeza. El fragor de la noche y, sobre todo, los genes malos le han pasado factura a la estrella de rock que ya no puede pararse de esa silla de ruedas. Y lo peor es que esa inmovilidad, que nos postraría a usted y a mí a una cama, a Charly le da alas porque está en todas partes. Estuvo en la despedida de Messi, en el concierto de Rubén Blades, cantando con Sting, dicen que lo vieron fumar en una esquina de Palermo.
En una de las películas más bellas que se han hecho en los últimos diez años en Argentina, 1985, que trata el tema del juicio a la junta militar encabezada por Videla, una de las últimas imágenes se cierra con la canción Inconsciente colectivo. Ensopados en nuestra amargura cuarentona se nos olvida que Charly siempre ha estado ahí, con su música tan dulce y profunda como la de los Beatles, diciendo cosas tan bellas como Nace una flor, todos los días sale el sol, de vez en cuando escuchas aquella voz, como de pan gustosa de cantar y se nos salen lágrimas tan grandes como bombillas.
Charly cumple 75 y, contra todo pronóstico, ha llegado hasta acá. Hace poco incluso publicó un disco a pesar de la enfermedad. La lógica del escorpión se llama. Algunos idiotas decidieron pasarlo bajo el cedazo de la crítica más dura. “Ya no es el mismo dicen”, ¡ja!, nadie es el mismo. Somos el río que pasa. La fruta que se pudre. Charly ya no puede moverse como antes, pero su espíritu ya hace rato que salió de él y está acá, al alcance de un play. Y nada malo nos va a pasar en tiempos tan ásperos si Charly García nos acompaña.



