Las elecciones presidenciales, realizadas este domingo, dieron como ganador parcial al candidato Abelardo De la Espriella. Valga decir, que estos resultados fueron soportados por la Registraduría, y también suscritos por los jueces que, después de los informes de escrutinio, le dieron legitimidad. Aunque, ya sabiendo quién es el real ganador de esta primera contienda, luego de resueltas las impugnaciones a las mesas y la revisión de los formularios E14, sabremos cuál fue la diferencia de porcentajes entre los finalistas.
No obstante, nadie -enterado de las múltiples artimañas de los políticos tradicionales que descuentan la ética- puede decir que no hubo fraudes y adulteraciones. De hecho, de ser cierta la existencia de un doble censo, para favorecer a De la Espriella con más de 800.000 cédulas inscritas indebidamente, si en verdad es cierta la compra de muchos votos -ambos fraudes denunciados por el presidente Petro- y, si reconocemos que un alto número de votantes prefirieron esperar hasta la segunda vuelta, entonces, hasta ahora es inútil pronosticar ganadores basados en cifras que, indefectiblemente, cambiarán el próximo 21 de junio.
Es muy claro, que este 31 de mayo se movieron a votar apenas aquellos ciudadanos amarrados laboralmente a las empresas y a sus jefes, y es evidente que no salió a votar una parte representativa de los trabajadores independientes, tampoco todos los campesinos, ni cuántos, no siendo asalariados, viven monte adentro o en las periferias. Esos ciudadanos y ciudadanas, por razones que pueden explicarse sicológica y socialmente, son aquellos que, igual a la mayoría de los jóvenes, cuando tienen dos fechas para hacer una tarea que implica trasladarse y abandonar sus ocupaciones cotidianas, siempre escogen la última fecha para realizarla. De ser así, yo no lo dudo, es dable visualizar que saldrán con motivada disposición a votar en la segunda vuelta.
De tal suerte, no hay que arrugarse con los resultados iniciales, excepto porque develan cuánta incultura política prolifera en Colombia, y cuánta codicia y cuánta deficiencia moral y ética. Es tan patético, como difícil de entender, que siendo beneficiados por las políticas de un gobierno progresista, empeñado en dignificarlos, haya quienes prefieran -como si fueran autómatas de trapo- seguir sirviéndoles a los pocos esclavistas del país, propiciando el retorno a una tradición de rapiñas e injusticias, con gobiernos dados a cancelar la educación pública, precisamente para asegurarse que la gente, al no desarrollar sus capacidades cognitivas, mantenga adormilado su sentido crítico y no pueda pensar por sí misma.
Igual, debemos considerar que, en Colombia, y en la tradición de las contiendas electorales, a los movimientos y partidos de izquierda siempre se les ha tratado con injusticia; e incluso, hasta por ley les ha sido prohibida la participación en las elecciones presidenciales. Así ocurrió durante el Frente Nacional, cuando en una clara dictadura bipartidista, no había la menor oportunidad de aspirar a la presidencia, para los candidatos no pertenecientes a los partidos liberal y Conservador. De hecho, al provenir nuestra formación política de semejante contexto de desequilibrio político social, parte de la ciudadanía todavía permanece anclada en ese imaginario, o mejor, en aquella realidad donde las contiendas políticas siempre ocurrían entre unos mismos ricos, pertenecientes a familias liberales y conservadoras, asegurándose el triunfo para ellos mismos.
No en vano, la gente se acostumbró a manifestarse únicamente haciendo uso del derecho a la protesta, y lo hacían de corriente cada vez que tales gobiernos, desbordaban sus malevolencias con sus decisiones esclavistas. De manera que la respuesta del pueblo, sin candidatos que los representaran, también se volvió costumbre: eran recurrentes las marchas y revueltas, organizadas por los sindicatos de trabajadores, por los profesores, por los empleados de la salud, por los indígenas y los campesinos, siempre en una dinámica antisocial de enfrentamientos cruentos con las autoridades gubernamentales instruidas en atroces técnicas de represión. Hoy, gracias al gobierno de Gustavo Petro, esa masa de trabajadores inconformes no ha tenido la necesidad de enfrentársele, por lo bueno que le ha ido con él; pero, como no es posible vencerla de la noche a la mañana, la inercia de la incultura política impuesta tantos años, todavía revolotea en el imaginario social, y así seguirá siendo mientras no haya oportunidades de formación cognitiva.
Por fortuna, esa conducta de autómatas de trapo, está cambiando gracias al desarrollo tecnológico de las comunicaciones y a la influencia de las redes sociales. Y no es aventurero decirlo: en esta segunda oportunidad del 21 de junio, van a moverse todos los colombianos para salvar al país, votando por Iván Cepeda, que representa la decencia, el diálogo, la verdad y la ética; pero, sobre todo, salvando al país de elegir a un gobernante, como Abelardo De la Espriella, de quien personas, incluso lejanas al progresismo del Pacto Histórico, han dicho que es un candidato: “machista y homofóbico (Daniel Oviedo)”, “fantoche, pero peligroso” (Sergio Fajardo)”, y “no votaría ni muerta por Abelardo” (Claudia López).



