Foto: Señal Memoria
Todo vino con un asesinato. El 9 de abril de 1948, mientras salía del edificio de Agustín Nieto en plena carrera Séptima, fue asesinado con tres disparos el abogado Jorge Eliécer Gaitán. A dos años de las elecciones, no había ninguna duda que Gaitán sería presidente. Pero, tal y como lo dijo Juan Roa, el muchacho que fue señalado de haber oprimido el gatillo: “fuerzas oscuras que no podemos entender” obligaron a este final sangriento. Desde entonces, empezó el momento más profundo de lo que se conoció como el periodo de la violencia. Así que policías debidamente entrenados para oprimir, llamados Chulavitas, se alistaron para irse en contra de los liberales. A estos no les quedó más que armarse para defenderse. Se crean las guerrillas liberales con sus acostumbrados excesos de poder. El 13 de julio de 1953, en un clima irrespirable, Laureano Gómez fue al Palacio de Nariño a pedirle al entonces presidente encargado, Roberto Urdaneta, que echara del ejército a Rojas Pinilla. A Urdaneta le pareció oportuna la petición, pero muy sobre la hora del almuerzo y en esa Bogotá no había hecho lo suficientemente grave como para aplazar la ingesta de alimentos, así que mientras Urdaneta se sentó a comer, apareció Rojas y le explicó que la única forma de mantener la cordura era sacar a Laureano Gómez del poder. Para eso, Urdaneta, si quería salvar la democracia, debía aceptar la presidencia que le ofrecía Rojas Pinilla. Pero no quiso. Entonces Rojas, por primera vez en la historia de este país, fue dictador.
Se ha intentado romantizar este periodo de dictadura como un momento en el que Colombia vivió reformas significativas, como que las mujeres pudieran votar, la llegada de la televisión, el auge de las carreteras, la pacificación de las guerrillas, pero en realidad el ejército reprimió con rudeza el incipiente movimiento social. Según lo dijo Antonio Caballero en su libro Historia de Colombia y sus oligarquías, esta dictadura se fue transformando en algo más personal y al tradicional estilo latinoamericano fomentando el culto a la personalidad. Pronto se creó la ODIPE, la Oficina de Información y Propaganda y empezó a nombrar militares como alcaldes y gobernadores. Se empezó una cruzada durísima contra la libertad de prensa, incluso se llegó a prohibir “música foránea” en donde los adorados boleros quedaron excluidos. Se reprimió con fuerza las manifestaciones.
Laureano igual estaba exiliado en España cuando aún, en 1955, y a pesar del horror de los militares, escribía estas cartas a sus copartidarios: “Si deben escoger entre Rojas y otro militar, escojan a Rojas; si deben escoger entre Rojas y Ospina, escojan a Rojas; si deben escoger entre un conservador y un liberal, escojan a un conservador”. Pero al final tuvo que escuchar los pedidos de paz. Primero aceptó una reunión con Alberto Llegas Camargo en la ciudad española de Benidorm que sentó las bases para que, una vez caída la dictadura, en 1957, se reunieran en la ciudad costera de Sitges, que se haría famosa años después por un festival de terror anual, para hacer un pacto y crear el Frente Nacional. De este pacto, se llegó a la idea de hacer un plebiscito para preguntarle a la gente si estaba de acuerdo o no para alternar el poder. Cada cuatro años se lograría que un conservador fuera reemplazado por un liberal y así mantener el poder en solo dos partidos, y evitar más derramamientos de sangre. Fue muy discutido este Pacto e, incluso, el depuesto Rojas regresaría en 1970 con un partido político, la Anapo, con la que aspiró a llegar de nuevo al poder, pero esta vez con la fuerza de la democracia pero se cometió un probado fraude.
Con este pacto se llegó al final de la violencia. Así que, aunque oficialmente Petro y Uribe no se han dado la mano, estarían cerca de hacerlo y, por más absurdo que sea, no sería la primera vez que sucede. Los amigos en Colombia casi siempre deben sentarse para acabar las diferencias.

