Llegó a mis manos un libro llamado Todo tiempo pasado fue peor, publicado por una editorial que no conocía, La Carreta Social. Es una conversación larga que sostienen Juan Carlos Celis, uno de los más aplicados investigadores sobre la izquierda en Colombia y Álvaro Delgado, pionero del Partido Comunista Colombiano, un hombre nacido en 1930 en la anquilosada Popayán y que conoció de cerca a lo más rancio de esa aristocracia, en especial a Guillermo Valencia y a Alvaro Pío Valencia, tío de Paloma y quien fue la oveja negra de esta familia de poetas, presidentes y terratenientes: al señor le dio por ser comunista.
Delgado nunca terminó sus estudios en la universidad y en la conversación que sostiene con Celis afirma que esto le costó entrar a un universo al que siempre aspiró ser tenido en cuenta, el de la academia. Sin embargo, este hombre que a los quince años había leído las grandes obras de la literatura universal, era un cinéfilo consumado y, a diferencia de muchos de sus copartidarios, tenía un interés estético y existencial en el arte.
La cercanía de Delgado con los grandes patriarcas del comunismo en Colombia fue notable. Acá vemos visiones críticas sobre Gilberto Vieira, uno de los hombres más respetados entre las filas rojas y hace de él un retrato ambiguo. Como la mayoría de las personas, tenía sus matices. Tampoco deja muy bien parado a Gustavo Castro, dirigente fundador del Partido Comunista con el que Delgado tuvo un sinfín de choques. Él es el padre de Yira Castro, madre del senador Iván Cepeda. Al que descabeza sin contemplación es a Estanislao Zuleta, el reconocido filósofo paisa, a quien trata de elitista, prepotente y abusador. De todos es conocida la afición que tenía el creador del Elogio de la dificultad por el trago. Además, tenía una corte de amigos que le celebraban absolutamente todo. Lo peor que cuenta Delgado es que, en su primer matrimonio, le exigió a su esposa prostituirse para él hacer un ensayo sobre esa experiencia.
Entre los sesenta y setenta, Delgado conoció todas las potencias comunistas, incluida la China, donde estuvo tres meses. Allí vivió el culto a la personalidad. Las autoridades de ese país les habían prometido a una delegación de militantes latinoamericanos comunistas conocer a Mao. Nunca pudieron hacerlo. Lo más cerca que estuvieron fue cuando visitaron una granja a unos 600 kilómetros de Shanghái y el gran líder había pasado por ella ocho días antes. Entonces, Alvaro Delgado vio en un cofre de cristal una libra de trigo. La tenían allí, casi que en situación de adoración, porque “Mao las había tocado”. También sintió repulsión al ver la momia de Lenin exhibida en el Kremlin.
En estas páginas hay otra figura esencial para entender el Partido Comunista en Colombia, Manuel Cepeda Vargas, a quien muestra como alguien demasiado cercano al pensamiento de la URSS.
Delgado se retira del Partido Comunista en 1992, una de las razones que tiene para hacerlo es la indiferencia que mostraban con los secuestros y las acciones contra la población civil que ejercían las guerrillas en Colombia. Esa “tolerancia” hizo inadmisible que siguiera en esas filas. También es crítico sobre el manejo que les dio a las finanzas la UP cuando llegaron a ganar alcaldías claves, como la de Arauca.
Este es un libro determinante para conocer los matices, desde adentro, que ha tenido el Partido Comunista Colombiano a través de su historia.



