Creo que la mejor novela que se ha escrito sobre Bogotá se llama El crimen del siglo. La escribió un historiador que además hace literatura, se llama Miguel Torres. Construyó la hecatombe del nueve de abril de 1948 a partir de una trilogía. Allí muestra lo que muchos seguimos creyendo, a Jorge Eliécer Gaitán no lo mató ese pobre diablo del Juan Roa. Al caudillo liberal se lo llevaron “fuerzas oscuras que usted jamás podrá entender”, como alcanzó a decir el propio Roa Sierra antes de que las hordas enfurecidas lo mataran y arrastraran su cuerpo por toda la carrera Séptima. Gaitán no era un comunista, pero era un tipo que sabía interpretar muy bien la indignación popular. Era el pueblo hecho carne. Lo mataron. Es probable que una coalición entre liberales y conservadores se haya construido para evitar que subiera alguien que tenía un firme deseo de cambio.
Este magnicidio profundizó lo que se conoce como el periodo de la violencia en donde los conservadores obligaron a los campesinos liberales a tener que defenderse por cuenta propia. Así aparecen las primeras guerrillas. Y luego empezó a llegar una especie de desmoralización colectiva por parte de esos campesinos al ver cómo los acuerdos que se pactaban en una mesa se deshacían en la práctica. Incluso, cuando el general Rojas Pinilla apacigua a las guerrillas liberales y ubica a más de cincuenta familias en Marquetalia, se creyó que la paz con ellos había llegado, pero eso nunca fue así. Guillermo Valencia, abuelo de Paloma, decidió bombardear esa zona y profundizar un rencor que jamás se extinguió.
En 1970, cuando Rojas quiso llegar al poder por las urnas, el papá de Andrés Pastrana encabezó el único fraude probado en Colombia. Ese descontento se transformó en otra guerrilla, la del M-19. En los ochenta, con los grupos paramilitares en plena ebullición y el narcotráfico mandando, asesinaron en un periodo de tres años, 1987-1990, a cuatro candidatos presidenciales. A Jaime Pardo Leal lo mataron en 1987 mientras bajaba de su finca en Apulo. Lo asesinaron al lado de su familia quienes tuvieron que ver cómo se desangraba porque, con el jeep encunetado al lado de la vía, nadie se dignó a ayudarlos. En agosto de 1989, Luis Carlos Galán Sarmiento fue traicionado por su propio escolta y dejado abandonado a su suerte en la plaza de Soacha donde le dispararon a placer mientras levantaba los brazos para saludar a la multitud. Allí le disparó un sicario contratado por Henry Pérez, amo y señor del Magdalena Medio. Los que estaban allí constataron que las heridas no eran graves, pero Galán fue víctima de un paseo de la muerte. Alargaron demasiado el recorrido para atenderlo en una clínica y murió en el trayecto.
A Bernardo Jaramillo Ossa, también de la UP, como Pardo Leal, lo mataron a como a otros 5.000 miembros de esta organización. Lo hicieron en el aeropuerto El Dorado. Malherido alcanzó a decirle a su esposa: “Me mataron estos hijueputas”. En un avión en vuelo fue asesinado Carlos Pizarro. Tres décadas después, el horror se vuelve a tomar unas elecciones con el asesinato de Miguel Uribe Turbay a cargo de la Segunda Marquetalia.
No hay nada que perturbe más la democracia que el horror de ver cómo los hombres que han querido buscar el cambio del país caen asesinados. Hay crímenes, sobre todo los que fueron cometidos contra líderes de izquierda, sobre los que jamás sabremos la verdad. Esta herida se ahonda y se hace cada vez más profunda.



