Por un lado, estaba Rojas. Gustavo Rojas Pinilla. Militar golpista y torturador que ponía a eminentes apellidos como Echeverría a sentarse desnudos sobre dos bloques de hielo mientras los glúteos y los genitales se pegaban al hielo. Cuando llegó al poder, en junio de 1953, más del 75 % de la población lo apoyó. Llegó además como el gran pacificador, como un ser de luz que iluminaría con su sabiduría una patria que parecía estar predestinada al desbarrancadero luego de que el 9 de abril de 1948 “fuerzas que usted ni yo podremos entender”, como dijo Roa Sierra en sus últimas palabras, asesinaran a Gaitán. La violencia sometida por liberales contra conservadores era asfixiante. Los que creemos que los paramilitares fueron los creadores de la crueldad dentro del conflicto armado colombiano estamos perdidos en la historia: fueron los chulavitas, los pájaros como León María Lozano, de Tuluá, quienes abrieron una herida que nunca se pudo cerrar.
Rojas llegó como un salvador. Llegó como un innovador y, sobre todo, como un pacificador. Las guerrillas liberales de los llanos orientales incluso crearon una constitución propia. La solución de Rojas fue llevar a las guerrillas a una zona del Tolima llamada Marquetalia. Trajo la paz, la televisión, las carreteras y el voto a la mujer, pero también trajo la perfidia, la corrupción. Se ganó la confianza de los militares porque los enriqueció, como si fuera cualquier Chávez. Les dio contratos de obras públicas y el general que no aceptara lo iba degradando. Conmigo o contra mí, era su lema. La violencia estatal reapareció con toda su intensidad y el día en el que durante una corrida de toros en la Santa María decidieron chiflarlo a él y a su hija, María Eugenia, ordenó al ejército develar los fusiles y ponerlos a bramar.
Laureano Gómez, quien fue de los pocos jefes políticos que estuvo en contra de la dictadura, pactó con su viejo enemigo Alberto Lleras Camargo, una paz en una playa española y juntos formaron un adefesio llamado Frente Nacional, que no era más que una alternancia en el poder entre conservadores y liberales evitando reformas sociales trascendentales como la que intentó hacer sin mucho éxito con Carlos Lleras Restrepo y su reforma agraria.
Rojas cayó en 1957, meses después de poner el 7 de agosto un bombazo en Cali donde murieron más de 1.400 personas. Parte del horror que ha acompañado históricamente a Cali empezó ese día, a la una de la mañana. Eran 42 toneladas de dinamita que se transportarían desde Buenaventura a Bogotá, pero, misteriosamente, estallaron justo cuando pasaban por la capital del Valle. Era la venganza del dictador a una constante resistencia de esa ciudad contra su régimen.
El dictador se retira a cuarteles de invierno durante cinco años y reaparece en 1961 con la Alianza Nacional Popular, ANAPO, un partido político que buscaba ser un contrapeso entre los liberales y conservadores. No, no se confundan, si bien el M-19 nació del descontento que supuso el evidente fraude del 19 de abril de 1970, en las elecciones presidenciales ganadas por Pastrana, Rojas no era ningún revolucionario. Era un militar no carente de educación, había estudiado ingeniería, que iba a misa diaria, tenía el rosario en la mano y era ferviente seguidor del Partido Conservador. La Anapo se presentó por primera vez a elecciones en 1966 pero cuatro años después estuvieron a punto de ganar las elecciones.
En 1970 tuvieron el punto en sus manos, pero como apuntó uno de los hombres más cercanos de Misael Pastrana, el Tigrillo Noriega, afirmó en 1998 que todo apuntaba que había sido un fraude. Así lo afirmó la Comisión de la Verdad sobre esa noche: “La noche del 19 abril de 1970 las emisoras daban por ganador al general Rojas Pinilla, por una diferencia cercana a los 113.000 votos. Fue entonces cuando el Gobierno, en cabeza del ministro Carlos Augusto Noriega, prohibió los boletines radiales y él mismo dio los resultados oficiales hasta ese momento: Rojas aventajaba a Pastrana por algo más de 9.000 votos. Se impuso el riesgo inminente de que los liberales, en cabeza del presidente Carlos Lleras Restrepo, no pudieran cumplir lo pactado doce años atrás. El presidente decretó el toque de queda y a la mañana siguiente la ecuación electoral había cambiado: Pastrana tenía una ventaja de 2.617 votos sobre el general, que con los escrutinios completos llegaron a ser 63.557 de diferencia”.
Sobre el gobierno de Misael Pastrana es importante decir que estuvo en contra de algunas reformas que iban a favor del campesinado, una de ellas era la reforma agraria, pero el Pacto de Chicoral dejó por los suelos esa intención. Además, creó el Upac que tanto daño le hizo a la clase media. El fraude generó, por si fuera poco, la creación de otro actor armado. El desastre fue absoluto.



