La izquierda colombiana vuelve a la oposición sin haber dejado de ser una alternativa de poder. Después de gobernar durante cuatro años, el Pacto Histórico conserva representación en el Congreso, capacidad de movilización y liderazgos como Gustavo Petro e Iván Cepeda. Incluso creó un gabinete de oposición para vigilar al gobierno de Abelardo de la Espriella y preparar alternativas a sus políticas.
Podría parecer una alternancia habitual, una donde una fuerza gana las elecciones y la derrotada pasa a la oposición. Pero esta confrontación se construyó con el tiempo. La izquierda lideró la oposición en 2018, llegó a la Presidencia en 2022 y, cuatro años después, perdió por un margen estrecho. Gobierno y Pacto Histórico representan proyectos que identifican la derrota política del otro como condición para realizar el propio.
Carl Schmitt ofrece una clave provocadora para interpretar este momento. Lo político aparece cuando una diferencia alcanza suficiente intensidad para agrupar a los seres humanos entre amigos y enemigos. No toda discrepancia produce esta división ni todo competidor se convierte en enemigo. Tampoco es necesario considerar al otro moralmente malo o personalmente detestable. Lo decisivo es que represente un proyecto colectivo capaz de oponerse realmente al propio.
Aquí resulta fundamental precisar qué significa enemigo. Schmitt no habla del inimicus, el adversario privado al que se odia, sino del hostis, el enemigo público: un agrupamiento humano que se enfrenta a otro y puede hacerlo realmente. Reconocerlo implica admitir su autonomía y su existencia política. Si está sometido, reducido a la impotencia o convertido en irrelevante, deja de definir la confrontación.
Colombia conoce bien la figura del enemigo. Durante décadas, el Estado identificó a las guerrillas como fuerzas que amenazaban el orden y pretendían transformarlo mediante las armas. Las FARC y el ELN tuvieron capacidad real de confrontación, aunque actuaban desde una posición muy distinta a la del Estado: como organizaciones irregulares, asentadas principalmente en territorios periféricos y por fuera de la competencia electoral por el Gobierno.
La victoria de De la Espriella tampoco fue un accidente electoral. Canalizó una reacción conservadora que se fortaleció durante el gobierno de Petro y reunió a sectores opuestos a sus reformas, su política de paz y su manera de ejercer el poder. Aunque las dos fuerzas no poseen la misma trayectoria ni idéntica organización, ambas tienen respaldo social y posibilidades de disputarse nuevamente la Presidencia.
Esta relación puede resultar positiva para la democracia. Un enemigo fuerte obliga a quien tiene enfrente a organizarse, precisar su identidad y defender su proyecto. El Gobierno necesita al Pacto Histórico para definir aquello frente a lo cual gobierna; el Pacto necesita al Gobierno para reconstruirse como oposición y presentarse como alternativa. Cada fuerza contribuye, por contraste, a definir a la otra.
La enemistad se manifiesta en discursos y actuaciones concretas. El Gobierno presenta al Pacto Histórico como responsable del proyecto que pretende desmontar, mientras la oposición se declara firme y movilizada, exige garantías y defiende las reformas de Petro. Gobierno y oposición se reconocen progresivamente como las fuerzas alrededor de las cuales se organiza la división política del país.
Aquí debemos distinguir entre enemigo político y enemigo absoluto. El primero puede ser enfrentado y derrotado sin negarle el derecho a existir. El segundo es presentado como una amenaza moral, criminal o inhumana cuya eliminación parece necesaria. El peligro comienza cuando el Gobierno o la oposición dejan de reconocerse como adversarios legítimos y convierten la derrota electoral del otro en un propósito de sometimiento, exclusión o destrucción política.
Colombia conoce las consecuencias de convertir al adversario en enemigo absoluto. La Unión Patriótica (La UP) surgió del proceso de paz de la década de 1980 y se incorporó a la competencia electoral. Sin embargo, miles de sus militantes y dirigentes fueron asesinados o desaparecidos por alianzas entre agentes estatales, grupos paramilitares y actores políticos. Su exterminio eliminó una fuerza opositora y frustró la oportunidad de ampliar democráticamente el sistema político colombiano.
Precisamente por esa experiencia, deberíamos valorar la enemistad política que hoy se configura. Colombia pasó décadas enfrentando organizaciones armadas que disputaban el orden desde fuera de las instituciones. Ahora puede tramitar la confrontación entre fuerzas poderosas mediante elecciones, Congreso, movilización y debate público. La fuerza derrotada permanece dentro del sistema democrático y puede regresar al Gobierno. Este no es un deterioro de la política: es un momento propiamente político.
Esto exige algo difícil a ambas partes: reconocer que necesitan políticamente la existencia del otro. De la Espriella puede proponerse derrotar al Pacto Histórico, pero debe respetar su derecho a organizarse y volver a disputarle el poder. Petro, Cepeda y el Pacto pueden enfrentar al Gobierno, pero deben reconocer la legitimidad política de quienes lo eligieron. En democracia, derrotar al enemigo significa impedir temporalmente que realice su proyecto, no acabar con su existencia política.
Esta será una de las grandes pruebas de los próximos cuatro años. Gobierno y oposición deberán reconocer el derecho del otro a organizarse, movilizarse y disputar el poder. La enemistad puede intensificarse, siempre que no se convierta en enemistad absoluta. La democracia colombiana pocas veces ha logrado sostener esta relación: permitir la existencia de enemigos políticos fuertes sin intentar excluirlos, someterlos o destruirlos.
Una democracia vigorosa no es necesariamente aquella donde desaparecen los enemigos y todos se convierten en simples competidores. Puede ser aquella donde existen proyectos diferentes para confrontarse con intensidad y fuerzas democráticas para reconocerse. Cada una buscará derrotar a la otra, pero deberá preservar su posibilidad de regresar al poder. Si Colombia sostiene ese reconocimiento, la nueva enemistad podría convertirse en una de sus experiencias políticas más valiosas.
* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.
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