Las anomalías de la democracia

Pese a tener la convicción, como la tengo, de que, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, el candidato Cepeda ganó limpiamente y, pese a tener que aceptar con resignación que el candidato De la Espriella también ganó, aunque lo haya hecho suciamente; escribí, en nota posterior a esas elecciones y en este espacio de Pares, que lo preocupante de tales resultados era la develación de “cuánta codicia y cuánta deficiencia moral y ética” prolifera en Colombia.

Escribí eso; porque, observando las diferencias entre ambos candidatos, es natural concluir que una sociedad de mente sana y conocimientos cardinales, no tendría dudas para inclinarse con unanimidad en favor de quien propone el respeto a la vida, máxime si su oponente tiene como base inmoral su irrespeto. De hecho, el candidato Iván Cepeda, propone el enaltecimiento de la vida y el diálogo como medio de conciliación; y en contraste desagradable, su rival, Abelardo De la Espriella -que se ufana de haber sido por diversión asesino de mascotas- anuncia la aplicación de la muerte como argumento contra sus oponentes, e incluso, para ilustrar su plan sin lugar a equívocos, usa, igual a un carnicero, el verbo destripar.

Con todo, habiendo sido tan pareja la participación de apoyo a uno y a otro candidato, resulta tan evidente como alarmante, ver cómo en nuestro país, al menos el 40% de los ciudadanos, carece de información cultural en todos los niveles y, por supuesto, con mayor énfasis en los asuntos donde es exigible contar con una segura formación moral y cognitiva; ya que, en el contexto de las reglas democráticas, al elegirse a quien debe llevar las riendas de un país, las opiniones valen oro. Y lo valen, porque se trata de escoger -basados en principios éticos y morales, y en fundamentos de experiencia cognitiva-, a quien ha de llevar las riendas del gobierno.

El elector formado -es decir, todos los ciudadanos en un país de buena conducta individual y social, y donde no se haya negado el derecho a la educación- a la hora de elegir a sus mandatarios parte de considerar los principios éticos y morales; las creencias y las religiones; las ideologías y los modelos económicos, para así sopesar el proyecto presidencial que es favorable a sus intereses, a los de su población y a los de la humanidad entera. No habiendo sido así, en la primera vuelta, queda en evidencia el serio problema del país con respecto a la efectividad de su democracia; pues, mientras la mayoría del pueblo esté constituido por personas sin educación o cuando, teniéndola, proceden sin valores éticos y morales, esta decae y se pervierte el espíritu por el cual fue creada: la igualdad y el respeto a los derechos fundamentales.

Sin embargo, vale decir que votar sin preparación cognitiva o carentes de principios éticos y morales, no es un problema exclusivo de los colombianos. Igual pasa en países de Europa y de Latinoamérica, en unos por analfabetismo provocado, y en otros por inmoralidad y codicia. Empero, si bien eso ocurre aun en pleno siglo XXI, la realidad es que la democracia, cuando comenzó a dilucidarse y ponerse en práctica, en la antigua Grecia como en la antigua Roma -de donde provienen nuestras estructuras políticas- el problema era el mismo.

Lo paradójico es que, tanto griegos como romanos, para solucionar dicha anomalía, optaron por una solución antidemocrática: la exclusión de las contiendas electorales a quienes no tenían preparación militar, a las mujeres, a los esclavos, a los extranjeros y a los pobres; es decir, a la mayoría de los pobladores. Y, por supuesto, nació otro criterio definidor de la democracia, igualmente contradictorio: para que la democracia funcione, no debe comprender bajo su implícita condición de poder, a las mayorías totales, reduciéndola falazmente a la mayoría de quienes tienen capacidad de opinión.

Sócrates, que vivió en un tiempo en el cual todavía las discusiones sobre los modelos políticos eran fundacionales, prefirió apartarse de la democracia, precisamente porque daba por sentado la imposibilidad de que los votos del pueblo en general -la mayoría de ellos desprovistos de formación cognitiva- no la pervirtieran, como desde entonces ha sido recurrente, cada vez que los pueblos eligen gobernantes desprovistos de ética, de moral y de principios dados a la búsqueda de la igualdad. Es una anomalía singularísima que el poder del pueblo sea capaz de elegir como su representante a un esclavista aporofóbico. De hecho, hemos visto, acá en Colombia, a personas pobres y medio educadas, capaces de votar por De la Espriella, sabiendo que tilda a los pobres de cafres, en su acepción usada por los colombianos; es decir, de “zafios y rústicos”; siendo él también un cafre, pero en su acepción universal de “bárbaro y cruel”.

De haber sido, Abelardo De la Espriella, ciudadano de la antigua Grecia, de seguro ya lo habrían condenado al “ostracismo”, que en la democracia ateniense era una figura penal instrumentalizada para castigar a los corruptos, a los codiciosos y a quienes el pueblo con derecho a votar podía acusar -sin necesidad de pruebas legales- solo por advertir en su codicia un inminente riesgo de corrupción contra la economía y contra la soberanía popular.

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Guillermo Linero