Tenía siete años el 6 de noviembre de 1985. Jugaba en la sala de mi casa y mi papá encendió el televisor. Entonces vi las imágenes. No recuerdo cuál fue la primera. A lo sumo, es un recuerdo impostado. Pero me acuerdo de las palabras de mi papá: “Estamos viendo la historia”. Para los que vivimos en Cúcuta y éramos niños, esa noche fue feliz. Por primera vez se transmitía en directo un partido del fútbol profesional colombiano. Era un Millonarios-Magdalena. Muchos años después, supimos que esto era una orden del Ministerio de Comunicaciones, en ese momento en cabeza de la doctora Noemí Sanín, que buscaba que no se transmitiera en directo la retoma al Palacio y no se vieran los Rockets, el fuego que se elevaba como un monstruo gigantesco y que acompañó a la gente del centro de Bogotá, de La Candelaria.
En esos ochenta, en el colegio de curas en el que estudiaba, como en la mayoría del país, se impuso la única, la verdad oficial. El resumen era que un grupo armado, terrorista, había entrado al Palacio, siguiendo órdenes del Cartel de Medellín, entró a masacrar magistrados y a quemar los archivos que ordenaban la extradición de los grandes capos. Después en la universidad, descubrí los trabajos de Anne Carrigan, de Olga Behar, las denuncias de las víctimas, supe que el ejército tenía sed de venganza contra los magistrados de la Corte Suprema, que le tendieron al M una trampa y justo bajaron la guardia para que ellos entraran y usaran como carnada a la gente que estaba en Palacio y que, sin demasiadas gabelas, empezaron a “recuperar la democracia maestro” a punta de rocketazo limpio. Entonces señalamos sin pestañear a los Arias Cabrales, a los Plazas Vega y los Plazas Uribe, al general Landazábal y, sin quererlo y sin preguntarle a las víctimas, borramos de nuestra cabeza el hecho de que el M-19 fue el agente que disparó el horror.
Porque es verdad, compañeros, sin M no hay retoma sangrienta. Insuflados en sus rotundos y exitosos golpes publicitarios como la toma a la Embajada de la República Dominicana, la recuperación de la Espada de Bolívar y ese largo etcétera, el M empezó a perder contacto con la realidad y se subió a una nube de opio. El plan de toma del Palacio tenía un pequeño defecto: no había un plan de escape. Se encerraron en su propia ratonera. El ejército, que se sentía humillado por la intención firme del gobierno del entonces presidente Belisario Betancur de hacer la paz con las guerrillas, aprovechó esto para la retaliación. Fue un golpe durísimo para el M desde lo militar pero todavía peor para ellos, les costó mucho trabajo reponerse de la sanción moral de un pueblo colombiano que en algún momento los respetó.
En 2022, un candidato que perteneció a ese grupo fue elegido presidente del país. Su respuesta, que era la que esperaban tantas víctimas, no fue la de pedir perdón, un hecho que hizo con lujo de detalles uno de los comandantes máximos de esa agrupación, Antonio Navarro Wolff, Petro le hizo un homenaje a las banderas del grupo armado que él ayudó a formar. Fue una oportunidad perdida para enseñar que se podían reconocer errores, que la victoria no nos iba a llenar de soberbia. Pero no pasó esto. Se cumplen 41 años de la toma y sangrienta retoma y debemos ser lo suficientemente viejos para entender que acá los dos bandos tuvieron la culpa y que los únicos héroes fueron las más de 100 personas que murieron entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985.



