La humillación de Bolsonaro a los brasileños que le costó la presidencia 

Hace una semana era muy improbable que Flavio Bolsonaro pudiera perder las elecciones en Brasil. Históricamente, no había razones para pensarlo. Desde 1989 no había sucedido que el derrotado en primera ganara en el ballotage. Había otras razones para saberlo. Meta, que controla dos de las redes sociales más poderosas del mundo, Facebook e Instagram, había puesto un cerco en contra del actual presidente. Buscar las cuentas de Lula era algo muy difícil de encontrar. El algoritmo se ponía esquivo. Así era muy complicado concretar lo que el Partido de los Trabajadores buscaba: cautivar a buena parte de los 30 millones de brasileños que no votaban. André Janones se inventó el ejército digital de 10 millones de brasileños usando un mismo canal de WhatsApp, eso ya lo hemos dicho acá, pero hubo un factor determinante y fue la resolución que tuvo el actual presidente para cambiar. 

Primero, él no tenía teléfono celular. Lo entendemos, no existe cadena más pesada que esa. Lo segundo es que asistió a los debates. Entre la izquierda latinoamericana existe una especie de prepotencia, de sobradez frente a su enemigo de derecha. Se juzga, de entrada, que él será inferior intelectualmente. Por eso, muchos cometen el error de no asistir a los debates como si tuvieran un gesto de piedad irracional: ¿Para qué voy a derrotar a alguien tan débil? Lula afrontó el debate y pudo propinarle a Bolsonaro un golpe que sería decisivo. 

Sí, vimos un clip de la entrevista que alcanzó la viralidad cuando el delfín le dice al presidente “¿No le parece muy extraño que el 75 % de los presos en este país votaran por usted?” A lo que Lula respondió “A mí me parece fantástico y ojalá que lleguen a ser el 100 %, ojalá tu papá vote por mí”. Jair Bolsonaro, expresidente de Brasil, lleva preso más de cinco años por la intentona golpista de las últimas elecciones. Una de las promesas de campaña de su hijo era su amnistía. Pero ese no fue el error mentado. 

En un segundo debate, Flavio Bolsonaro decidió llevarse por su talante, por sus convicciones, y despreció al pobre que aún vive en Lula, al trabajador esforzado. Llamó “Nueve dedos” al presidente recordándole a él y al país el accidente en una fábrica metalúrgica donde perdió el pulgar. Inmediatamente, Lula y su equipo convirtieron esta ofensa no en algo personal, sino en un ataque a todos los brasileños, a los trabajadores del metal, a los explotados. Fue una indignación tan fuerte que Flavio vuelve y comete acaso un error más grande: pidió disculpas, reconoció su error. La partida la había ganado el actual presidente, quien por estos días cumplió 81 años y ni siquiera una intentona de paro de transporte que afectaba directamente a sus votantes el día de la elección, impidió que se consiguiera una remontada histórica. Lula, además, conseguía su cuarta presidencia en lo que va de siglo y se convertía en uno de los grandes dirigentes de la historia de la política de todos los tiempos. 

Mientras tanto, Flavio Bolsonaro, actor de reparto en la historia, decidió huir a los Estados Unidos donde es esperado por Donald Trump.  

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