El traje invisible de De la Espriella

Opulencia, trumpismo y vacío ético en la Colombia de Abelardo de la Espriella

Como en la fábula de Andersen, la verdadera desnudez del poder no es física, sino ética.

 Medellín, 16 de agosto de 2026

Por Juan Guillermo Sepúlveda Arroyave
Abogado, criminólogo, especialista en justicia restaurativa

juanguillermo.sepulveda@gmail.com

¡El rey va desnudo!

Pocas obras de la literatura universal retratan con tanta precisión las trampas del ego, la vanidad y la sumisión colectiva como El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen. La historia es conocida: un rey obsesionado con su apariencia contrata a dos farsantes que prometen confeccionar una tela extraordinaria, invisible para los estúpidos o incompetentes. Nadie se atreve a admitir que no puede verla. Ministros, cortesanos y ciudadanos fingen admirar un traje inexistente hasta que, durante el desfile real, un niño rompe el hechizo con una frase que ha quedado grabada en la historia: «¡El rey va desnudo!».

La política colombiana parece estar representando una versión contemporánea de esta fábula tras la llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia. El debate público se ha desplazado hacia la fascinación —y el desconcierto— que producen los símbolos de su poder: trajes de alta costura, relojes de colección, aviones privados y una estética de la opulencia cuidadosamente cultivada.

Sin embargo, la metáfora de Andersen adquiere en Colombia un significado diferente. Los falsos sastres no son simples estafadores, sino los sectores políticos, mediáticos y económicos que tejieron alrededor del nuevo mandatario un traje invisible de infalibilidad. Frente a ellos no hay una sociedad ingenua, sino una ciudadanía cada vez más consciente, capaz de advertir que la apariencia nunca sustituye la legitimidad ética.

La falacia del glamur y el mito del “macho alfa”

La estrategia política de De la Espriella se ha construido alrededor del exceso. Se ha querido presentar la opulencia como sinónimo de capacidad para gobernar y la agresividad como prueba de liderazgo. Esa narrativa podía resultar eficaz en su anterior escenario profesional, donde el lujo proyectaba éxito y la confrontación fortalecía la imagen del litigante implacable.

Pero la administración del Estado exige virtudes completamente distintas.

Gobernar una república democrática no consiste en exhibir poder ni en crear el fervor de una “Patria Milagro”, sino en ejercerlo con prudencia, sobriedad y respeto por las instituciones. La ostentación puede impresionar en los escenarios del espectáculo, pero pierde eficacia cuando debe responder a las necesidades de una sociedad profundamente desigual, donde Colombia continúa siendo uno de los países más desiguales de América Latina y del mundo.

No se trata de cuestionar la riqueza personal. El problema aparece cuando el lujo deja de ser una condición privada para convertirse en un mensaje político. En un país donde millones de ciudadanos sobreviven en condiciones de precariedad, convertir la opulencia en símbolo presidencial transmite una idea equivocada de lo que representa el Estado.

De Mar-a-Lago al Batallón Paraíso: el manual del trumpismo caribeño

La construcción simbólica del nuevo gobierno recuerda de manera evidente el estilo político inaugurado por Donald Trump en Estados Unidos. El paralelismo no está solamente en algunas coincidencias ideológicas, sino en la manera de convertir los espacios, la riqueza y la espectacularización del poder en parte del mensaje político.

Trump convirtió Mar-a-Lago, su propiedad privada en Florida, en uno de los escenarios desde los cuales proyectó su poder. De manera semejante, De la Espriella decidió establecer en Barranquilla una sede presidencial en el Batallón Paraíso, una instalación militar preexistente. El Gobierno ha sostenido que las adecuaciones no fueron financiadas con recursos públicos, mientras que el propio presidente afirmó que el mobiliario, cercano a los 700 millones de pesos, proviene de su patrimonio.

Entre los aportantes identificados públicamente están los hermanos Christian y José Manuel Daes, propietarios de Tecnoglass, quienes suministraron ventanería, carpintería de aluminio y puertas de vidrio de alta seguridad. El gobernador del Atlántico también confirmó la participación de otros empresarios en el suministro de materiales y equipos, aunque sus nombres no han sido revelados públicamente.

El dinero privado, entonces, no desnuda al rey: continúa vistiéndolo.

No cuestiono que empresarios particulares quieran contribuir a la adecuación de una sede presidencial. La pregunta es otra: ¿qué significa que un presidente pueda gobernar desde una sede institucional ya existente en Bogotá y, sin embargo, construya una nueva escenografía del poder en Barranquilla, financiada en buena parte por particulares?

Aunque una obra pueda no tener costo directo para el erario, que también, una sede presidencial adicional implica seguridad, desplazamientos, logística, personal y operación. La pregunta no es solamente quién pagó las ventanas, las puertas o los muebles, sino qué concepción del Estado hay detrás de esta nueva puesta en escena del poder.

La descentralización puede ser necesaria en un país históricamente centralista. Pero descentralizar el poder no debería significar personalizarlo ni convertir la Presidencia en una sucesión de escenarios excepcionales.

El problema del traje no está en quién pagó la tela. Está en lo que ese traje representa.

Cuando la tierra tiembla, el poder queda desnudo

Apenas unos días después de asumir la Presidencia, Colombia fue sacudida por un terremoto de magnitud 7,4 que dejó una tragedia humana de enormes proporciones: muertos, desaparecidos, miles de heridos, familias sin vivienda y comunidades enteras enfrentadas a la destrucción.

El Gobierno declaró la emergencia nacional, activó los mecanismos de atención y puso en marcha las labores de rescate. El propio De la Espriella asumió públicamente la conducción de la respuesta. Precisamente por eso, el terremoto constituye mucho más que una tragedia natural: es la primera gran prueba del nuevo poder.

Y en medio de ese desastre humano hay una imagen difícil de ignorar: el presidente llegando a las zonas afectadas con el brazo levantado, en una actitud que transmite más la gestualidad propia de una campaña electoral y de un revanchismo político que la sobriedad que uno esperaría de un jefe de Estado frente a una población golpeada por la muerte y la destrucción.

No se trata de juzgar lo que ocurre en su interior ni de atribuirle sentimientos que no podemos conocer. Se trata de preguntarnos qué comunica una imagen así. Un mandatario que visita una región devastada no solamente representa al Gobierno: representa al Estado frente al dolor de sus ciudadanos.

En ese momento, la solemnidad, la prudencia y la empatía deberían imponerse sobre cualquier gesto de triunfo.

Cuando la tierra tiembla, la escenografía y la soberbia del poder deberían desaparecer.

El terremoto desnuda al país, pero también desnuda al poder. Revela la fragilidad de las personas y, al mismo tiempo, la capacidad de las instituciones para responder cuando la realidad exige abandonar la puesta en escena y ponerse al servicio de la gente.

En esas circunstancias, el verdadero traje del presidente no puede ser el de la opulencia. Tiene que ser el de la solidaridad, la sobriedad, la empatía y la responsabilidad pública.

En las democracias siempre termina apareciendo un niño dispuesto a decir la verdad. Ese niño ya no es una persona. Es la conciencia crítica de la ciudadanía.

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