El Banco de la República usa la misma pastilla para tratar distintas enfermedades

El pasado 30 de septiembre, la Junta Directiva del Banco de la República decidió aumentar nuevamente la tasa de interés de política monetaria en 25 puntos básicos, pasando del 12 % al 12,25 %. La medida contó con el respaldo del ministro de Hacienda, Miguel Gómez Martínez, quien informó que había votado a favor y defendió el aumento como una forma de proteger a los más pobres de los efectos de la inflación.

Con este consenso entre el Banco y el Gobierno parece terminar, por lo menos por ahora, la disputa sobre el manejo de las tasas. Una confrontación sobre la que escribí hace unos meses, cuando señalé que estaban en juego las prioridades económicas del país —el empleo, el crecimiento y la estabilidad de precios—. Ahora el Gobierno respalda el aumento, pero sigue pendiente discutir si esta medida atiende a las causas reales de la inflación y si es la mejor medida para este mal.

Para entender esta preocupación podemos pensar en una persona que tiene fiebre y acude al médico. El aumento de la temperatura advierte que algo ocurre en su cuerpo y exige averiguar qué lo provoca y cómo tratarlo. Pero, si en cada consulta recibe la misma pastilla de acetaminofén, puede encontrar alivio, aunque la enfermedad continúe. Algo semejante puede ocurrir con la inflación: podemos moderar el aumento de los precios con alzas en las tasas, mientras persisten problemas de producción y abastecimiento y queda pendiente decidir qué tratamiento requieren.

Un diagnóstico adecuado debería comenzar por observar dónde están aumentando los precios. Según el último informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), correspondiente a agosto, la inflación anual se ubicó en el 6,24 % y la mensual en el 0,39 %. Los mayores aportes al aumento mensual provinieron en alimentos y bebidas no alcohólicas —con 0,13 puntos porcentuales— y en alojamiento, agua, electricidad, gas y otros combustibles —con otros 0,12 puntos—.

Entre los productos que más contribuyeron a este aumento estuvieron la electricidad, cuyo precio creció un 2,33 %, y las frutas frescas, con un 4,95 %. Es decir, el incremento se sintió en la compra de alimentos y en los recibos de servicios públicos que pagamos los hogares. Esto significa que el aumento generalizado de los precios se asocia más a los efectos del terremoto y los estragos climáticos del fenómeno de El Niño, que en el precio internacional del petróleo o el aumento de las tasas de interés en Estados Unidos.

De allí la importancia de examinar con cuidado cuánto de estos aumentos corresponde a dificultades en las cosechas, el abastecimiento y la generación eléctrica, y cuánto responde a otros factores. Estas causas pueden combinarse y requieren respuestas que atiendan sus efectos sobre la producción y los precios. El diagnóstico debe orientar la discusión sobre qué instrumentos económicos conviene aplicar y cómo complementarlos para tratar los problemas identificados.

Las causas del aumento de los precios han cambiado, aunque la receta siga siendo subir las tasas de interés. En 2021, por ejemplo, el Banco reconocía dificultades de abastecimiento mientras la economía se recuperaba de la pandemia y comenzó a aumentar las tasas. Luego, durante 2022, se sumaron el encarecimiento de fertilizantes y energía, la depreciación del peso y el fortalecimiento del consumo. Es decir, fuimos acumulando problemas distintos que terminaron expresándose en un mismo síntoma: la inflación (ver gráfica).

También hay que recordar que durante este período el Banco redujo las tasas. Después de alcanzar el 13,25 % en abril de 2023, comenzaron a reducirse en diciembre y llegaron al 9,25 % en abril de 2025. Es decir, se modificó la dosis del medicamento. Lo que debemos discutir es hasta dónde puede ayudarnos esta misma pastilla y qué tratamientos adicionales se requieren cuando el aumento de los precios responde a dificultades de producción y abastecimiento.

El propio Banco reconoce que subir las tasas tiene efectos limitados cuando el aumento de los precios proviene de dificultades transitorias de oferta. Su preocupación aparece cuando estas persisten y se transmiten a otros precios y expectativas. También identifica presiones del consumo, del gasto público y de los costos laborales. Este diagnóstico exige distinguir las presiones que pueden moderarse con tasas más altas de los problemas de oferta que requieren medidas sobre la producción y el abastecimiento.

Volviendo al paciente, el acetaminofén puede ayudar a bajar la fiebre, pero su mejoría requiere atender aquello que la provoca. De manera similar, una tasa más alta puede moderar el consumo y contribuir a contener la inflación, aunque no recupere una cosecha ni repare una carretera. Si faltan alimentos por dificultades de producción y abastecimiento, el tratamiento debe incluir medidas para recuperar las cosechas y facilitar su llegada al mercado.

Esta discusión tiene consecuencias concretas para la población. Pensemos en un agricultor que necesita crédito para recuperar su producción o en un pequeño empresario que requiere reparar sus instalaciones después de una emergencia. En ambos casos, encarecer la financiación puede dificultar su recuperación. Esto obliga a examinar cómo garantizar que el tratamiento contra la inflación permita recuperar la producción y el abastecimiento que necesitamos para contener el aumento de los precios.

En este sentido, el acuerdo entre el Banco y el Gobierno compromete a ambos con los resultados del tratamiento. Al primero le corresponde explicar los beneficios esperados de la medida y sus costos sobre la producción y el empleo. Al segundo, actuar sobre las vías, el abastecimiento, la agricultura y la vulnerabilidad energética. De allí que debamos evaluar este acuerdo por su capacidad para proteger el poder adquisitivo de los hogares y mejorar las condiciones para producir.

Existe además el riesgo de que una reducción de la inflación se interprete como señal de que los problemas que la provocaron están resueltos. Si esto ocurre, las dificultades de producción y abastecimiento pueden recibir menos atención y seguir acumulándose, mientras el crédito más caro puede dificultar su solución. Es decir, la fiebre puede bajar y producir una sensación de mejoría, aunque la enfermedad permanezca y se posponga el tratamiento que el paciente necesita.

El Banco de la República ganó la disputa y el Gobierno aceptó su tratamiento. Pero los colombianos podemos perder si este acuerdo deja pendiente la discusión sobre las causas del aumento de los precios y las medidas necesarias para atenderlas. Debemos estar atentos a que la reducción de la inflación venga acompañada de una recuperación de la capacidad productiva y del bienestar de la población. Porque al paciente, además de bajarle la fiebre, hay que ayudarlo a superar la enfermedad.

 

* Esta columna es resultado de las dinámicas académicas del Grupo de Investigación Hegemonía, Guerras y Conflicto del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia.

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Germán Valencia