En las últimas semanas han estado en pleno debate las obras de dos de los niños rebeldes de la literatura colombiana, Gonzalo Arango, padre del nadaísmo, y Andrés Caicedo, quien es una especie de santo de las letras colombianas por aquello de que vivió rápido y dejó un cadáver hermoso. Pero son muchos más nuestros literatos que no pasarían un filtro para algunos de los nuevos rectores de la moral estética. Pienso por ejemplo en Fernando Molano Vargas, quien murió de VIH en 1992 y que, además, su conducta rebelde lo llevó a abrazar algunas causas revolucionarias extremas. Era abiertamente gay y su novela, Un beso de Dick, era una oda a los amores furtivos entre jóvenes. Otro que murió rápido fue Rafael Chaparro, quien dejó todo un catálogo de paraísos artificiales en su inmortal Opio en las nubes.
Roguemos para que a cierto niño poeta le dé por revisar la obra de Raúl Gómez Jattin. El poeta de Lorica fue un panteísta sexual, que no se rehusó siquiera a hacerle una oda a alguna de sus amantes furtivas, las gallinas, y cuando habla del goce del Hongo esteparia y su herida mortal, no necesariamente lo está condenando. Vivió al límite entre la locura y la realidad hasta que un bus lo arroyó en Cartagena. Tampoco se salvaría de esta quema de libros Rafael Pombo, quien fue mucho más allá de Rin Rin Renacuajo, ya que algunos poemas lo develan como avanzado satanista.
No nos ilusionemos mucho con Gabriel García Márquez, quien además de ser uno de los primeros escritores en describir batallas en la cama, era comunista. Ni hablar de escritoras como Marvel Moreno, quien, a pesar de la opresión de su pareja,nPlinio Apuleyo, cometió la infamia de hablar del maltrato que sufrían las niñas bien de Barranquilla a cargo de sus esposos. No sé si tampoco salga bien librada Alba Lucía Ángel y su descarnada manera de mostrar el conflicto en Estaba la pájara pinta…
No demorará aquel aspirante a monaguillo a meter en la hoguera pública al más marihuano de los marihuanos, ese monstruo llamado Porfirio Barba Jacob, quien alguna vez en un puerto del Caribe decidió lanzarle una dentellada al brazo de un marinero al que le pareció irresistible su piel de venas gruesas. “Fui Adán y fui Eva”, dijo a comienzos del siglo XX. No solo su panteísmo sexual lo acorrala, también la sinvergüenzura de hacerle un poema a aquella dama de cabellos ardientes. Tampoco se salva Silva, el gran José Asunción, quien es hermano en Edgar Allan Poe por su amor a sus hermanas y también a las que yacen en tumbas. Además, José “presunción” como le dirían sus enemigos, murió por su propia mano, lo que evitaría ser enterrado en suelo sagrado.
Fernando Vallejo, abiertamente homosexual y que, además, habla mal de lo más sagrado que puede tener un colombiano: su mamita, irá al desbarrancadero de los libros gracias al juicio de aquel tartufo. La lista crece con cada nuevo escritor que se me viene a la mente. Solo gente muy pura -es posible que se salve Héctor Abad Faciolince- podrá liberarse de esta hoguera. Solo nuevas reediciones nos salvarán de la hecatombe.



