El ataque de epilepsia que sufrió Carlos Pizarro cuando se enteró de la muerte de Bateman 

En abril de 1983, Jaime Bateman se perdió en la selva del Darién mientras la sobrevolaba en una avioneta. Pasaron tres meses sin que se supiera sobre el destino de su cuerpo. Se especuló mucho. Algunos decían que se había volado con más de tres millones de dólares. En ese momento, sus viajes eran una locura. En menos de cinco meses viajó a Moscú, a Trípoli, a Praga y, sobre todo, viajaba a La Habana. En la capital de la isla, Bateman se sentía como en casa. Según uno de sus biógrafos oficiales le encantaba, en sus noches de insomnio, se la pasaba jugando Risk, uno de sus juegos de mesa favoritos. A veces, cuando Fidel Castro entraba de manera furtiva a su casa y lo encontraba sumido en una invasión a Kamchatka, Bateman lo invitaba a jugar y el comandante lo rechazaba diciendo lo siguiente: “Muchas gracias, Jaime, pero este es un juego imperialista, en ese tablero no aparece Cuba”.  

En Cuba estaba en ese momento uno de los discípulos más aventajados, Carlos Pizarro, un hombre avispado que se había ganado, debido al momento en el que decidió desertar de las FARC, agotado de ese régimen casi estalinista, y se puso a correr en el momento. Corrió tanto que, cuando llegó a una casa ya había salido del cerco. Fue el 11 de septiembre de 1973. Escuchó en la casa campesina a donde llegó cómo informaban del terrible ataque a la Casa de la Moneda que significó el fin de Allende y su gobierno en Chile. Por eso, se sumó al esfuerzo de los exanapistas Bateman, Álvaro Fayad y Toledo Plata que crearon el M-19. Pizarro aprendía teoría militar en Cuba. Allí se despidió Bateman la última vez que se vieron. 

Todos coinciden en que meses antes del accidente, Jaime estaba taciturno, algunos lo veían tranquilo, otros simplemente lo veían triste. Como si supiera lo que le iba a pasar. Un año antes, uno de sus amigos más cercanos, el general Torrijos, hombre fuerte de Panamá, había muerto en el accidente de una avioneta. Por eso, el presentimiento perseguía a Jaime. A las seis y media de la mañana del 28 de abril la avioneta despegó de Santa Marta. Iba rumbo a Panamá. Aunque ya no estaba Torrijos,  lo esperaba uno de los traidores a los que el poder le calzó como un anillo, el general Manuel Antonio Noriega. En esos días podría haber tenido una reunión con Pablo Escobar -quien en ese momento aún no era un narco, al menos no públicamente- e incluso se hablaba de una negociación con el entonces presidente Belisario Betancur. Pero una tormenta hizo que la avioneta donde iba perdiera una de sus alas y cayera sobre la selva del Darién. Fueron 180 días de búsqueda. Todos querían encontrarlo, incluso los que no lo conocían. No, no era empatía hacia el comandante, era simple curiosidad. Creían que la avioneta caía con un maletín de más de un millón de dólares. Pamplinas. 

En ese interregno, sus amigos se enteraron de la desaparición. Fayad, que estaba aislado en la selva del Putumayo, se enteró de la muerte de “El Flaco” cuando ya lo habían encontrado, cuatro meses después. De la impresión se le torció la cara. Lo mismo les pasó a todos los amigos, pero el que más sufrió fue Pizarro, quien años después sería asesinado por el mismo Estado con el que hizo la paz. Esto lo cuenta Darío Villamizar en la grandísima biografía que escribió sobre Bateman. Allí cuenta que cuando le avisaron a Pizarro, en Cuba, que Bateman había desaparecido, sufrió un ataque de epilepsia de la impresión. Nadie olvidaría al Flaco, un tipo carismático, salsero, que lo único que quería era convertir al país en un lugar más justo, pero no lo dejaron. Jamás lo iban a dejar.  

Noticias al Minuto

* Las opiniones, análisis, interpretaciones y posturas expresadas en los informes, artículos y contenidos publicados en este espacio son responsabilidad exclusiva de sus autores e investigadores.

La Fundación Paz y Reconciliación (PARES) no necesariamente comparte, adopta ni se compromete institucionalmente con dichas posiciones.

Estos contenidos se presentan en el marco del ejercicio de investigación, reflexión académica y debate público, con el propósito de aportar a la comprensión de las realidades sociales y políticas del país.

Picture of Iván Gallo

Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.