A comienzos de marzo, el presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, Ramón Jesurún, fue el anfitrión de un gran evento en Barranquilla: la apertura del hotel cinco estrellas de ese ente privado. Fue lo más granado del fútbol nacional y dirigentes tan pesados e importantes como el presidente de la FIFA, Gianni Infantino. También fue una corte de periodistas invitados por la Federación, en donde siempre se destacarán figuras como César Augusto Londoño y compañía. Entre los invitados había gente turbia como Eduardo Dávila. Desde la década de los setenta viene apareciendo este nombre en diferentes agencias de inteligencia de Estados Unidos.
Eduardo Dávila ha sido detenido varias veces, pero el peor de sus crímenes es el de haber mandado a matar a una mujer. En Santa Marta, Dávila es respetado y temido. Desde la Sierra Nevada de Santa Marta, a comienzos de este siglo, Hernán Giraldo, jefe paramilitar y comandante del Bloque Tayrona, irradiaba un poder sobre el que la mayoría de la clase política de Santa Marta se arrodillaba. Los lazos entre Dávila y Taladro, apodo que recibía el paramilitar por su compulsión sexual, eran irrompibles.
En 2009, Giraldo decidió entregarse. Fue condenado y llevado a la cárcel del Bosque, en Barranquilla, en donde sus rumbas se hicieron legendarias. Lo trasladaron a Medellín y, en 2012, cuando se frotaba las manos sabiendo que estaba pronta su salida, le apareció otra condena. El juzgado especializado número 1 de Medellín le mandó una condena de 34 años por el asesinato de Carmen ‘la Nena’ Vergara Díaz-Granados.
Ella era la encargada de llevarle la contabilidad a la viuda de Jorge Gnecco Cerchar, María del Pilar Espinosa. Hay que recordar que Gnecco fue asesinado por Jorge 40. Espinosa empezó una relación con Dávila en 2006, pero la Nena le aconsejó cortarla, e incluso fue el puente para que la viuda de Gnecco conociera a un hombre extranjero y se fuera del país. Dávila, en venganza, asesinó en El Rodadero a Carmen Vergara. Un sicario le pegó siete tiros.
Aunque está condenado, todos saben en Santa Marta quién es él. En el fútbol colombiano también. Es dueño del Unión Magdalena y su voto es fundamental para que se mantenga en el poder Ramón Jesurún, quien este año completó su tercer mandato consecutivo, algo que es de todas luces improcedente, pero el Ministerio del Deporte no puede hacer nada simple y llanamente porque la ministra, todo indica, es cuota del mismo Jesurún.
A pesar de la cantidad de problemas que han tenido los presidentes de las Federaciones de Fútbol a lo largo de los años, desde León Londoño Tamayo, pasando por Álvaro Fina, quien se metió en un lío bárbaro por adjudicar contratos durante la Copa América del 2001, y fue acusado de refundir unas boletas para el mundial de Francia 98, luego pasó el gris Oscar Astudillo, quien no tuvo ni pena ni muchas glorias para que el fútbol nuestro cayera en manos de Luis Bedoya, quien administrativamente empezó a sacarnos de la maldición de no ir a mundiales y luego Jesurún quien literalmente se eternizó y cuya administración ha tenido que soportar escándalos aún no aclarados como la reventa de boletas.
Pero nuestro fútbol tiene manchas muy profundas y enquistadas. Es puro pan y circo, desde su origen. Unos días después de que Bogotá fuera incendiada por la insurrección popular del Bogotazo, los dos únicos espectáculos a los que se permitía la aglomeración de gente eran el cine y el fútbol. Así que el 7 de agosto de 1948 se funda la primera liga colombiana. El país tuvo dos grandes momentos: uno fue su origen, el Dorado, en donde los mejores jugadores del futbol sudamericano recalaron en equipos como Millonarios, plagados de argentinos legendarios como Pedernera y Di Estéfano, el Cúcuta, cuyo base serían los uruguayos que lograrían el Maracanazo. Luego vendría una decadencia que terminaría en la década del ochenta gracias al auge del narcotráfico. Es increíble, pero esta vieja pasión colombiana fue protagonista de uno de los eventos más trágicos de nuestra historia, la irrupción del paramilitarismo. Durante un partido América vs. Medellín una avioneta sobrevoló el estadio Pascual Guerrero de Cali arrojando cientos de panfletos en donde se anunciaba la fundación de un grupo llamado Muerte a los Secuestradores, MAS, que es la semilla del nuevo paramilitarismo.
En los ochenta, cada cartel tenía su equipo. Solo dos equipos en el país no tuvieron una manifiesta participación del narcotráfico, el Junior de Barranquilla y el Cali, algunos de ellos, como el América, contaron con la participación de los hermanos Rodríguez Orejuela, quienes transformaron a ese equipito en una superpotencia futbolera, que ganó cinco campeonatos consecutivos entre 1982 y 1987, además de tres subcampeonatos de Copa Libertadores.
En 1989, en esa guerra regionalista por el fútbol, Pablo Escobar decidió meterle toda la ficha para que Medellín ganara una Libertadores antes que Cali. Aunque él era hincha del DIM no le importaría que los ganadores fuera en Nacional. En 1989, desde las semifinales, hay evidencia de que el cartel hizo hasta lo imposible por intimidar a equipos arbitrales. Esa semi la jugó contra el Danubio de Uruguay y la terna compuesta por los argentinos Carlos Espósito, Abel Gnecco y Juan Bava, recibieron una maleta llena de dólares por parte de los hombres de Escobar -otra vez el famoso Plata o Plomo- de los cuales no tocaron un solo billete. Esa final de Libertadores se jugó en Bogotá, entre Nacional y Olimpia. La Conmebol sacó una excusa que muchos creímos y es que el Atanasio en ese momento era un estadio cuya capacidad no sobrepasaba los 25.000 espectadores. Se necesitaba un recinto más grande, y era el Campín. Medellín era una zona de guerra y había que sacar de allí lo más pronto posible la competición. Igual el argentino Losteau, árbitro del cotejo, fue amenazado de muerte por un sicario de Escobar. Higuita y sus tapadas milagrosas le dieron a Nacional su primera copa Libertadores y, de paso, salvó al árbitro de lo que podría ser una muerte segura.
Muerte que le llegó a Álvaro Ortega, árbitro profesional, en 1989. Esto llevó a que el presidente de la Dimayor de ese momento, don Alex Gorayeb, diera por terminado el campeonato.
Hay que recordar que el primer colombiano que fue extraditado a los Estados Unidos fue Hernán Botero, presidente de Nacional. Nunca exportó un gramo de coca pero, a través de sus agencias de cambio, permitió el lavado de 55 millones de dólares.
A finales de los noventa, el fútbol colombiano empezó a sanearse. No sabemos si esta saneada ha sido completa. Lo que aseguramos es que nuestras nóminas son paupérrimas, hay un reparto completamente absurdo de las ganancias que provienen de la televisión, un sistema en el que Ramón Jesurún ha cimentado su poder. Existe corrupción, no diremos acá nombres, pero claro que las hay. No sabemos si aún persiste la plata de los narcos. De pronto sí.



