Era la reina absoluta. No sabía nada de la vida, tan solo mandar. No sabía que reinar es regir. Su mamá, María Teresa, máxima autoridad de Austria, intentó enseñarle los deberes esenciales, pero la niña a los 14 años no sabía leer. Antes de los veinte se casó con Luis Capet de Francia. Pocas cortes en Europa vivían en tanto derroche como en Francia. Desconectados de lo que pasaba en París se fueron a ocho kilómetros de la capital, que era una enormidad de distancia a finales del siglo XVIII. Crearon un palacio donde el esplendor era el único lenguaje, Versalles. Mientras tanto, el pueblo pasaba hambre, morían por falta de atención médicas y trabajaban para pagar impuestos. Por eso, era apenas normal que surgiera una palabra: revolución.
Desde entonces se ha usado una frase: “Si Francia estornuda, a Europa le da gripa”. Así que, en 1789, el 14 de julio, el pueblo decidió tomarse La Bastilla, una vieja cárcel en donde los enemigos de la corona sufrían derrotas morales devastadoras. No se conformaron con La Bastilla. El pueblo quería caminar hasta Versalles y decirle a Luis XVI y a su esposa María Antonieta que no creían más en reyes. Fueron detenidos y metidos en el viejo palacio, el de las Tullerías. Luis XVI era un tipo al que no le corría sangre por las venas. Era flemático, frío hasta la indolencia. No fue un hombre cruel. Duró cuatro años para tener una relación sexual con su esposa, lo que le ganó el mote de impotente y ridículo. Jamás pudo superar esa vergüenza.
Encerrado en las Tullerías y luego en el Temple, Luis XVI supo que su final sería que le cortaran la cabeza. No se mosqueó. Intentó escaparse, pero lo quería hacer, entre su estupidez, en la pompa del lujo. Lo atraparon. El terror, que ya cundía en Francia, sentenció su destino. Probaría el invento del doctor Guillotine. María Antonieta quien recuperó la sensatez en los últimos años de su vida, intentaba hacer política. Casi logra salvarse. Lo que pasó es que los que la odiaban, la junta revolucionaria, decidieron montar una infamia absoluta: decir que ella masturbaba a su hijo. El incesto se instaló como una de las principales razones en las que se basaron sus enemigos para destruirla. Y surtió efecto.
En su monumental biografía, Stefan Zweig afirma que no hubo un juicio más absurdo que el que recibió ella. Y, sin embargo, recibió el máximo castigo. La decapitación. Había un periodista ponzoñoso y amarillista llamado Hebert que creó una serie de calumnias contra María Antonieta. El día que le cortaron la cabeza a ella hasta el propio Hebert tuvo que ver y reconocer la dignidad con la que iba en la carreta, en su último viaje. Entre la multitud estaba Napoleón Bonaparte. Él sería quien cuidaría la Revolución Francesa de los ejércitos extranjeros que querían reimponer la monarquía. De tanto cuidarla, Napoleón se convirtió en un emperador, en un déspota implacable. Pero esto es otra historia.



