Desde que vi su primer tráiler, sabía que tenía que ver Fatherland. Me gusta ir al cine. Soy todavía de esos viejos que disfrutan un montón ir al cine. Me gusta compartir con desconocidos en una sala oscura. Suena un poco degenerado eso, pero es así. Lamentablemente cuando fui a ver Fatherland no había sino tres personas en la sala. Uno tenía un tanque de oxígeno. El cine contemporáneo cansa, sobre todo el comercial. Y por eso, que llegue un director como Pawel Pawlikowski con una de sus breves obras maestras reverdece el alma.
Usa el crudo blanco y negro para mostrar la depresión. La caída personal. Es 1949, la guerra en Europa ha terminado. El primer plano que vemos arrancando es el de una aguja hipodérmica. Luego está hablando por teléfono Klaus Mann, uno de los nueve hijos del escritor más importante de Alemania en el siglo XX. Al otro lado de la línea está Erica, una mujer talentosa, una actriz de primera línea que dejó toda su carrera de actriz para ser la amanuense de su padre. Klaus también escribe y lo hace tan bien que sus obras han perdurado hasta hoy. Dos de ellas tienen una fuerza sobrecogedora a pesar de que tienen ya casi el peso de un siglo: Mephisto y El Volcán. En el primero se cuenta la historia de un actor que se camaleonea una vez llega el Nacional Socialismo al poder. El otro es sobre la diáspora alemana en París, justo durante los años en los que el mal se apoderaba de Alemania. En esa llamada se entera de que su padre, el gran Thomas Mann, quiere regresar a su país. En sus ojos huecos vemos la tristeza de Klaus.
Thomas llega a Frankfurt con su hija. La ciudad está devastada como todo el país. La hija está interpretada por Sandra Huller, que viene siendo, desde 2023, la mejor actriz del mundo. No le da miedo el trabajo. Si el guion es potente, jamás podrá decir que no. Por eso en un año puede hacer dos obras maestras. Ese año fue la protagonista de Anatomía de una caída y también de Zona de interés. Por la primera se ganó el Oscar. El 26 también fue su año. Sandra Huller, como Erika Mann reúne toda su contención, sus gestos milimétricos y luego dos pequeñas explosiones, minimalistas, establecidas en el encuadre precioso del director polaco a quien conocimos por la inolvidablemente devastadora y breve Ida. Cuando el viejo Thomas Mann está cómodo en Alemania, visitando incluso a Weimar, el lugar donde nació Goethe que en ese momento estaba casi en completa órbita soviética, se entera de que Klaus ha muerto por mano propia. Lejos de partirse en dolor, él, el creador de Muerte en Venecia, simplemente sigue con el itinerario. Esto hace que Erika por fin reniegue de su viejo Dios.
Son menos de hora y media de un cine bello, de una narración sólida, de silencios contundentes sostenidos en la cara de la actriz más importante del cine contemporáneo. Sería maravilloso que se ganara el Oscar por esta película tan Europa, tan anti-hollywood. Pero ya sabemos que a los viejitos de la academia eso del cine no les gusta tanto.



