El escritor que busca el origen de Cristo se quedó esperando el Nobel

Gabriel García Márquez afirmó que hay que hacer un gran trabajo de lobby para obtener el Premio Nobel. “A la academia hay que lagartearle, a los suecos les gusta eso”, dijo alguna vez con sorna. En los setenta parecía que sería muy difícil que por más que un escritor fuera muy bueno si no complacían a la academia a nivel político pues quedaría por fuera de la distinción acaso para siempre. El atropello más grande se cometió con Borges. El argentino, a pesar de haber hecho cuentos que funcionaban con la precisión de una bomba, se quedó esperando el premio. No lo obtuvo.

Este año la ganadora fue Anne Carson, una poeta canadiense de amplia trayectoria y, como sucede con la mayoría de los últimos ganadores del Nobel, tiene sus fans fieles que celebraron a rabiar la distinción. Debo decir que, como me sucede con la mayoría de los nuevos ganadores, no conocía su nombre. Expresé mi desconocimiento públicamente y fui casi lapidado. No podían entender mi ignorancia. Siempre se quedan por fuera los mismos nombres, Murakami, Atwood, Houllebecq, la lista es infinita. Mi preferido se llama Emmanuele Carrere.

Tiene 71 años, pero, gracias al yoga, mantiene un aspecto juvenil. Podría parecer de cincuenta. Hace poco lo vi en Santiago de Chile. Como sucede con los grandes maestros nadie le pregunta por la hora. Los periodistas culturales le preguntan por lo que saben, que, por cierto, nunca es mucho, jamás es mucho. Entonces le preguntaron por otro grande que se murió, por supuesto, joven y sin Nobel, Roberto Bolaños. Pocos hablaron de Koljós, el libro sobre su madre que acaba de salir y que es una obra maestra.

Hace unas semanas me tomé un café con el editor Andrés Grillo y caímos en Carrere. Hay un libro que nos fascina, se llama El Reino, la biografía de Pablo de Tarso, un hombre que era rico y lo dejó todo por predicar la palabra de Dios. No conoció directamente a Jesús, pero conoció a personas que supuestamente lo conocieron, como Lucas. La arqueología teológica que hace este escritor francés es tan destacada que a un ateo triste como yo se le abre el pecho del gozo al saber que la religión podría ser una fuente de alegría para almas atormentadas. Viendo el gozo que siente Carrere por creer que un ateo puede pensar que si alguien tan inteligente piensa así es porque Dios existe. Carrere también cree en los que cree, en los fanáticos. Uno de ellos es Phillip K Dick, el mítico escritor de ciencia ficción creado de Blade Runner y sobre quien hizo una biografía apasionada.

Carrere de pronto pagará el precio por ser un creyente, ya sabemos lo que significa esto para mentes tan encumbradas como la academia sueca. No le debe importar que Carrere tenga novelas redondas, perfectas como Bravura, en donde aborda la vida de Polidori, el médico del poeta Byron, quien creó en una noche de fiebre la figura del vampiro y ni hablar de ese monumento que es Limonov, un libro inclasificable.

Es posible que Carrere jamás sea galardonado. A sus fans nos importa más que a nosotros. De eso estoy seguro. Él está tranquilo, domando a sus demonios. Un verdadero cristiano no tiene vanidad.

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Iván Gallo

Es guionista de dos películas estrenadas en circuito nacional y autor de libros, historiador, escritor y periodista, fue durante ocho años editor de Las 2 orillas. Jefe de redes en la revista Semana, sus artículos han sido publicados en El Tiempo, El Espectador, el Mundo de Madrid y Courriere international de París.