Imagen generada con IA (Gemini)
Fue Carlos Suárez el disparador. Abogado de Mancuso en 2008, fue quien estuvo con él cuando fue extraditado el jefe paramilitar a los Estados Unidos, algo que para las AUC fue una traición del gobierno de la seguridad democrática. Un año después Suárez fue quien le abrió la puerta a una comisión encabezada por la entonces senadora Piedad Córdoba, y los investigadores Danilo Rueda e Iván Cepeda, además del hoy escogido ministro del Interior Rodrigo Lara Restrepo. Esa reunión terminó con el encuentro entre Iván Cepeda y el narcotraficante Tuso Sierra. De ahí nació el proceso penal que terminaría en juicio para el expresidente Uribe y que aún tiene enredada su vida política. Es sabido que Uribe tiene diferencias irreconciliables con Iván Cepeda, pero es que él es su enemigo natural y esto le da ciertas ventajas: una de ellas es el respeto del enemigo. Suárez, en cambio, es para el expresidente sólo un traidor.
Casi dos décadas después, Suárez vuelve a aparecer y esta vez como uno de los estrategas de la campaña de Abelardo de la Espriella. Es el responsable de dirigir la estrategia digital que algunos calificaron como exitosa, ya que llevó a la presidencia al outsider. Pero el costo fue alto. Fue de tal nivel la agresividad demostrada en estas toldas que rompió la relación entre Álvaro Uribe y Abelardo, a pesar de los vínculos familiares, de la admiración mutua. Uribe no perdona lo que permitió esta campaña: un ataque personal contra sus hijos, su esposa, tratarlo a él como un cadáver político.
Y, por eso, decidió pedirle al propio Abelardo que les pusiera fin a los ataques. No fue escuchado. Aunque su partido, el Centro Democrático, sigue siendo nominalmente de gobierno, cada vez parece más de oposición. Primero, se le atravesó a la intención de poner a Deluque como presidente del senado, como pretendía el presidente electo. Su candidato era Honorio Henríquez y, después de una inesperada alianza con el Pacto Histórico, logró cambiar una decisión que parecía tomada. Una semana después de la instalación del Congreso, el uribismo, como partido de oposición soterrado, consiguió otra victoria: impedir que Abelardo de la Espriella se posesione en una guarnición militar. Hasta al propio Uribe le pareció un exceso y un atentado contra la democracia que un presidente le rinda cuentas a los militares antes que al pueblo representado en el senado.
En la noche del domingo, el presidente electo reconoció que no podría hacer su posesión en el Cauca frente a una guarnición militar por problemas logísticos. La verdad es que la oposición y Uribe le bajaron el pulgar. La pugna por ser el único partido de derecha la está ganando Uribe. Su movimiento ha sido arriesgado y podría traerle problemas con sus bases. Si esto significa una alianza con el Pacto Histórico, podría traerle problemas estructurales.
El expresidente cada vez hace más abierta la pelea contra el abelardismo. Primero lanzó sus dardos desde el podcast Los cuchos, que hace junto con su aliado ideológico José Obdulio Gaviria. Hizo críticas sobre la desmantelación del Estado que propone Abelardo y acusó directamente a la campaña de los influencers contra él. Luego, su senador estrella, Rafael Nieto Loaiza, le afirmó a la revista Cambio que la guerra sería con Abelardo, que duraría cuatro años y que ellos saldrían ganando.
A sus 74 años, Uribe ha sorprendido al país con una posición férrea: a pesar de que en las votaciones su candidata, Paloma Valencia, apenas tuvo 1.700.000 votos está mostrando que aún tiene fuerza dentro de su partido. Seguramente, llegará a acuerdos con el abelardismo, con el que tiene más puntos en común que con el Pacto Histórico y habrá treguas momentáneas. Pero, por ahora, el clima es irrespirable. La derecha se está fragmentando.



