Hubo un tiempo, en el Siglo de las Luces, en el que la existencia de Homero fue puesta en duda. Se llegó a afirmar que esos poemas épicos, escritos en el siglo IX a.C. eran un conjunto de retazos escritos en varios periodos de tiempo por diferentes autores y que el correr de los siglos los entrelazó. Esto cambió completamente cuando el multimillonario y políglota Heinrich Schliemann, guiado solamente por la Iliada, pudo descubrir los restos de Troya. Entonces la Iliada existió y también Homero, de quien se dice, sin pruebas demasiado sólidas, que era un hombre ciego que iba de ciudad en ciudad contando las hazañas de los hombres. Troya queda actualmente en Turquía y el excavador alemán, uno de los grandes y primeros cultores de la arqueología, supo descubrir, incluso, el tesoro de Priamo. Había cosas que no son ciertas, una de ellas fue el tiempo del asedio a Troya. En el poema se habla de apenas 55 días, cuando en realidad el cerco duró diez años. Sobre la estratagema del caballo aún hay lagunas enormes. Igual, siempre la fantasía va a ser más poderosa que la realidad.
Lo que constituye un verdadero milagro es que, 2.900 años después de haber sido escrita, La Odisea haya despertado la curiosidad de la generación Z. Todo se lo debe a la revolucionaria adaptación que ha hecho el cineasta Christopher Nolan de una de las obras que más ha alimentado el canon occidental. Las discusiones a la hora del almuerzo son inagotables.
Más allá de los aspectos técnicos —Nolan ha supuesto un antes y un después al rodar por primera vez una película íntegramente en IMAX—, está la fuerza de la historia, basada en las afugias que tuvo que padecer Ulises, uno de los guerreros que, tras la guerra de Troya, debe regresar a su hogar. Homero condensa en 41 días de narración diez años de aventuras, y ese es uno de los elementos que Nolan toma en cuenta en su adaptación: aunque esta nace del mito, intenta conferirle algún tipo de coherencia histórica.
Porque Homero, cuando escribió sus dos epopeyas, habían trascurrido ya trescientos años de los hechos. Él se refiera a una era casi que prehistórica para los griegos en donde los hombres eran tan nuevos que aún en esta tierra pastaban los dioses. Y se ayudaban entre sí. Era la creación misma. Nunca vamos a saber detalles de la vida de Homero, como nunca sabremos detalles de Dios o de Cristo. Pero sus orígenes han servido, por ejemplo, para tejer relatos realmente impactantes como el cuento El Inmortal de Borges, donde un legionario romano va en busca, en el año 80 d.C., de la ciudad de los inmortales. Como Schliemann, a la hora de encontrar Troya, solo tenía las coordenadas del lugar por un relato acaso apócrifo. Y llegó a los confines del mundo y encontró esta ciudad hecha de terrazas de piedra y laberintos habitada por gigantes que el juzgó, eran los fieros Trogloditas. No hablaban y se la pasaban dormitando. A su lado pasaba el río Egipto -primer nombre que recibió el Nilo- y todo aquel que bebía de esas aguas cortaba para siempre el camino hacia la muerte. Poco tardó el legionario para darse cuenta de que el Troglodita que lo seguía y que era tan roñoso y miserable como Argos, el fiel perro de Ulises, era el mismísimo Homero.
Homero estará, como ese inmortal borgiano, acompañando a los hombres hasta que el sol se apague. Sus cantos estarán con nosotros siempre, ya sea en su voz o en la de Travis Scott. Con la fiebre que despierta la película de Nolan podemos decir que La Odisea es un texto sagrado y que Homero bien pudo haber sido el creador de todo lo humano, de lo eterno, de lo que se mueve y de lo inmóvil.



