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En 1982 no existía en Colombia nadie más famoso que Virginia Vallejo. Era un país con dos canales de televisión en los que solo unas pocas familias podían tener acceso a antenas parabólicas o lo que se conocía como Tevecable. Era bella, deseada, culta e informada. El poder la quería. En los años setenta sostuvo un romance con Julio Mario Santodomingo, quien era 27 años mayor que ella. Fue un amor furtivo. Luego vendría una relación traumática con otro hombre que podría ser su padre, el director de cine argentino David Stivel. Duraron tres años casados y todo acabó muy mal. En esa época conoció a Aníbal Turbay, sobrino de quien en ese entonces era el presidente de la República, el doctor Julio César. Según su libro-memorias, Amando a Pablo odiando a Escobar, su pareja tenía un alto consumo de cocaína. Por vueltas de la vida, fue invitada un fin de semana de ese año a la Hacienda Nápoles. Vallejo quedó deslumbrada ante esto, que parecía el verdadero paraíso en la tierra: aves exóticas, mamíferos africanos, parejas de hipopótamos retozando en lagunas artificiales.
Virginia, acostumbrada a salir con hombres hermosos y poderosos, quedó aterrada al ver al dueño de la hacienda, un hombre bajito, con tendencia a la gordura, dueño de un bigote incipiente y de unos pelos churcos en la cabeza que se tocaba constantemente. Él la miró y nunca más le volvió a quitar la mirada de encima. Esa noche, Vallejo y Turbay se quedaron en un cuarto especial. Escobar le regaló al novio de la viuda algo que no acostumbraba a obsequiar. Una roca gigante de coca de altísima pureza. Aunque fue el mayor exportador de cocaína de la historia, Escobar despreciaba esa droga, así como el alcohol. Lo único que usaba para alterar su conciencia era la marihuana. Vallejo recuerda que su novio duró toda la noche tallando esa piedra. El polvo que quedaba se lo metía por la nariz. La relación no duró mucho. Pablo Escobar se había obsesionado con ella. Virginia no supo rechazar la tentación: le ofrecieron el mundo a sus pies.
Al principio se trató de salvar su productora, una que había hecho junto a su colega Margot Richie. A cambio de unos reportajes que le haría la periodista al proyecto de convertir en barrio el basurero municipal de Medellín, Escobar le dio una fortuna. Según sus memorias, Vallejo jamás pensó en ahorrar. A medida que se involucraba sentimentalmente con el capo, ella se daba más lujos, compras en la Quinta avenida de Medellín, fines de semana en el Lido de Venecia, paseos interminables por París, la vida era un sueño. Con sumo descaro, Vallejo cuenta que se enamoró sin restricciones de Escobar. En todo el tiempo en la narración cuenta que la desilusionaron “algunos detallitos” por ejemplo, que la violara, que asesinara al ministro de Justicia de la época, Rodrigo Lara Bonilla, y que asesinara a jueces y a todo aquel que se le atravesara. Rechazó propuestas de hombres que, según ella, estaban obsesionados con ella, como Felipe López, respetable periodista, hijo de presidente y dueño de la revista Semana.
Hay unos momentos tan incómodos e inaceptables moralmente en las memorias como cuando habla de que Pablo Escobar era “un librepensador” liberal, que jamás mandó a matar a nadie por su manera de pensar. Está empeñada en involucrar -sin pruebas- a Álvaro Uribe Vélez, quien en el momento de la publicación de este libro era el presidente de Colombia en todo el entramado criminal del Cartel de Medellín.
Cuando se involucra con los archienemigos de Escobar, los hermanos Rodríguez Orejuela del Cartel de Cali, ya se convierte en una muñeca de la mafia, completamente despreciada por sus amantes ya que, inevitablemente, se hace informante para los organismos de inteligencia norteamericanos.
Vallejo actualmente tiene 77 años, la misma edad que tendría Pablo Escobar si estuviera vivo. A diferencia de su amante pocos jóvenes la recuerdan. Vive en un modesto apartamento en Miami y ha iniciado una carrera como novelista que a pocos les ha interesado. Es imposible que lo más importante de su historia no sea su relación con el criminal más nefasto que ha dado esta tierra.

