La mejor película del 2026 la hizo Steven Spielberg

En los años cincuenta, cuando Spielberg era un niño, el miedo de los norteamericanos estaba en el cielo. Es que era plena Guerra Fría y se creía que una invasión soviética podía llevarse a cabo en cualquier momento. Como metáfora a esta invasión, se inventaron las invasiones marcianas. Desde el planeta rojo llegaban tropas de hombres de cuerpos pequeños y cabezas gigantes, y no quedaría piedra sobre piedra. Pero no todos los cómics ni las películas mostraban la supuesta sed de sangre de los marcianos. Algunos llegaban a la tierra en son de paz. Una de esas películas se llamaba El día que se paralizó la tierra, en donde un extraterrestre llegaba al planeta a salvarnos del Armagedón, que podía provocar una guerra entre las grandes potencias.

Desde que Spielberg estrenó su primera película sobre extraterrestres, Encuentros cercanos del Tercer Tipo, los mostró como seres superiores que querían establecer comunicación con nosotros solo para dejar un mensaje: salvarnos a través de la paz. Lejos de ser un monstruo, E.T -esa montaña de mierda, como lo calificó un psicólogo alemán- era una mascota muy sabia, que sabía de física, tenía el poder de curar heridas, resucitar plantas marchitas e incluso, él mismo escapó del final inevitable iluminando su corazón. Sí, es una metáfora un tanto cursi sobre Cristo, hecha por un judío.

A finales de los ochenta, Spielberg hizo otra película muy hermosa sobre extraterrestres, Milagros en la calle ocho que estuvo lejos de ser tan taquillera como los éxitos que vendría en la década del noventa: La lista de Schindler, Inteligencia artificial, las Indiana Jones, la ciencia ficción no la desgastaba en películas sobre aliens. Pero ya al final de su carrera -igual esperemos que nunca se acabe- ha lanzado una película que resume las preocupaciones de su carrera, se trata de El día de la revelación. Toda la nostalgia de la familia, del estilo de vida americana, eso que habló alguna vez el crítico Luis Alberto Álvarez con dureza: “Cada vez que un personaje de Spielberg abre una nevera algo lo ilumina en la cara, como si estuviera viendo a Dios”, pero, ya en 2026, a sesenta años de su debut como cineasta, no deja de ser refrescante ver a alguien que sigue siendo un maestro del cine precisamente porque maneja muy bien las emociones.

Cristopher Nolan ha anunciado desde los últimos veinte años que será el justo sucesor de Spielberg. Eso no se ha dado. Oppenheimer y Tennet, sus últimas dos películas, son frías, cerebrales, aburridas. El hecho de que la gente vaya masivamente al cine a ver la mejor película de Emily Blunt, de todas las que ha hecho, la que la confirma como la gran actriz de Hollywood, y que no puedan quitar un solo momento los ojos de la pantalla, que queden como “embrujados”, nos recuerda las ventajas de ir al cine con el prójimo, porque ahí comprueba que una de las grandes virtudes del tío Steven es la capacidad de generar empatía. La película nos embruja, nos tiene todo el tiempo en la punta de la silla.

Creo que cada gusto es una aberración, parafraseando a Andrés Caicedo, pero si usted se siente bien viendo lo que llaman aún los pedantes “cine-arte” y desprecia a un maestro que solo puede compararse con Hitchcock, déjeme decirle que usted no es más que un burro pedante. Señores, ha hablado Spielberg. Silencio, por favor.

*No hice alusiones a la trama porque acá es muy importante no saber nada sobre ella cuando vaya al cine.

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